Usted está aquí: martes 6 de enero de 2009 Economía Aguas turbulentas

Economist Intelligence Unit

Océanos

Aguas turbulentas

El mar sufre, en especial por la actividad humana

Todos tenemos en las venas el mismo porcentaje de sal que tiene el océano... Y cuando volvemos al mar... regresamos al lugar de donde vinimos.

John F. Kennedy

Los seres humanos ya no se desarrollan bajo las aguas de las que emergieron sus antepasados, pero su relación con el mar es aún muy estrecha. Más de la mitad de la población mundial habita en un radio de 100 kilómetros de la costa; una décima parte, a menos de 10 km. Aun en tierra, el océano cautiva los sentidos y excita la imaginación. La vista y el aroma del mar inspiran audacia y aventura, temores y romances. Aunque las olas se ondulen o se encrespen, las aguas se enfurezcan o se tranquilicen, el océano es eterno. Su humor va y viene. Sus mareas mantienen un ritmo. Es inmutable.

O así lo hemos creído mucho tiempo. Sin embargo, las apariencias engañan. En efecto, grandes áreas del mar pueden permanecer inalteradas, pero en otras, sobre todo en la superficie y en las aguas costeras donde se encuentra 90% de la vida marina, el impacto de las actividades humanas es cada vez más evidente. No es algo de lo cual debamos sorprendernos. El hombre ha transformado el paisaje y la atmósfera; sería extraño que los mares, que durante siglos ha utilizado para obtener alimento, transporte, para verter basura y, más recientemente, para diversión, no hubieran sido afectados también.

Las evidencias abundan. Los peces, que alguna vez parecieron una fuente inagotable de alimento, han disminuido en casi todas partes: según algunos científicos, 90% de los grandes peces depredadores (atún, pez espada y tiburones) han desaparecido. En estuarios y aguas costeras, 85% de las grandes ballenas y casi 60% de las pequeñas se han extinguido. Muchos de los peces más pequeños escasean también. En efecto, las criaturas más comunes del mar, de albatros a morsas, de focas a ostras, han sufrido un enorme menoscabo.

Todo esto ha sucedido en muy poco tiempo. El bacalao ha sido capturado en las costas de Nueva Escocia durante siglos, pero su matanza sistemática comenzó apenas después de 1852; en términos de su biomasa (la masa total de la especie), se ha agotado en 96%. La matanza de tortugas en el Caribe (99% de extinción) comenzó en el siglo XVIII. La caza de tiburones en el Golfo de México (45-99%, dependiendo de la variedad) se inició apenas en la década de 1950.

Los hábitat de muchas de estas criaturas han sido también afectados por la actividad humana. El bacalao habita en la capa inferior del océano. Los barcos de pescadores de esa especie y otras de aguas profundas, como la merluza y el abadejo, arrastran contrapesos de acero, rodillos y redes que devastan a su paso áreas enormes del suelo marino. En el Golfo de México, barcas traineras van y vienen año con año, arrastrando redes enormes que remueven el fondo del mar y no permiten que la vida vegetal y animal tenga tiempo de recuperarse. Frente a las costas de Nueva Inglaterra, de África occidental, en el Mar de Ojotsk al norte de Japón, en Sri Lanka, en cualquier parte donde puedan encontrarse peces, la historia es casi la misma.

Los arrecifes de coral, cuya profusión y diversidad de ecosistemas hace de ellos las selvas tropicales del mar, han sufrido de todo. Alguna vez hogar de prolíficas concentraciones de enormes peces, han atraído a cazadores humanos dispuestos a utilizar cualquier medio, incluso dinamita, para matar a su presa. Quizá sólo 5% de arrecifes de coral puedan considerarse vírgenes aún, una cuarta parte ha desaparecido y todos son vulnerables al calentamiento global.

Una atmósfera más caliente tiene varios efectos sobre el mar. Primero, implica temperaturas de las aguas superficiales superiores al promedio. Otra consecuencia para los arrecifes de coral es que se fractura la simbiosis entre corales y algas. Conforme aumentan las temperaturas, las algas se alejan o son expulsadas, los corales se decoloran, toman un aspecto blanquecino, y mueren.

Aguas más calientes, lodos menos espesos

El calentamiento afecta también al hielo: lo deshace. El derretimiento del hielo marino perjudica ecosistemas y corrientes. No afecta los niveles de mar, porque de por sí el hielo flotante desplaza agua por un peso igual al suyo; pero los glaciares y las capas de hielo terrestres que se derriten aportan grandes volúmenes de agua dulce al mar, cuyo nivel ha crecido a un promedio anual de casi dos milímetros durante más de 40 años, con un ritmo que se acelera. Estudios recientes sugieren que el nivel de mar se elevará 80 centímetros este siglo, aunque la cifra podría llegar a dos metros.

