Usted está aquí: sábado 1 de noviembre de 2008 Opinión Cantores supremos

Juan Arturo Brennan

Cantores supremos

Ampliar la imagen El coro alemán Cantus Cölln, el pasado 26 de octubre, durante la clausura del Festival Internacional Cervantino El coro alemán Cantus Cölln, el pasado 26 de octubre, durante la clausura del Festival Internacional Cervantino Foto: Pablo Espinosa

Como extensión de su presencia en el Festival Internacional Cervantino, dos ensambles vocales, de Finlandia y Alemania, ofrecieron espléndidos conciertos en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario de esta ciudad, gracias entre otras cosas al patrocinio y promoción de la embajada de Finlandia y el Instituto Goethe, respectivamente.

El Coro Masculino de la Universidad de Helsinki, conocido coloquialmente como YL por sus siglas en el idioma finlandés, ofreció un programa en dos partes, dedicado íntegramente a la música de Jean Sibelius. Primero, el coro cantó a capella una selección de obras del más importante de los compositores de Finlandia.

Bajo la conducción de Matti Hyökki, el Coro YL reclamó para sí con autoridad suprema el lugar preeminente que ocupa entre las agrupaciones de su tipo, mostrándose como un instrumento colectivo dúctil, preciso y, sobre todo, poseedor de una enorme gama de matices.

Sí, es muy fácil decir que un coro de casi 70 voces canta con gran potencia y volumen, pero es más impactante escuchar un unísono en pianissimo de los cantantes del YL que suena como si fueran sólo tres o cuatro voces, y con una afinación y control impecables.

En la segunda parte del programa, el Coro YL colaboró con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Carlos Miguel Prieto, para el estreno en México de la sinfonía coral Kullervo, de Jean Sibelius, obra monumental cuya audición resulta aún más impresionante si se considera que, siendo el Op. 7 del compositor, es una obra de juventud.

Esta ejecución de Kullervo, con la participación del barítono Jorma Hynninen y la mezzosoprano Tiina Penttinen, resultó de alto nivel en todos los rubros, y tuvo como ancla la solvencia absoluta del coro finlandés, que transitó con potencia, energía, convicción y conocimiento profundo de causa por esta sólida, masiva partitura de Sibelius que tiene resonancias universales de tragedia griega.

Unos días después, el grupo alemán Cantus Cölln se presentó en dos conciertos, uno privado y otro público, con resultados igualmente sobresalientes.

La primera noche, Konrad Junghänel dirigió un programa con música de Schütz, Gutiérrez de Padilla y Rosenmüller, que en el contexto de ejecuciones impecables ofreció algunos momentos particularmente destacados. Por ejemplo, un sexteto para dos sopranos, dos tenores y dos cornetti expresado con una atención exquisita a los colores. Por ejemplo, un trío para dos tenores, un bajo y continuo, con un sorprendente manejo de los matices dinámicos y de la ornamentación. Por ejemplo, la construcción experta y clarísima del tejido contrapuntístico de las páginas finales del Magnificat, de Rosenmüller.

Y si las voces de Cantus Cölln sorprenden por su perfección, no es menor la de sus instrumentistas acompañantes, como quedó demostrado en la Sonata (para cuerdas y continuo) del propio Rosenmüller, y en la impecable amalgama tímbrica y dinámica del grupo Concerto Palatino, a quienes Junghänel llama “nuestros metales de cabecera”. Las interpretaciones de Cantus Cölln a dos obras de Juan Gutiérrez de Padilla pusieron de manifiesto el hecho de que el “problema” con nuestra música virreinal no está ni en la carencia de obras ni en la falta de calidad de las mismas, sino en el hecho de que no tenemos en México intérpretes que estén a la altura de las partituras.

La noche siguiente, las obras de Schütz y Gutiérrez de Padilla fueron complementadas con selecciones de la Selva morale e spirituale, de Monteverdi, compositor especialmente cercano a Junghänel y su Cantus Cölln. (Su grabación integral de esta monumental obra es audición indispensable para todo amante y conocedor de la música antigua).

El grupo alemán logró un Monteverdi luminoso, brillante y refinado, destacando en particular su interpretación del extrovertido Beatus vir primo.

De nuevo, un balance vocal-instrumental exquisito, así como una sorprendente gama de matices dinámicos y tímbricos en las voces ejemplares de Cantus Cölln. Y como uno de muchos detalles insoslayables, la experta y atractiva ornamentación propuesta por Bruce Dickey y Doron Sherwin en los cornetti.

 
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