Usted está aquí: sábado 20 de diciembre de 2008 Capital Seguridad y diversión

Nora Patricia Jara

Seguridad y diversión

En esta ciudad, a la que algunos consideran la más peligrosa del país, como señalan los observatorios ciudadanos, pese a todo, se pueden movilizar masas que asisten simultáneamente a los espectáculos gratuitos y los más costosos, con organización y una protección policiaca que en esto sí se hace alarde de eficacia, para que se desplieguen miles de elementos de distintos cuerpos de seguridad, para que los que tienen y los que no pueden, que son los más, opten por un divertimento urbano que coexiste sin mayores saldos que lamentar que las largas filas y horas de espera para el disfrute.

En un día sábado, al final del mes que recién terminó, en el Zócalo miles de familias acudieron a presenciar al estilo del canal de las estrellas la inauguración de la magna pista de hielo que ahí se instala en esta temporada, sin sorpresa alguna y con los artistas que promovieron el voto en favor del candidato oficial a la Presidencia en las elecciones de 2006. Al mismo tiempo, el contraste, para privilegiados, los pudientes, que asistieron al concierto de rock del año, propuesta estética, musical, hasta social y política mundial.

Con avisos anticipados se trazan rutas y se dan avisos para saber en qué condiciones y ubicación se llega al destino elegido, en medio de obras inconclusas que se realizan para mejorar vialidades y dar cabida a nuevas modalidades de transporte que en la mayoría de los casos, y si la crisis financiera lo permite, servirán como nuevas opciones a los capitalinos cuando lleguen a su fin.

En este contexto, el caos surge como ordenado y los colores grises de las edificaciones, contrastan con el colorido de la iluminación navideña, con los cientos de miles de objetos que ofrece la venta callejera, siempre al tanto y exigencia de los públicos que clientela.

Alrededor del Foro Sol, escenario tomado por los asistentes desde siete horas antes del espectáculo de la reina del pop, las cámaras del equipo de prensa internacional que sigue el tour de una de las mejores artistas contemporáneas, intercambian con sorpresa expresiones de la variada oferta de fetiches que llevan el nombre o la imagen de Madonna Louise Verónica Ciccone, “cuantos y tan baratos”, “no visto en ningún lado de sus presentaciones”, mientras la gente se agolpa para ubicar un lugar en el área general, la más barata, y en la que cada centímetro ganado es un triunfo que se saborea con la expectativa de tan sólo lograr observar, aunque sea por unos segundos, la reducida imagen que es el objeto del deseo de miles.

Un foro que se achica con la artista en escena, con obstáculos visuales imperdonables, para la audiencia que sabe que como siempre, será difícil, porque no se pudo acceder a un mejor boleto ante la reventa, la demanda y el acaparamiento. Minutos antes del inicio, comienzan a registrarse los primeros desvanecimientos, sin que acudan los cuerpos de urgencias, porque no es seguro ingresar a la zona donde miles están casi apiñados, lo único que se puede hacer que familiares o amigos saquen a los que no pueden resistir, pero cuando las luces se apagan, ya nada importa, la solidaridad inicial vuelve su atención al propósito inicial: ver hasta el desmayo. Porque la llamada “belleza convulsiva” aparece, como bautizó inspirado en André Bretón, con precisión a Madonna y su espectáculo hace quince años, el pintor Alberto Gironella, el mismo que sin temor definió su estética para plasmar su propia versión, como el Bernini que interpretó Howard Hibbard como una “correlación objetiva” de la emoción religiosa, esa que se expresa no sólo en lo espiritual sino que lo sensualiza, análisis producto de una apoteosis de ideas que concluyen en una sola estética, la de la imagen más que hedonista de un auténtico arte conceptual que trasciende en su obra. La belleza de una “mujer anodina” como me dijo Gironella una vez, para de inmediato rectificar: “la que se convirtió en una revelación no divina sino material”, ahora evolucionada de la belleza del arte popular que se hace realidad ante nuestros ojos privilegiados, aunque sea tan sólo por una noche en esta peligrosa megaurbe, donde miles hacen suya la calle, aún bajo amenazas de la derecha y los colaboracionistas de supuesta izquierda, que restringen la actividad en los establecimientos mercantiles, con el falso argumento de proteger a los osados noctámbulos de la capital.

 
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