Usted está aquí: sábado 29 de noviembre de 2008 Opinión Cavanna: el antisolemne

Vilma Fuentes
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Cavanna: el antisolemne

Hace dos días escuché a un célebre comentarista, durante un programa de televisión al cual era invitado François Cavanna, hablar de una “época libre”, un momento de libertad en la historia: tal vez unos 30 años, entre el milenio –o más– de clericalismo y otras fuerzas represivas y el nuevo “clericalismo”: la política conforme y uniforme, nuevo poder restrictivo en nombre de la salud (prohibidos cigarro, alcohol, grasas y glúcidos, muy pronto el sueño cuando no se duerme), de la igualdad de sexos, de las minorías, sean cual sean, el pensamiento correcto (olvídese usted de hablar de una idea que no haya escuchado hasta desbordar hastío). Época libre, que anticipa el 68 y se acaba con el sida y la nueva seriedad: ¿no existieron los nuevos filósofos o la nueva cocina, reminiscencias del nouveau roman, tan repletos de solemnidad que nadie se atrevía a gritar: “el rey está desnudo”?

El comentarista trataba de explicar la explosión de humor, insolencia, burla que fueron dos revistas, Hara Kiri, seguida a su prohibición de Charlie Hebdo, y el grupo de dibujantes, caricaturistas y periodistas que colaboraron en ellas: Topor, Cabu, Wolinsky, François Cavanna. Desde luego, el director, el “profesor” Choron, capaz de reír y hacer reír de la muerte... como de desnudar dos policías que, a las dos de la mañana y a causa de una queja, pretendieron acallar una de sus estruendosas reuniones de redacción.

La idea de una “época libre” me cimbró.

Una era en que los hombres fueron libres. ¿Dónde había oído hablar de ella? La imagen de Tito Monterroso me vino a la mente y volví a verlo entre los estantes de una librería, donde nos encontramos por azar hace casi 40 años. Me recomendó Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Lo devoré esa noche, lo releí muchas otras.

Yourcenar habla de una época, tan breve como extraña, cuando los hombres fueron libres: el reino del emperador Adriano. La esclavitud, nos dice, sigue existiendo bajo otros nombres.

No sé si Marguerite Yourcenar inventó una era tal por la necesidad de su narración o si en realidad existió tal época fuera de su imaginación. Pero la idea de tales momentos es jubilatoria hasta la embriaguez. ¡Qué suerte haber vivido en esos años!, me dije comprendiendo en el mismo instante que yo, que mi generación, que nosotros habíamos tenido esa suerte. Terminó quizás más rápido en México que en Francia, pero la vivimos, acaso sin siquiera darnos cuenta. La insolencia, el humor, la antisolemnidad, la burla y la ironía, la broma, la ligereza de ser, del ser.

Desde luego, esa época se limitó a los habitantes de algunas capitales de Occidente, a una clase, a los privilegiados, podría decirse. Cierto. La época de los hombres libres de Yourcenar se limita a los patricios romanos, a sus matronas, a los hijos de Rómulo y Remo. El resto son los bárbaros.

No obstante, mi generación, los jóvenes que vivimos también la muerte en Tlatelolco, gozamos de una libertad que veo acabarse con las políticas represoras que desean conservarnos sanos durante años para morir con una sonrisa salutaria.

No me queda, entonces, para consolarme, más que abrir el último libro de Cavanna, L’aurore de l’humanité, para estallar de risa ante la expresión de un humor que no se toma en serio y sabe reír de cada uno de los inicios de cada cosa, porque todo tiene un comienzo, incluso la eternidad, a pesar de la abismal frase de Víctor Hugo cuando piensa en la eternidad futura antes de la inimaginable eternidad pasada.

Cavanna, anarquista como mexicano, posee un sentido del humor, en apariencia simple, en realidad inocente, que corresponde a su generosidad, la más alta forma de la inteligencia, en mi opinión y como ya lo he escrito a propósito de Froylán López Narváez. El humor puede traducirse. Tal vez haría reír en México. La risa cura las enfermedades, incluso la del poder. Y hace falta sentido del humor ante la solemnidad de nuestros celebrados tótems.

 
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