Usted está aquí: miércoles 29 de octubre de 2008 Opinión Acuarelas de Hitler en la FIAC

Vilma Fuentes
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Acuarelas de Hitler en la FIAC

La versión 35 de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC) había previsto, para este año, un auge de innovación artística gracias a la presencia de jóvenes pintores en este festejo de la creatividad. Un retorno a los orígenes de este encuentro y a sus primeras motivaciones.

Sin embargo, los visitantes constataron, al menos en la parte situada en el remozado y magnífico Grand Palais, una proclividad a la solemnidad y rigidez, algo fúnebre, de los museos.

Cierto, este año la FIAC se extendió a otros lugares, principalmente la Cour carrée del Louvre, donde las galerías acogieron obras de jóvenes en busca de nuevos caminos, muchos de ellos más bien desconcertantes para el público.

En plena crisis financiera, no podía dejar de plantearse la cuestión sobre la solidez del mercado del arte: ¿se vería afectado o podría servir, al contrario, de refugio económico?

La respuesta ha sido favorable a este mercado, pero precisamente gracias a los valores seguros que representan los artistas consagrados.

El desconcierto, ante lo sorpresivo, suscita la desconfianza, amenaza para la especulación del comercio de arte en momentos de crisis.

De ahí, en parte, las críticas suscitadas por la exposición, en el módulo de la galería inglesa White Cube, de 11 acuarelas de Hitler pintadas entre 1916 y 1918 –lote llamado March of the Banal, vendido en dos horas en 815 mil euros.

En la época, el führer hacía decoraciones de carnicerías, salchichonerías, zapaterías, en espera de realizar su vocación de pintor. Nada más peligroso que un artista fracasado. Convencido de ser víctima de quienes no reconocen su genio, se venga dando la muerte a la manera del Raskolnikov, de Fedor Dostoievski.

Al azoro que despertó esta muestra, se añadió la turbación de ver retocadas las acuarelas por los artistas Jake y Dinos Chapman, quienes agregaron, en los paisajes desolados de Hitler, árboles y soldados muertos, tanques y puentes destruidos, arcoiris y formas coloridas.

Siguió la polémica ante este revisionismo con que se intenta frivolizar un horror escandaloso. En efecto, ¿por qué tratar de dar vida a la muerte que expiran las telas del führer? ¿Cuál es la meta de este maquillaje de la desolación y de la historia? ¿Engañar al posible comprador?

En su novela Fille de joie (La Différence, 1999; Gallimard, colección Folio, 2001), Jacques Bellefroid crea un personaje, Ludovic, quien descubre una pintura de Hitler reproducida en una revista fechada antes de la Segunda Guerra Mundial: “El tema del cuadro era simple: una plaza pública rodeada de casas. No faltaba ningún adoquín en el suelo de la plaza, ningún vidrio en las ventanas, ninguna piedra en los muros, ninguna pizarra en los techos (...) No había en este cuadro presencia humana alguna, un solo ser vivo, ni hombre ni mujer, ni viejo ni niño. Nada. Ni siquiera un animal. Ni siquiera la sombra de un pájaro. Ese paisaje urbano era más que un desierto, y mucho menos: era el fin de cualquier vida, la ausencia del ser, la absurda proclamación de la nada.

“Un hombre había querido fijar sobre una tela nada menos que lo real, creía él, sin omitir la más pequeña parcela. ¿Pensó haber conseguido su meta? ¿Haber ganado?

“Unas casas en una plaza, aplastadas a fuerza con el puño sobre un soporte, ¿era, pues, eso lo real? Un cierto número de piedras, de adoquines, de vidrios, de pizarras, bordadas, con la torpeza de una mano pesada que se aplica en reproducir, sin ver que la realidad se escapaba por todas partes un poco más a cada nuevo pincelazo (...) El artista había cambiado después de actividad, había bifurcado. Ludovic deploraba esta falta de constancia. Tan grave como hubiese sido el delito cometido contra la pintura, sin duda más habría valido, de poder escoger, que el culpable continuase en esta vía. Cierto, es difícil frenar las grandes vocaciones (...)” A fuerza de mirar, una especie de iluminación atravesó su mente: “Seguro, es evidente, una cierta idea de lo real conduce a un universo cadavérico”.

 
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