Usted está aquí: miércoles 5 de noviembre de 2008 Economía México SA

México SA

Carlos Fernández-Vega
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■ Fin de la depredadora “era Bush”

Si no hay sorpresas de último momento (un floridazo marca Bush, por ejemplo), Barack Obama será el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, y el primero de raza negra en los 232 años de vida independiente de aquel país.

Por fin concluye la depredadora “era Bush”, y surge la posibilidad –sólo eso, hasta conocer resultados concretos– de un giro positivo en la política económica y social en Estados Unidos, así como una oferta inteligente e incluyente en materia de política exterior que supere la etapa guerrerista del minúsculo texano impuesto en la Casa Blanca, y privilegie el diálogo y la negociación.

A nadie más que a los propios estadunidenses debe señalarse como responsables del histórico error de reelegir a George W. Bush. Más que suficiente resultó el primer periodo presidencial como para cometer el masoquista exceso de ratificarlo para un cuatrienio adicional. Pero a los vecinos del norte les ganó el pánico, retroalimentado por los fantasmas fabricados por el texano, una estrategia también utilizada, aunque fallidamente, por John McCain a lo largo de su campaña.

Probablemente en 2008 los estadunidenses hubieran repetido el error –ahora con el también republicano McCain–, si el principal “logro” de Bush, la debacle económica y financiera, hubiera explotado poco después de las elecciones. La crisis fue un detestable, pero invaluable, aliado de Obama que ahora deberá regresar a la botella.

A los estadunidenses, John McCain prometió más de lo mismo, idénticas políticas económicas y financieras (migajas a la mayoría, la talega completa a los grandes corporativos) para que “todos vivan mejor”. A lo largo de su campaña ignominiosamente alabó “los grandes resultados y la fortaleza de la economía y las finanzas de nuestro país”, y en esas estaba cuando el misil de la crisis estalló en el centro de su estrategia electoral, desfondándola. Y Obama, que prometía y decía lo contrario, no encontró mejor aliado ni mejor coyuntura que la propia crisis para enfilar su triunfo electoral.

Al texano le gustaba decir que “el crecimiento económico es la solución, no el problema”, y lo presumía cuando los resultados económicos de su administración ya formaban parte de la peor estadística en la historia de Estados Unidos en lo que a “crecimiento” se refiere. Le funcionó la campaña del miedo, la fabricación de fantasmas, las inexistentes “armas de destrucción masiva”, el patrioterismo ramplón, “las amenazas externas que quieren acabar con nuestra democracia y forma de vida”. Se las creyeron todas, pero no lo logró en algo en que a los estadunidenses no se les puede mentir: el deterioro de su nivel de bienestar y el descarado hurto de su futuro.

Felizmente McCain se quedó en el camino y Bush ya se va. Pero el triunfo electoral de Obama apenas es el principio de un dificilísimo arranque presidencial, dado el voluminoso paquete que le hereda el texano y sus ocho años de dislates y excesos. De entrada, le deja la mayor crisis económico-financiera en 80 años (con ganas de empeorar en 2009), un déficit presupuestal de proporciones inmanejables, un raquítico crecimiento económico (nulo en 2009), una creciente deuda social y la mayor concentración del ingreso en la historia de aquel país, lo que ya es decir.

Paralelamente, le hereda la invasión a Irak y a Afganistán, con sus 570 mil millones de dólares de costo (hasta hoy), la mayor deuda en la historia de Estados Unidos y un impagable paquete de “rescate” para los barones del dinero que se estima en 1.3 billones de dólares, sin garantía alguna de que el saqueo no se repita. Y lo mejor del caso, para los intereses gringos, una comunidad internacional ofendida y a la defensiva por la política del (neo) gran garrote, el resurgimiento de Rusia como potencia, y el creciente protagonismo político y económico de China en la esfera internacional.

Sobre el espeluznante crecimiento del endeudamiento en tiempo de Bush, en este espacio comentamos que el presupuesto del gobierno estadunidense para el ejercicio fiscal 2009 (armado y “cabildeado” desde febrero del presente año, y que oficialmente arrancó el pasado primero de octubre) ya reconoce una deuda federal equivalente a 69.3 por ciento del producto interno bruto, o lo que es lo mismo, que 70 centavos de cada dólar que da cuerpo al producto interno bruto de Estados Unidos simple y sencillamente se contabilizan como deuda pública.

Sin considerar el contundente efecto negativo que el “rescate” tiene en la contabilidad pública de Estados Unidos, la deuda que hereda George W. Bush a su sucesor en la Casa Blanca (obvio es que facturada a los contribuyentes de aquel país) resulta la mayor de los últimos 55 años, desde 1953, cuando, al término de la guerra de Corea, el débito representó el 69.5 por ciento del PIB estadunidense. De acuerdo con las propias cifras de la Casa Blanca, al cierre de 2008 la deuda pública de aquel país sumará 9.65 billones de dólares (millones de millones), un monto 72 por ciento superior con respecto al registrado al inicio del mandato del texano. Si se considera la proyección para 2009, entonces el saldo se eleva a 10.41 billones (en ambos casos sin considerar los 700 mil millones del “rescate” ni otro tipo de “cortesías” a los barones del dinero), una cifra 85 por ciento por arriba de la reportada el 21 de enero de 2001, fecha del cuestionado arribo del junior que felizmente ya se va (aunque le restan poco más de dos meses para destrozar algo más).

En fin, habrá que celebrar el primer gran cambio en Estados Unidos en muchas décadas, porque el hecho de que un afroamericano llegue a la Casa Blanca es un gran paso adelante. Sin embargo, Barack Obama libró la parte “sencilla” del proceso. Ganó las elecciones, probablemente los demócratas tengan mayoría en el Congreso, con los republicanos arrinconados, y los ciudadanos tal vez sean más conscientes de lo que pasa en su país, en el mundo y de alguna suerte reaccionen mejor. Pero la herencia Bush, y lo que él representa, es lo suficientemente abultada y onerosa como para cantar victoria antes de tiempo.

Las rebanadas del pastel

¿Y qué obtendría la paisanada con la llegada de Obama a la Casa Blanca? Si el nuevo presidente estadunidense realmente es inteligente y sensible, a la brevedad deberá sentarse a negociar un tratado migratorio con México y otros países latinoamericanos expulsores de mano de obra, que beneficie a todos. No sólo es posible, sino que a estas alturas es ridículo seguir negando el enorme peso específico y la importancia de la comunidad “latina” (la mexicana en primerísimo lugar) en la política, la economía y la sociedad del vecino del norte. Habrá que ver hasta dónde llega la inteligencia del nuevo inquilino… Gracias a la lectoría por su registro y participación de y en los nuevos correos electrónicos.

 
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