Globalización y segunda República*

Orlando Fals Borda**

NOSOTROS LOS DEL SUR

VERTIENTES DE LA GLOBALIZACIÓN

Cuando se agudizaron las tensiones y conflictos producidos por lo que algunos gobernantes bautizaron como “globalización”, nosotros, los del mundo del común –en especial los del Sur, los del Tercermundo–, empezamos a descubrir que estábamos arriesgando una parte esencial de nuestra razón de ser: aquélla representada por nuestra idiosincrasia y alimentada por la cotidiana diversidad ambiente. El mundo había crecido, mal que bien, sesgado hacia la acomodación y la acumulación, como un gigantesco caleidoscopio móvil cuyas diferentes piezas, jugando libremente unas con otras, producían efectos, imágenes, procesos y objetos diversos de alcances infinitos, a veces bellos y positivos, a veces deformes o perversos, pero que se iban sumando en olas de integración más o menos ordenada.

Fueron necesarios los estallidos iracundos contra fondos y bancos en las calles de Seattle, Davos, Melbourne y otras ciudades desde hace algunos años para que aquellos sordos gobernantes con sus miopes asesores de cabecera empezaran a reconsiderar sus descomponedoras políticas de “apertura”. No podían seguir despreciando lo social, lo cultural y lo humano para reducirlo homogéneamente a lo económico, como lo han querido los neoliberales y los planificadores estatales, sin generar dislocaciones, injusticias y crisis estructurales, cuyos malos efectos se han ido extendiendo a todas partes, afectando especialmente a los pobres y marginales.

La resistencia inicial a lo neoliberal dentro de esta globalización homogenizante fue creciendo hasta arrinconar en parte a los poderes mundiales. Perseguidos por las masas inconformes, ya para los poderosos no hubo otro sitio adecuado para volver a reunirse que el emirato desértico y feudal de Qatar, lugar simbólicamente significativo del tipo inerte y arenoso de mundo al que nos quieren llevar para que sólo quede la economía monopolizada, la de la violencia de los pocos sobre los más. Fue entonces necesario preguntarse sobre qué clase de globalización se estaba hablando, por las diferencias en sus efectos sobre las sociedades. Por eso es significativo que ahora haya tales resistencias igualmente en sectores insatisfechos y expectantes del primer mundo, como las juventudes y los universitarios. Las revueltas callejeras contra el Fondo Monetario Internacional y los ricos del G-8 en Ginebra y Lausana (donde residen los poderosos gnomos del capitalismo financiero) son síntomas positivos de protesta por el adverso cambio social que sufrimos en el Sur, los que buscamos un mundo mejor, más justo, democrático y participativo. Hoy muy pocos se declaran neoliberales: les da vergüenza. Sin embargo, quizás por inercia, aspectos de su orientación siguen vigentes. De allí la necesidad de seguirlos combatiendo.

¿De dónde provino y cómo y cuándo se fue articulando esta desigual y policefálica doctrina? Todos lo sabemos: provino de las altas esferas del poder y del conocimiento de Europa y Norteamérica, es decir, de los nichos generadores de la civilización occidental. Muchos interpretaron a la globalización como sucesora natural de las ideas de progreso y libre cambio introducidas por los filósofos de la Ilustración. Tiene poco nuevo desde este punto de vista; pero sus adherentes lograron detectar, desde la década de 1970 por lo menos, que la profecía de Carlos Marx sobre las tendencias expansivas universales del capital se estaba cumpliendo. Para aquéllos, alegría por el libre mercado y la acumulación infinita que ya se dibujaban desde la época colonial. Para nosotros, los del común y los del Sur, tocaba apretarnos el cinturón y sufrir adicionales penurias. Por fortuna, a la obnubilante doctrina de la globalización se le podía descubrir el talón de Aquiles. Sus limitaciones en cuanto a la pobreza, el desempleo y el hambre, por ejemplo, pronto quedaron al desnudo y en escándalo de lo insoluble. Ahora, al seguir el examen, sólo necesitamos disparar al talón que toque.

Como enemigo de las formas patológicas que la globalización ha tomado, en especial con las políticas antipopulares, quiero recomendar que avancemos en el estudio de sus características, porque ello, por supuesto, ayuda al necesario contrataque del qué hacer. Es lo que me propongo esbozar ahora, con las dificultades de tiempo de todo panel, por lo cual anticipo mis excusas.

