Usted está aquí: jueves 24 de julio de 2008 Opinión Ricardo III

Olga Harmony

Ricardo III

Correr un riesgo y cumplir un viejo anhelo es lo que hizo Erando González al convertir la tragedia shakespereana en un unipersonal, en versión española en verso del propio actor y autor de la dramaturgia, codirector con Silvia Ortega de su propuesta. En el programa de mano da cuenta de lo que le indicó Ludwik Margules en un taller de perfeccionamiento actoral, de que detuviera la mirada en los monólogos de Ricardo III, como génesis de un proyecto que llevaría a cabo ligando un monólogo al otro con “puentes dramáticos” que ignoro si serán suficientes para hacer comprensible un texto de por sí muy laberíntico, lleno de personajes incidentales en las postrimerías de la larga Guerra de las dos rosas inglesa, aunque el autor de la versión lo da por sentado al terminar su texto con el famoso grito de “un caballo, mi reino por un caballo”, haciendo caso omiso de la muerte del protagonista y los pocos incidentes finales.

Erando González no solamente dice los monólogos de Ricardo, sino que entabla diálogos con otros personajes y aun vierte el monólogo doliente y furioso de lady Ana. Un gran mérito a su favor es que los muy difíciles monólogos de cara al espectador, posiblemente por la economía dramática que se ostenta, resultan válidos y no llaman a risa como ocurre con frecuencia. En efecto, el cinismo de que hace gala el protagonista lo llega a convertir en un villano casi caricaturesco –amén de que su caracterización física plena de deformidades– que alguna vez hemos visto, que hace reír al dirigirse al espectador, culpa en que incluso cayó –y que los dioses me perdonen– sir Lawrence Olivier en su película, que es uno de los grandes escollos para cualquier actor. En su versión unipersonal, Erando González logra que los monstruosos monólogos espetados al público se reciban de igual manera que el resto de su trabajo.

En un escenario muy despojado, con apenas un atril y algún otro aditamento, que incluye el tonel en el que según la tradición morirá ahogado Clarence, el actor prepara su espacio moviendo los asientos (lo que hará en cada escena), cambiando su ropa según el vestuario de Cordelia Dvórak, y poniendo particular atención en colocar una tela cuya función al pronto no se adivina. Es de todos sabido que la tragedia empieza con uno de esos monólogos, que el actor liga con su diálogo con Clarence, representado por una manzana que será su atributo hasta su muerte, que no vemos, según una muy simple pero eficaz manera de identificar a los personajes. La tela colocada a un costado será un larguísimo velo que cubre al actor para su caracterización de lady Ana y que al ser destapada y volviendo Erando a su papel de Ricardo, un pequeño nudo en un extremo del velo representará a la viuda en el diálogo subsiguiente. De igual manera, el creador escénico no desdeña incluir un micrófono o un teléfono celular, al cabo que desde que se inicia la escenificación da cuenta de que no se trata de un intento realista y que por medio de objetos, como la bolsa de fruta que despiadadamente destroza a patadas, va ofreciendo la historia del maligno rey. Antes de cada escena, el actor se acerca al atril en donde está un libro abierto, como si fuera a consultarlo, para alejarse enseguida y continuar con lo que sigue. Cada acercamiento al atril es una ruptura para indicar que se da un nuevo giro y el acercamiento final, antes de que la luz –en iluminación de Jorge Kuri Neumann– se apague para marcar el telón virtual, elimina las escenas finales, con lo que el montaje queda abierto y la cauda de personajes, reducidos a unos cuantos, no interesan más que en razón del protagonista. Erando González logra una gran cantidad de matices en su muy meditada propuesta. Lo mismo es la dolida y enojada lady Ana, que el ingenuo Clarence, pero es en los giros de Ricardo –a cuya deformidad apenas apunta con una ligera cojera– en donde logra su mayor lucimiento actoral, lo mismo como seductor, como agradecido monarca ante los vítores, que en sus hipócritas intervenciones vueltas cinismo al dirigirse al público.

 
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