Usted está aquí: miércoles 6 de agosto de 2008 Opinión Peor que 1929 (segunda parte)

Alejandro Nadal

Peor que 1929 (segunda parte)

La actual crisis en la economía de Estados Unidos será peor que la de 1929. Veamos tres parámetros de comparación.

Primero, la dimensión financiera. El ajuste en el mercado hipotecario está lejos de tocar fondo. El inventario de residencias no vendidas deprimirá más los precios de bienes raíces (hasta en 30 por ciento adicional). Eso tiene profundas ramificaciones en todo el sistema financiero, bancario y no bancario. El ajuste en cuentas de bancos ya alcanza los 300 mil millones de dólares (mmdd) pero tendrá que rebasar el billón y medio de dólares. La reducción de precios de casas implicará pérdidas patrimoniales de alrededor de 6.5 billones de dólares, lo que aumenta el riesgo de una crisis sistémica en el sector bancario estadounidense. Todo esto se acompañará de una fuerte contracción en el crédito para nuevas inversiones y consumo, lo que profundizará la recesión.

Si la recesión es profunda y larga, las pérdidas en la bolsa de valores alcanzarán dimensiones astronómicas. Típicamente, las pérdidas en Wall Street para una recesión de doce meses implicarán una caída de 30 por ciento en el valor de las acciones: en números absolutos, eso corresponde a borrar del mapa financiero otros 7 billones de dólares. Para una economía con un PIB de 14 billones de dólares, todo esto es catastrófico. Ese castigo no lo ha soportado la economía estadounidense desde 1929.

El segundo parámetro concierne la economía real. ¿Cómo afecta la crisis financiera a la economía real? Del total de 51 millones de familias con una residencia, 8 millones están retrasados en sus pagos hipotecarios y están perdiendo sus casas. Pero una reducción de precios de 30 por ciento en activos residenciales elevará a 21 millones el número de propietarios que caerán en insolvencia (¡el valor de sus casas será inferior al de su hipoteca!) El 40 por ciento de los propietarios en ese país estarán en problemas, algo inédito en una economía en la que el 65 por ciento de las familias son dueñas de su casa.

En Estados Unidos el consumo privado rebasa el 73 por cientode la demanda total de bienes y servicios. Los precios altos de las casas mantuvieron el consumo durante los últimos 10 años mientras el ahorro estuvo en el piso. Hoy, la caída en los precios de activos residenciales recortará la demanda agregada y conducirá a un mayor desempleo (que ya alcanza niveles muy altos). El ajuste ya comenzó y está siendo doloroso: en este año la industria de la construcción ya acusa una caída del 50 por ciento. Estos números son suficientes para recordar la Gran Depresión con su secuela de quiebras, desempleo y destrucción patrimonial a una escala gigantesca.

Un problema grave es que el margen de maniobra es cada vez más estrecho. La Reserva federal ha relajado la política monetaria, recortando la tasa de interés líder (de 5.5 por ciento a 2.5por ciento) y todo indica que esta postura de gran flexibilidad se va a mantener. La oferta monetaria (incluyendo el agregado M3) sigue creciendo porque los bancos requieren liquidez. Pero mantener la oferta monetaria en los niveles actuales equivale a aplicar como medicina lo que originalmente hizo que el paciente se enfermara. El frenesí de política monetaria flexible de los años de Greenspan no puede continuar en las condiciones actuales.

Por su parte, la política fiscal tendrá que respirar hondo para diseñar un mecanismo de ayuda directa para los propietarios de casas que están en dificultades. Pero para unas finanzas públicas que acusan un déficit (real) cercano a los 600 mmdd, el nuevo paquete que implicaría absorber el costo de quitas significativas en el valor nominal de las hipotecas podría resultar difícil de deglutir.

El tercer parámetro de comparación con la crisis de 1929 tiene que ver con las relaciones económicas internacionales. Todo esto está sucediendo en una economía lastrada por los dos gigantescos déficit, en lo fiscal y en la cuenta corriente. La política cambiaria ha conducido a una pérdida en el valor del dólar, lo que ayuda al ajuste externo de EU pero afecta negativamente a las exportaciones del resto del mundo hacia Estados Unidos. Esto en el contexto de una sobre inversión en casi todas las ramas de las manufacturas a escala mundial, desde electrodomésticos y automóviles, no anuncia nada bueno.

La tendencia a utilizar otras divisas como unidad de reserva se ha intensificado, lo que explica la apreciación del euro, del yen y otras monedas. No cabe duda, para cuando pase la recesión que ya afecta a Estados Unidos, el rol del dólar en la economía global habrá cambiado para siempre. La debacle del dólar no es algo que se pueda evitar a estas alturas y las repercusiones globales serán profundas. Sólo habrá que ver si el proceso de des-dolarización relativa se hace con un mínimo de estabilidad, o si se produce en el marco de comportamientos de pánico y de manada. Definitivamente, la actual crisis no tiene paralelo en la historia económica de Estados Unidos.

 
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