Usted está aquí: domingo 9 de noviembre de 2008 Opinión A la Mitad del Foro

A la Mitad del Foro

León García Soler

■ El siglo XXI empieza con Barack Obama

Ampliar la imagen Barack Obama durante una conferencia de prensa en Chicago el viernes 7   Ap Barack Obama durante una conferencia de prensa en Chicago el viernes 7 Foto: Ap

El voto joven, el hispano, el de la mujer, el de millones que repudiaban la cosa pública, había dado la espalda a la política y dejado la decisión en manos de una minoría de la minoría registrada para votar. Los límites del imperio llegan hasta donde alcanza su poder. El de la esperanza en el liderazgo de Obama trascendió esas fronteras. Y al norte del Bravo votaron los que rechazaban el sufragio efectivo que tanto nos eludió y con el que no supimos qué hacer una vez que vino con el vuelco finisecular.

Barack Obama ganó las elecciones. Y sobre sus largos faldones logró absoluta mayoría el Partido Demócrata en el Senado y en la Casa de Representantes. Es la economía, estúpido. Lo supimos cuando Bush padre fue derrotado por Bill Clinton. Pero el desastre financiero y económico, la recesión semejante a la amarga depresión de 1929, provocó la caída del neoliberalismo que desnudó a los neoconservadores y exhibió la estulticia criminal de los fundamentalistas que se negaron a regular el mercado, a fijar términos y normas para contener la especulación alentada por la avaricia y la ambición desaforada de la ética de mercaderes. El desplome hipotecario, de los bancos, de Wall Street, arrastró a las finanzas y a la “economía real” del mundo entero. La globalidad existe, tanto para alentar el saqueo como para llevar al desastre a los del flujo de capital sin regulación alguna; del Yukon a la Patagonia, de la Gran Bretaña a Japón: global, pues.

Es la economía, pero la victoria de Obama se fincó en la visión de futuro; el rechazo a la demolición de los derechos civiles, los derechos humanos, de la equidad y la proposición americana de que todos nacemos iguales. Si hay quién dude de que aquí todo es posible, diría Obama la noche de su victoria electoral, esta es su respuesta. La del liderazgo. La de quien supo reconocer la realidad imperante y encontrar la forma de convocar, de convencer, de conducir al cambio. Cambio de verdad que no es de generación espontánea ni resulta de fantasías fundacionales alentadas por la desmemoria. Al cambio posible. La política, decían los clásicos, es el arte de lo real y lo posible. Robert Kennedy hablaba de preguntarnos por qué no cambiar la amarga realidad. Fue asesinado al buscar la presidencia. En la lucha por los derechos civiles, predijo que en 40 años llegaría a la Casa Blanca un afroamericano.

Llegó Barack Obama. Brillante político cuyo ascenso alegra a los escritores de su patria y del mundo entero. Porque llega a la Casa Blanca el poder de la palabra. Hombre de letras, capaz de escribir sus propios discursos. Y de decirlos sin muletillas retóricas, sin posturas de gesticulador; con la convicción de quien respeta el valor de la palabra y su fuerza para transformar la realidad; de quien puede repetir sin asomo de simplismos y convertir en poderoso lema la sencilla frase: sí se puede (yes, we can). Líder para la generación de la universalidad distinta, diferente a la de la globalidad del libre mercado como becerro de oro, sin traba alguna, sin regulación alguna. Hasta que cierra el ciclo y vuelven a derretirse las alas de cera de Ícaro; se desploma el mercado, llega la recesión, la economía no crece, se multiplica el desempleo. La visión de un conductor nos devuelve el horizonte y las metas a corto plazo. Sí se puede.

Hay quienes vieron a tiempo lo que era ese mulato, hijo de un inmigrante keniano y de una notable hija de la generación que luchó por los derechos civiles y el servicio social. Al conmemorar 200 años de La democracia en América, de Alexis de Tocqueville, el intelectual francés Bernard-Henri Levy escribió hace cuatro años un artículo sobre el joven Obama para la revista The Atlantic Monthly. Decía que en él veía un líder político a la altura de John F. Kennedy. Un cauto, se diría que timorato editor, le preguntó si no exageraba. Y el escritor cedió, borró el nombre de Kennedy y lo sustituyó con el de Bill Clinton. Aunque pareciera elogiosa la comparación, Bernard-Henri Levy confiesa ahora su arrepentimiento por haber cedido a la autocensura sugerida.

La revolución de los derechos civiles se hizo poder constituido al derrotar Lyndon B. Johnson a Barry Goldwater, senador por Arizona, adelantado de la era Reagan-Thatcher, autor de la reaccionaria parábola: “El extremismo en defensa de la libertad no es vicio”. Es la tortura en Abu Graib; es la prisión de Guantánamo sin defensa alguna; es la supresión de derechos civiles en Estados Unidos, la intervención de comunicaciones privadas, teléfonos, contenido y memoria de computadoras; denigrantes fichajes a visitantes con visa; rechazar la política multilateral para imponer decisiones unilaterales en la ONU. Corrupción que privatiza las utilidades y socializa las pérdidas. Es el extremismo de George W. Bush en defensa del saqueo global, de la plutocracia arropada por el fundamentalismo religioso y la proliferación de la pobreza.

Si hay quien crea que eso somos al sur del río Bravo, acierta. Aunque Felipe Calderón supo responder al cataclismo con políticas económicas anticíclicas y acertó al decidirse por el gasto público en obras de infraestructura. La nuestra es una transición de sonámbulos en marcha, pero no dispuestos al suicidio para no disgustar a los dueños del dinero, no alterar a la clerigalla, no soliviantar a los ultras de El Yunque con la menor sospecha de retorno del Estado rector, de la economía mixta. Ya no digamos del “socialismo” que vieron la miopía de John McCain y Palin en las propuestas de Barack Obama de distribuir la riqueza. “Spread the wealth”, dijo: extenderla, pues.

Bienvenido Barack Obama, quien convocó a participar en la cosa pública, a votar y hacer política. A no dejar que otros, los menos, decidan. A largo plazo sanearán las finanzas, volverá el crédito y todos estaremos muertos. Extrañamente, el retorno de John Maynard Keynes disgusta al radical chic y a la izquierda que abrazó la democracia sin adjetivos y suspira por el caos anarquizante: es para salvar al capitalismo, repiten. No, pos sí. Aunque eso no convenza a los encerrados en el cónclave abajeño de Vicente Fox.

A corto plazo, sí se puede. Aunque el crecimiento de nuestra economía será nulo en 2009. O tendrá que medirse a nanoescala: “Un nanómetro es la mil millonésima parte de un metro”, nos ilustra Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC. Agustín Carstens dice que el PIB crecerá 1.7 por ciento. Guillermo Ortiz dice que 0.5 por ciento. Nanómetros más, nanómetros menos. Pero el desempleo crece monstruosamente; el precio de los alimentos sube implacablemente. Y tenemos que importar más de 40 por ciento de lo que comemos. Hay hambre. Amenaza hambruna.

Malos vientos soplan en nuestro territorio. Hay que dar testimonio de la muerte de Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación, de quienes volvían con él de San Luis Potosí, de los que transitaban donde se desplomó el Learjet que incendió el Paseo de la Reforma y encendió la especulación que alienta el miedo y la tentación de imponer el estado de excepción entre prédicas de bienaventuranza en el Campo Marte.

Justificados los honores cívicos a funcionarios civiles fallecidos. Sobre todo si los sorprendió la muerte en cumplimiento de las tareas que la ley les señala. Pero no olvidemos la advertencia de la Roma antigua: “Entre las armas, callan las leyes.”

 
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