Usted está aquí: miércoles 26 de noviembre de 2008 Opinión Los tiempos de la enfermedad

Arnoldo Kraus

Los tiempos de la enfermedad

La enfermedad interminable, sin adelante y sin atrás, sin respuestas, sin muerte. La enfermedad que arrasa y sigue, que impide y es presencia. La que borra. La que hace que los significados del tiempo sean distintos a los de los sanos, se convierte en narrativa, cuando los pacientes, desesperados, desesperanzados, desarropados, buscan atenuar el dolor por medio de palabras.

Algunos las escriben, otros las dicen. Algunos las comparten, otros no. Hay quienes escriben “Ya no soy yo” para comprender su nueva forma de estar. Otros lo hacen para confrontar, desde otra perspectiva, la en ocasiones pequeña, en ocasiones grande, dosis de suicidio que supone la patología que sigue y sigue hasta mermar o agotar el deseo de vivir.

Muchos tejen palabras como antídoto contra sus males. Para muchos es terapéutico escribir. La escritura es una forma de darle sentido a la esperanza y esperanza al desasosiego. Otros, desde las honduras de sus males, resignifican el sentido de las palabras y las humanizan. La patología aviva rincones que suelen estar ocultos cuando se es sano. Quienes padecen enfermedades interminables entienden, de otra forma, con otro tiempo, con otra sabiduría el mapa de la vida.

Hace algunos años, un paciente que sufría una enfermedad crónica, y que ya estaba cansado, tanto por el tiempo que requería para mejorar sus condiciones como por el dolor que producían el mal y los procedimientos a los que tenía que someterse, comentó que además ahora pensaba que su persona se había modificado profundamente.

El paciente era una persona en la quinta década de la vida y había estado enfermo los últimos 20 años. Sólo había terminado la preparatoria, pero había tenido una maestra sui generis: la enfermedad.

–Ya no soy yo –me dijo después de haber sido sometido a varias transfusiones y muchas hemodiálisis.

–¿Cómo es eso? –pregunté.

–Un día te sacan tu sangre y te la regresan después de pasarla por una máquina; otro día te ponen sangre de otras personas que ni siquiera conoces. Tiempo después te hospitalizan porque tu estado general se agravó y pasas dos o tres días inconsciente. Cuando preguntas qué día es te das cuenta de que transcurrieron varios días sin que te hayas percatado de ello. Es decir, te borras. Estás sin haber estado. Transcurre el tiempo y tú no estás.

“Ya no soy yo” sintetiza el mundo, el nuevo mundo que ahora gira en otra dirección, en otro eje, con otra inclinación, y que muchas veces desoye lo que desea la persona. Ese sentir, esa certeza de ser “un otro dentro del antiguo yo”, exige mirar el mundo y el tiempo de la vida desde otro lugar, desde otro cuerpo. Con una mirada que escruta las palabras con filos y reglas distintas. “Ya no soy yo” no es dejar de ser. Es ser de otro modo. Es vivir desde las entrañas la fugacidad de la vida.

El enfermo tiene razón cuando afirma que la sangre de otra persona modificó su ser; las transfusiones, al igual que otros procedimientos médicos, exponen la vulnerabilidad del ser humano y lo confrontan con su propia finitud. Por eso está en lo correcto cuando dice “ya no soy yo”. Por eso nos acompañamos cuando le digo que en ocasiones se escribe para alejarse del mundo. Tiene también razón, porque quizás, en contra de lo que afirman los médicos, sí es probable que la hemoglobina transporte algunas porciones del alma y de la libido. Poco importa que la ciencia no crea en esa posibilidad. En el lenguaje de la enfermedad, y en la narrativa que de sus males hacen los enfermos, es correcto pensar que la hemoglobina acarrea, junto con el oxígeno, un pedazo de alma. Lo mismo sucede, me imagino, cuando a un paciente que perdió la cara le trasplantan la cara de una persona que murió.

“Ya no soy yo” es la mirada del yo original deformado por la anemia, por el dolor, por las pérdidas y por la incertidumbre que siembra la enfermedad. Esa expresión, aunada a la sensación de que la patología se convierte en una sombra que persigue y que ahonda el vacío, es lo que determina que algunos enfermos busquen, por medio de sus palabras, agrandar el lenguaje para entender, por medio de otras armas, su enfermedad. Ese sentir exige que quienes escuchan le den el mismo peso a las palabras que a los exámenes de laboratorio o de rayos X.

“Una cuestión de lenguaje. Eso parece ser la vida humana”, escribe Emilio Lledó en un pequeño y delicioso ensayo, La palabra más libre, donde reflexiona acerca de la importancia de leer poesía. “Mirar las palabras”, dice Lledó, es una forma de “… ilustrar la inteligencia.”

Desde su trinchera eso hacen los enfermos. Miran la enfermedad por medio de palabras, desmenuzan la vida y la muerte recargándose en el lenguaje del cuerpo modificado, y recrean, por medio del papel y de los lápices, el dolor que implica entender que “ya no soy yo”.

 
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