La combustión, durante los últimos 100 años, de materiales fósiles que necesitaron 500 millones de años para formarse ha colocado de repente, en términos geológicos, una enorme cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera. Casi una tercera parte de ese CO2 es absorbido por el mar, donde forma ácido carbónico. Plantas y animales que han evolucionado para prosperar en aguas superficiales ligeramente alcalinas –su pH es de alrededor de 8.3– tienen ahora que adaptarse a un aumento de 30% de la acidez de su entorno. Algunos, sin duda, sobrevivirán, pero si la tendencia continúa, como lo hará al menos por unas décadas, almejas, mejillones, caracoles y todas las criaturas que desarrollan conchas de carbonato de calcio padecerán. También los corales, sobre todo aquellos cuyos esqueletos están compuestos de aragonita, forma particularmente inestable de carbonato de calcio.

La interferencia humana no se limita al CO2. A sabiendas y de forma deliberada, arroja mucha basura al mar, desde aguas residuales hasta neumáticos, y desde empaques de plástico hasta desperdicios tóxicos. Por descuido, permite que retardadores de fuego, combustible de barcos y metales pesados se filtren al océano, y a menudo especies invasivas también. La mayor parte del daño ocasionado por esos agentes contaminadores es invisible al ojo: sólo aparece en los análisis de osos polares muertos o en el atún de los bares de sushi en Nueva York.

Sin embargo, veraneantes, marineros e incluso quienes vigilan el mar con ayuda de satélites encuentran cada vez más floraciones de algas sumamente visibles, conocidas como mareas rojas. Este fenómeno ocurría de manera natural, pero ha aumentado en frecuencia, número y tamaño en años recientes, en especial desde que comenzaron a utilizarse fertilizantes de nitrógeno artificial, en la década de 1950. Cuando el agua de lluvia, contaminada con estos fertilizantes y otros nutrientes, llega al mar, como sucede en la desembocadura del Misisipi, en el Golfo de México, se suscita una explosión de algas tóxicas y bacterias que mata los peces, absorbe casi todo el oxígeno y propicia un ecosistema altamente microbiano, a menudo sobre un sedimento de cieno.

Por sí solo, cada uno de estos fenómenos sería pernicioso, pero todos parecen vincularse, por lo general de manera sinergética. Si se elimina una especie del sistema alimentario se desencadena una serie de alteraciones de arriba a abajo. Así, la casi extinción de las nutrias de mar del Pacífico norte causó una proliferación de erizos de mar, que arrasaron con un bosque entero de algas marinas que hasta entonces había sostenido su propio ecosistema. Si, como resulta probable, la acidificación extermina diminutos caracoles de mar, conocidos como terópodos, el salmón del Pacífico, que se alimenta de estas criaturas planctónicas, podría morir también. Entonces podría aparecer otro pez, que impediría que el salmón se recuperara, como sucedió con otra especie cuando el bacalao fue exterminado en Georges Bank, en las costas de Nueva Inglaterra.

Si bien las calamidades que llegaron solas no resultaron fatales, las que ocurrieron en forma simultánea han sido con frecuencia devastadoras. Los pocos arrecifes de coral vírgenes podrían enfrentar el calentamiento y la acidificación, de la que nadie puede escapar, pero la mayoría de los filones que sufrieron sobrexplotación o contaminación han sucumbido al blanqueamiento o incluso se han extinguido. La biodiversidad acarrea interdependencia, y en décadas recientes los impactos humanos han sido tan numerosos y severos que el equilibrio natural de la vida marina se ha visto alterado.

Catástrofe global

¿Son reversibles estos cambios? La mayoría de científicos piensan que, por ejemplo, la industria pesquera podría recuperarse con una política adecuada, debidamente ejecutada. Sin embargo, muchos cambios se aceleran, no se detienen. Unos, como la acidificación de los mares, se prolongarán durante años debido a circunstancias actuales y pasadas. Otros, como la fusión de la capa de hielo del Ártico, pueden estar aproximándose al punto en el cual se desencadene una abrupta, y quizás irreversible, serie de acontecimientos.

Es evidente, en cualquier caso, que el hombre debe modificar su conducta. Las personas podían darse el lujo de considerar al mar como un recurso infinito cuando eran relativamente pocas y sólo lo explotaban de manera limitada, sin pensar siquiera en sus combustibles fósiles. Un mundo de 6.7 mil millones de almas, que en 2050 llegarán a 9 mil millones, no puede hacer eso. Las probabilidades de una catástrofe global son en realidad enormes.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya

 
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