Usted está aquí: viernes 19 de septiembre de 2008 Editorial 19 de septiembre

Editorial

19 de septiembre

Hace hoy 24 años, este diario salió a circulación en un entorno nacional muy distinto y a la vez semejante al que se vive en la actualidad: el discurso oficial se imponía en el conjunto de los medios informativos –salvo excepciones– como el único retrato de un país que vivía de espaldas a su propia diversidad y a sus necesidades de cambio –inocultables desde ese entonces–: se veía la pertinencia de combatir la desigualdad, procurar condiciones de vida digna al conjunto de la población, consolidar la soberanía nacional, limpiar y moralizar las instituciones y emancipar a la democracia de su condición de mera fórmula de legitimación del grupo gobernante para transformarla en una realidad de participación colectiva en la toma de decisiones.

Como hoy, en 1984 México parecía acercarse al abismo de la ingobernabilidad, aunque por distintos motivos: la crisis económica que estalló a fines del sexenio lopezportillista se abatía sobre los sectores de menores ingresos y la clase media, y el gobierno, desprovisto ya del paradigma posrevolucionario del desarrollo estabilizador –que terminó de agotarse en las administraciones anteriores–, carecía de rumbo y empezaba a someterse al modelo económico neoliberal, el cual habría de aplicarse sin recato alguno a partir del sexenio salinista y hasta la fecha. En esas circunstancias, un grupo de periodistas, académicos, artistas, funcionarios, políticos y activistas sociales, sindicales y agrarios, lanzó la convocatoria para conformar un diario independiente, abierto a las distintas expresiones de la sociedad, con un ideario centrado en la defensa de la soberanía, la justicia social, la democratización y la construcción de un país que tomara en cuenta a sus mujeres, a sus indígenas, a sus campesinos, a sus marginados urbanos, a sus minorías políticas, religiosas y sexuales.

Un año exacto después de la aparición del diario, el terremoto que se registró en el centro de México provocó miles de pérdidas irreparables, causó daños materiales enormes y colocó a centenares de miles de personas en el total desamparo. Pero, al mismo tiempo, y ante el autismo de las autoridades frente a la tragedia, la catástrofe dejó al descubierto los límites de un poder político encerrado en sí mismo, propició el florecimiento de una energía cívica como no se había visto en generaciones e hizo evidente que la sociedad había evolucionado mucho más que el gobierno.

Para el diario, la emergencia fue una prueba de su vocación y una confirmación de su tarea en el acompañamiento informativo de los fenómenos sociales que el México oficial se empeñaba en ignorar. En los años sucesivos, La Jornada ha tenido muchas otras oportunidades para poner en práctica sus principios fundacionales, y en ellas, que han representado otros tantos desafíos periodísticos, ha ido construyendo la credibilidad y la condición de punto de referencia del quehacer nacional: el movimiento estudiantil de 1986-1987, el proceso electoral de 1988, las privatizaciones salinistas, la primera guerra del Golfo Pérsico, el alzamiento indígena de 1994 en Chiapas, la sangrienta descomposición experimentada ese mismo año por el priísmo, la recaída en la crisis económica de 1995, los inescrupulosos “rescates” bancario y carretero operados por el zedillismo, la llegada de la oposición al gobierno capitalino, la alternancia que tuvo lugar después en la Presidencia, los atentados de septiembre de 2001 y el comienzo de la llamada “guerra contra el terrorismo”, la restauración del viejo presidencialismo bajo los colores de Acción Nacional, los intentos del foxismo de eliminar por la vía judicial la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador, las impugnadas elecciones presidenciales del año antepasado, el arranque del gobierno calderonista en plena crisis de legitimidad y los primeros dos años de la actual administración, transcurridos en un entorno de polarización política sin precedentes, alza generalizada de los precios y caída de los salarios, pérdida de soberanía y consolidación de los poderes fácticos, particularmente el de la delincuencia organizada; ésta, ante la falta de claridad oficial para enfrentarla, ha ganado el control de regiones enteras del país, ha infiltrado a las instituciones públicas, ha colocado a la población en general en un estado de alarmante indefensión.

Nuestro proyecto informativo hubo de enfrentar, desde sus inicios, la escasez material y la animadversión de los poderes políticos y económicos que no vieron con buenos ojos la fisura abierta por La Jornada en la uniformidad y hasta la unanimidad oficialista de los medios impresos y electrónicos. Dicho sea de paso, este entorno mediático, que persiste en la actualidad, permite ver la escasez de los avances reales en materia de democratización, transparencia y pluralidad, desmiente por sí mismo el éxito de una transición política que, hasta ahora, no va a ningún lado y de un “cambio” que se limitó a los colores y a las siglas partidistas.

Con todo, las dificultades inherentes a un proyecto editorial que no pretende servirse del periodismo para generar utilidades sino que emplea sus recursos para informar, se han visto compensadas por la fidelidad, la comprensión y la participación crítica de un universo de lectores que constituye, junto con los trabajadores del periódico, el verdadero capital de La Jornada.

 
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