Usted está aquí: jueves 11 de septiembre de 2008 Opinión Navegaciones

Navegaciones

Pedro Miguel
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■ Notas de viaje / III y último

Encuentro con Ixcuina, la de las cuatro caras, a la orilla del Sena. Entre los enigmas sin fondo del panteón mesoamericano destaca el de Tlazoltéotl, también llamada Atlazoltéotl, Tlaelquiani o Ixcuina, por su nombre huasteco. Es sicoterapeuta y confesora, es la que quita los pecados del mundo, es sembradora de locura, es diosa del azar y de lo incierto, es la destructora de los jóvenes, es amante de Quetzalcóatl, es señora de la tierra, de la fertilidad, de la lujuria, de la maternidad y del parto, es la que se come la caca de quienes han errado el camino y puede castigarlos con enfermedades venéreas o curarlos y despojarlos de toda culpa. Abundan sus representaciones en papel amate (Borbónico, Vaticano, Borgia...) y en piedra. Se le representa acuclillada, en trabajo de parto o defecación y cobijada por una piel ajena, como Xipe-Tótec, entre dardos ensangrentados, los pechos al aire, tocada por un largo penacho cónico. Es sorprendente encontrarla, convertida en un esbelto monolito de una tonelada y dos metros de alto, en un pasillo de iluminación acolchada del Museo del Muelle de Branly, o simplemente Quai de Branly.

Con su jardín vertical, su colección de cerca de 10 mil instrumentos musicales ordenados en un gigantesco tubo de cristal, su rampa ovalada de crustáceo, sus exposiciones temporales atornilladas a la moda inmediata, su arquitectura post fin del mundo y la milenaria estatuilla femenina de Chupícuaro asociada a su logotipo (aunque se encuentre en el Louvre), Branly (“Allí donde dialogan las culturas”, es su lema) constituye, por sí mismo, un viaje. Las viejas colecciones del Museo del Hombre, situado no lejos de allí, en la orilla opuesta del Sena, han sido dignificadas en un despliegue museográfico moderno y didáctico y liberadas de las taxonomías polvorientas, decimonónicas y arrogantes que hacían pensar en museo como sinónimo de hastío. En Branly los objetos culturales de América, África, Asia y Oceanía salieron del amontonadero de “antigüedades” o “curiosidades” para reorganizarse bajo la categoría púdica de “artes no occidentales”.

En su residencia parisina, la señora viste una falda larga, se pasa las manos por el vientre y su rostro autista emerge de un extraño tocado en el que se entrelazan dos serpientes de cascabel. Las colas de los bífidos circundan la cara y se enroscan en el cuello como si fueran un par de trenzas.

El agravio tonto: en la cédula de la pieza se asienta que proviene “de la costa del Golfo, Mesoamérica”, y que es una donación “de la Marina, exposición permanente de colonias”. Todo iba muy bien, pero semejante majadería obliga a evocar el pillaje castrense perpetrado por el régimen de Luis Bonaparte en el México del siglo antepasado y que, de seguro, no se limitó a piezas arqueológicas invaluables; eso, sin contar que nuestro país sufrió una invasión y una ocupación criminal y cruenta y hubo de soportar la imposición de un imperio pelele, pero no fue jamás colonia de Francia. Al parecer, el embajador Carlos de Icaza González no se ha dado una vuelta por el museo Quai de Branly, o fue y vio y se retiró sin darle importancia al asunto, o bien pidió que quitaran esa referencia de tan mal gusto pero no le han hecho caso. Y aquí está un close up de la cédula, para que no vayan a salir con que estoy loco.

2. Encuentro con otro altísimo en Toulouse, y los que se ofenden con cualquier cosa, procuren leer lo que sigue con los ojos cerrados. Tal vez mi falta de fe se deba a las representaciones divinas de matriz renacentista con las que tuve contacto en la infancia: es que ese señor barbón, canoso, medio calvo y mofletudo, suerte de Zeus en sus tiempos de jubilado, podrá ser simpático y tierno, pero muy poco verosímil como el Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente que le quieren vender a uno. Aliviados estamos: si el ser supremo realmente padeciera los estragos de la edad, como lo pinta la difundida iconografía católica, tendría que estar más preocupado por cuidar su próstata que por administrar el universo, y además la omnisciencia no se lleva con el Alzheimer. Mejor hubieran imitado los católicos, para el caso, a los judíos, a los musulmanes y a algunos cultos cristianos, quienes de plano se niegan a representar a Dios, o a Jehová, o a Alá, o como quiera que se llame, y evitan, de tal forma, generar suspicacias entre el respetable.

A Saturnino lo mató un toro furioso en lo que es ahora una calle céntrica de Toulouse allá por el 250 de nuestra era. Sobre su tumba romana se erigió un oratorio que pronto empezó a recibir peregrinos que marchaban hacia Santiago de Compostela. Hacia el siglo V el oratorio fue convertido en iglesia y en el XI, cuando su aforo resultó insuficiente, se decidió erigir una magna basílica que conservase en su entraña la vieja capilla, convertida en cripta y que sigue siendo, hasta nuestros días, la mayor iglesia romana que se conserva en Europa. La basílica de San Sernín no es linda pero sí muy impresionante. Su campanario octogonal evoca, por sus cuerpos escalonados, un zigurat; en sus muros exteriores se combinan la piedra blanca, el ladrillo y la teja, lo que le da cierto aire bonachón; en el interior, un ingenioso deambulatorio principal rodea el altar mayor y la tumba de San Saturnino, lo que permitía mantener el trajín de peregrinos sin interrumpir los oficios, y en uno más pequeño, llamado Ronda de los Santos Cuerpos, ofrece a la veneración reliquias diversas y piadosamente conservadas: la infaltable espina de la Santa Cruz, el misal de fulanito, los testículos de no sé quién.

En la primera de esas rutas me topé, en el centro de unos bajorrelieves de ángeles y santos, al mero mero Dios, y me dio ñáñara: no usa bigote ni barba, su edad es indefinible, ostenta una barriga prominente, está rodeado por un ángel y tres bichos y tiene cara de pocas pulgas. Si así me lo hubieran presentado en mi infancia, es probable que a estas alturas, en vez de estar escribiendo tonteras, yo estaría atormentándome con cilicios y disciplinas y rezando credos. Ahora que vuelvo a ver esa imagen inquietante (que es un “Cristo en Majestad” románico del siglo XIII) me pregunto si no se estará asomando a la travesura que han echado a andar los científicos en un acelerador de partículas en Suiza y que, según algunos espíritus medrosos, provocará el fin del mundo. Pero no.

 
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