Usted está aquí: lunes 10 de noviembre de 2008 Sociedad y Justicia Aprender a morir

Aprender a morir

Hernán González G.
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■ Asistir a enfermos/II

Pregunta Juan Matus: “¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando?” Pues precisamente porque ingenuos pretendemos ignorar esa acechanza es que a diario rebosamos importancia personal “como si la muerte nunca nos fuera a tocar”. Pero de una u otra manera ella toca, con una precisión sin miramientos, a todo ser que se ha atrevido a nacer. Su inevitabilidad es parte de la vida, no su opuesto.

Aunque el espíritu de la época –amedrentamiento disfrazado– insiste en soslayar nuestra condición de mortales, sustituyéndola con tópicos vitalistas o de consumo, la enfadosa realidad es que nadie sale vivo de este mundo, por lo que el tiempo y las circunstancias que rodean a cada muerte no modifican esa condición.

Podrá ser inesperada, absurda, cruel, apacible, violenta, exasperante, oportuna, dolorosa o ilógica, pero la muerte posee un rasgo gentil o perturbador, según se quiera ver: siempre es puntual, por prematura o demorada que parezca.

Esta puntualidad, que suele ofender a los deudos de quien se ha adelantado cuando su partida ha sido sorpresiva o injusta, es inalterable, se tenga dos horas de nacido o 90 años vividos. Cada ser se va cuando tiene que irse, antes que cuando quiere, debe o puede. Si no, no se iría.

“Interesantes las consideraciones de la maestra Elba Flores –escribe Gerardo Carrillo– acerca de la asistencia a enfermos. Parecen sustentadas en la congruencia con la fe y en actitud trascendente del servicio, aunque quizá por ese mismo idealismo, ¿o por falta de espacio?, no se refirió a aspectos más concretos que acaban permeando la complicada relación paciente-cuidador.

“En un accidente mi esposa sufrió fractura de fémur y muñeca derechos –agrega Carrillo–, lo cual ha modificado radicalmente nuestra relación y mis responsabilidades con ella y con nuestros dos hijos, de cuatro y seis años. He descubierto con asombro cuántas cosas que daba por hechas, alguien las hacía, aunque no alardeara de ello ni yo me diera cuenta.

“Pero junto con el apoyo cotidiano y la multiplicación de tareas, han surgido serios problemas de comunicación a partir de nuestros estados de ánimo, su dependencia y mi falta de experiencia en estos menesteres. Desde enterarme dónde están las cosas de la cocina o el baño, hasta ayudarla a asearse o adivinar sus imprecisos ‘allí’ cuando solicita algo con premura.” (Continuará)

 
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