Usted está aquí: miércoles 17 de septiembre de 2008 Opinión El jardín de un suicida

Vilma Fuentes
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El jardín de un suicida

Del jardín de Luxemburgo de Cosette y Marius al de Philippe Montclar y Frédéric Stauff, la distancia ha ido cosechando en sus senderos encuentros, muertes, extravíos, palabras y palabras punteadas por los balbuceos de ese silencio que anuncia el tic tac de los segundos al caer en su propio abismo.

Entre los personajes de Víctor Hugo y los de Bruno de Cessole ha pasado más de siglo y medio. Sin embargo, en apariencia, el jardín es el mismo. También en apariencia es otro. Los árboles deben haber envejecido, tal vez muchos de ellos muerto. Los miserables obedecía a una edificante moral de la virtud. L’heure de la fermeture dans les jardins d’Occident, el libro de Cessole, sería más bien la búsqueda amoralmente moral, escupitajo al mérito y a los honores, de la gloria oscura de no ser en vida y dejar de ser por voluntad, negación última del azar: el suicidio no como escapatoria ni fuga, pues no hay más allá que ahora y aquí, sino como una meta de la vida en suspenso, la sentencia prorrogada, día tras día, noche a noche, en la antesala de la muerte.

Si Marius Pontmercy vive el amor a primera vista por Cosette, el estudiante Philippe Montclar reconoce haber sentido un enamoramiento semejante por el pensamiento del viejo hombre al que llama Diógenes, el filósofo escéptico que, en su juventud, desmitificó a Sócrates, hizo el elogio de Calicles, rompió con el Papa de la intelligentsia parisiense de la época, antes de hacerse olvidar y pasar como un desaparecido para sus contemporáneos cargados de honores y hastío, muertos vivos.

A pesar de que, desde las primeras lí-neas de la novela de Cessole, el lector sabe que Montclar, el discípulo, terminará por asesinar a Frédéric Stauff, el maestro, el suspenso se mantiene a lo largo de 400 páginas en un auténtico tour de force. A la manera de Cervantes, quien intercala breves “novelas ejemplares” con las aventuras del Quijote, Bruno de Cessole interpola los encuentros entre Montclar y Stauff con los relatos, narrados por el viejo filósofo, de las vidas y, sobre todo, los últimos momentos, de los antihéroes de su panteón personal. Relatos que son un verdadero regalo para el lector: existencias tan peculiares como las de Nietzsche, Bloy, Leopardi, Kant (quien no escapa a su cruel ironía), Senancour, Walser... Torcuato Boecio, el último, en una terraza frente al Mediterráneo. Relatos hechos durante caminatas en los jardines parisienses, en las calles de la rive gauche, en un restorán chino, en cafés del barrio latino.

Desde la aparición de Filles de Joie, de Bellefroid (también editado por La Différence), no había tenido el júbilo de la lectura de una nueva novela perteneciente a la gran literatura francesa. L’heure de la fermeture dans les jardins d’Occident es una novela de la que puede simplemente seguirse la trama o gozar las anécdotas. Pero es también una invitación a la reflexión sobre el ser, la muerte, el azar, el suicidio, el asesinato, la existencia, a veces el poder. El placer de la lectura proviene, acaso, de la palabra libre de Cessole: “la verdadera elocuencia (...) de la que Tácito dice que, semejante a la llama, ilumina brillando y se nutre de libertad como la llama se nutre de aire contiguo”.

Si el primer encuentro entre Montclar y Stauff parece deberse al azar, al que Stauff creyó poder vencer como un jugador de ajedrez intenta abolirlo, Stauff sabe que, si no podrá ganar, le queda el libre arbitrio. La libertad de darse la muerte, esa muerte que Mozart consideraba como “la verdadera meta de nuestra vida”, por lo que no puede sino desearla a su padre moribundo. Muerte que Stauff ha prorrogado hasta el encuentro con Philippe, a quien convertirá, cual un títere, en su asesino voluntario. Stauff lo ha preparado a esa apropiación del conocimiento que es el asesinato del maestro, y él accederá al conocimiento supremo con la muerte a la que se ha hecho acompañar hasta sus puertas como sólo un asesinado puede serlo.

 
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