Usted está aquí: domingo 28 de septiembre de 2008 Deportes ¿La Fiesta en Paz?

¿La Fiesta en Paz?

Leonardo Páez

■ Juan José Arreola, taurófilo

■ Nueva y útil publicación de Heriberto Murrieta

Como ocurre siempre en este país de intelectuales antitaurinos; como sus presidentes de la República, que ni ven ni oyen la tauromaquia como expresión del pueblo que pretenden gobernar, cuando no abiertos antitaurinos, nadie ha hecho alusión al taurinismo del maestro Juan José Arreola al celebrarse el primer centenario de su nacimiento en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, el 21 de septiembre de 1918.

Salvo muy contadas excepciones, como que a los mismos intelectuales aficionados acaba por apenarles tamaña afición, al grado de convertirse en taurófilos vergonzantes, apenados de esa debilidad premoderna o encubriéndola hasta donde sea posible, como fue el caso de Arreola. Lo anterior, en descargo de las omisiones de sus pares y amigos.

Alejado ya del mundanal ruido, Juan José escribió una sabrosa carta-confesión a Heriberto Murrieta para su magnífico libro Tauromaquia mexicana, imagen y pensamiento, en el cual gente tan valiosa, sensible y pensante como Raúl Anguiano, Alí Chumacero, José Solé, Carlos Prieto y José Luis Cuevas externaron sus saberes y sentires con respecto al desacreditado espectáculo.

“Soy católico y aficionado a los toros –comenzaba Arreola con su encanto y agudeza habituales–. Hace 50 años que no oigo misa ni voy a una corrida, pero sigo siendo hasta el fondo de mi alma católico y torero, y durante una etapa importante de mi vida, la cruz del estoque fue la cruz de mi parroquia. ¿Por qué no voy a misa ni a los toros? Porque han perdido sacralidad. Porque todos nosotros, ustedes y yo, delegamos, muy a la torera, la tarea de jugarnos la vida frente al toro de la Verdad...”

Desafortunadamente, para el desarrollo y análisis de la fiesta de los toros de México Juan José Arreola, no obstante su lucidez taurina, también se sumó a la prolongada lista de intelectuales mexicanos que prefirieron ignorar la desvirtuada tradición, como si las claudicaciones de ésta pudieran identificarse como propias ante una modernidad poco analizada y peor digerida.

Heriberto Murrieta, preocupado siempre por la divulgación de aspectos fundamentales de la tauromaquia, presentó la semana pasada su Cuadernillo taurino didáctico, donde explica de manera breve y accesible lo que sucede en una corrida de toros, a partir de la certeza de que en la plaza es fundamental analizar el comportamiento del animal antes de juzgar la actuación del torero.

Descripciones claras del ruedo y de la plaza, de los terrenos, del toro y de éste en la arena, su morfología y pintas, así como de los actuantes y su indumentaria, de la lidia y sus tres tercios, de la importancia de picar a los toros, de las suertes de capa, banderillas, muleta y estoque, así como de los tiempos reglamentarios y premiaciones, hacen obligada su consulta, tanto para los no iniciados como para los que suponen que se las saben todas. Siendo la obra más breve –16 páginas– de Murrieta, es, paradójicamente, la de más utilidad para el grueso del público en estos confundidos tiempos, mucho más desalmados que la lidia de reses bravas.

 
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