Usted está aquí: viernes 21 de noviembre de 2008 Cultura Ricardo Martínez es un asceta que pinta mediante “colores inexistentes”

■ El creador de “figuras rotundas” recibió la medalla de oro de Bellas Artes

Ricardo Martínez es un asceta que pinta mediante “colores inexistentes”

■ Transmite emociones que van de la angustia y la meditación hasta la sensualidad y la exaltación, dijo Louise Noelle

■ Asumió su vocación a contracorriente de los estilos predominantes: Franco

Arturo Jiménez

Ampliar la imagen Louise Noelle, Teresa Franco, Ricardo Martínez y Pedro Ramírez Vázquez, durante el acto de reconocimiento al pintor, en la sala manuel M. Ponce Louise Noelle, Teresa Franco, Ricardo Martínez y Pedro Ramírez Vázquez, durante el acto de reconocimiento al pintor, en la sala manuel M. Ponce Foto: Cortesía CNCA

Una obra singular en la que predomina la figura humana de todos los tiempos, creada a partir de “colores inexistentes”, así como una vida “ascética y reservada”, son algunas de las características del pintor Ricardo Martínez destacadas la noche del miércoles, durante un homenaje en el que recibió la medalla de oro de Bellas Artes.

Con 90 años recién cumplidos y una entereza física y mental envidiable, Martínez llegó a la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes para recibir el reconocimiento, aunque en su turno en la palabra sólo se disculpó por haber llegado tarde por el tráfico intenso y dio las gracias por la distinción.

Fueron la investigadora Louise Noelle y los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Antonio Espinosa los encargados de comentar sobre la vida y la obra de Ricardo Martínez en una mesa redonda posterior a la entrega de la presea.

Noelle dijo que luego de estancias en Estados Unidos y Europa, Martínez regresó a México en los años 60, cuando “aparecerán también algunas de las poderosas figuras ancestrales, que llenarán sus telas a partir de los años 70, y que han dado un carácter definido y definitorio a su obra”.

Se trata, agregó Noelle, de “figuras rotundas, provenientes de pasados remotos, figuras que se recortan en atmósferas y espacios telúricos, cuya luz nos cobija y nos deslumbra; figuras de colores inexistentes y a la vez sublimes, que contrastan con los tonos audaces y sorpresivos de sus ambientes; figuras que dentro de su poderío de seres omnipotentes son a la vez portadoras de los sentimientos más humanos; figuras que transmiten las gamas encontradas de las emociones de un pincel, que van desde la angustia y la meditación hasta la sensualidad y la exaltación”.

Mientras Ramírez Vázquez recordó la cercanía con la familia de Martínez y sus pinturas de la sala de las Culturas del Golfo, en el Museo Nacional de Antropología, Espinosa evocó otras anécdotas y el gusto del pintor por el futbol y el beisbol.

Cabe destacar que en los primeros meses de este año se publicó el libro Atmósferas, preparado y prologado por el crítico Miguel Ángel Muñoz. Coeditado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y Siglo XXI, incluye textos de Muñoz, Octavio G. Barreda, Francisco Giner de los Ríos, Rubén Bonifaz Nuño, Ricardo Garibay, Alaíde Foppa, Marta Traba, Luis Cardoza y Aragón, Fernando Benítez, José Joaquín Blanco y Ramón Xirau.

Antes de la mesa redonda y después de la proyección de un video sobre la vida y la obra de Martínez, la directora del INBA, Teresa Franco, dijo:

“A la manera de fray Luis de León, quien celebró la vida retirada, ascética, Ricardo Martínez asumió, con plena conciencia, su vocación pictórica a contracorriente de los estilos artísticos, de las escuelas e instituciones predominantes en el siglo XX; sabiendo –en sus propias palabras– ‘que no se escoge la soledad como regocijo’, y que ‘duele mantenerse buscando, lejos de la autocomplacencia y del mercado’.

“Situada en un punto crítico entre la tradición y la ruptura, entre reminiscencias del arte prehispánico y una abstracción universal de luces y formas que da cuenta de un espíritu que igual habita en el apego a las raíces y comparte las búsquedas universales; entre algo que de manera clara reconocemos como punzantemente humano y una evanescencia divina inaprensible, su obra transcurre por una línea personalísima, de características únicas que no obedecen sino a las necesidades de cada composición.”

 
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