TEJIDO ANALÍTICO-NORMATIVO DEL FENÓMENO

Para empezar, ya sabemos con mayor certeza que la desenfocada e injusta globalización que hemos conocido es como un entretejido de dos hilos: uno analítico, para describir sus principales factores intervinientes, que son de naturaleza económica, política y cultural, y otro normativo, para destacar los valores subyacentes a los resultados que persigue en lo económico, lo político y lo cultural. No todos estos resultados son de rechazar: los pueblos en su sabiduría y con el sentido común –como lo han hecho antes– pueden escoger y adoptar algunos de ellos; pero éstos deben ser determinados con cuidado, en especial a quiénes benefician o perjudican, en qué monto y a qué costo.

De allí que parezca válido ver a la globalización como una forma polivalente de llegar a la prosperidad o felicidad generales, pero si se ejecuta bien. ¿Cuál es su alcance real? Según las políticas públicas que se adopten. Aquellas inspiradas en el neoliberalismo, ya lo hemos visto, han aumentado la miseria y las inequidades del mundo, pero en países desgraciados como Colombia, donde las maldiciones de esta escuela siguen de manera increíble aferradas al poder estatal, las miserias aumentan.

Pongámonos entonces los lentes de la hermenéutica para criticar estos mismos fenómenos. ¿Qué resulta? Podemos interpretar ahora la globalización por lo menos de tres maneras: primero, como una serie de discursos muy diversos, por ejemplo, sobre capital social, tecnología comunicativa, impacto cultural, etcétera. Segundo, como un proceso inducido por acuerdos o reglas de desarrollo económico, como los del Banco Mundial, la posible Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), y la Organización Mundial del Comercio. Y tercero, como una institución macro o conjunto de instituciones macro, cuyos ejemplos más notables son las corporaciones multinacionales, muchas ONG, los tratados regionales, iglesias universales, y otras entidades y burocracias sin ciudadanía fija. Los interesados pueden concentrar productivamente su atención sobre cualquiera de estas tres modalidades.

REFERENCIAS TERRITORIALES

Si este tipo de análisis resulta insuficiente, podríamos entrar todavía más a fondo y estudiar las relaciones establecidas entre sociedades concretas y las prácticas que permiten o fomentan la globalización, especialmente desde el punto de vista de las libertades individuales y colectivas. Hay el marco fundamental de este tipo espacial/territorial: el de los estados-naciones que han cedido, a escala supranacional y más o menos voluntariamente, parte de su soberanía.

Desde el punto de vista espacial –muchos lo han dicho–, la globalización es un proceso de doble vía que va y viene desde arriba, en las altas esferas de las sociedades, y de abajo para arriba, desde las localidades y regiones con la gente del común y su cultura ancestral. Los canales de arriba abajo han sido dominantes y vienen condicionados por las oligarquías de la civilización occidental eurocéntrica y euroamericana y por sus contrapartes nacionales debidamente actuando como colonos intelectuales. Aquí confirmamos que la occidental es la civilización de origen que provee el sabor y el cemento para la expansión estructural de la globalización. Es su meollo geopolítico.

Este sabor es tenaz y sumamente contagioso. Se transmite en formas culturales, educativas y hasta subliminales que han usado al máximo las ventajas de la tecnología en los medios de comunicación; estos medios no perdonan diferencias geográficas, raciales o lingüísticas: afectan prácticamente a todo el mundo casi sin diferencias de edad o sexo. Es un efecto de contenido y forma sobre gustos y patrones síquicos, que se prestan a la manipulación y son, en cierta forma, síntomas de opresión.

UNA RESPUESTA: GLOCALIZACIÓN CONTRA EUROCENTRISMO

Esta referencia-marco a naciones existentes cubre localidades y regiones específicas. La calidad localista tiene interés para los oponentes, porque abre un portillo de esperanza para combatir los malos efectos parciales de la globalización, determinar sus flancos débiles y enfrentarlos con fuerzas territoriales de resistencia. Estas fuerzas, pocas veces anticipadas y menos aún apreciadas por los economistas que fungen como asesores de gobiernos, son las que, una vez articuladas, dan origen a una realidad política contemporánea con un fuerte sentido crítico, cual es el de la “glocalización”, que cambia la “b” de “bárbaro” por la “c” de “corazón”.

Según Boaventura de Souza Santos en su libro Hacia un nuevo sentido común (1995), se trata de “localismos globalizados” y de “globalismos localizados”, que muchas veces van acompañados por movimientos sociales y políticos y otras expresiones de la sociedad civil. Esta es una hipótesis feliz que favorece nuestro enfoque crítico. Coloca bases para nuevas prácticas de ciudadanía global que convergen en lo que hemos bautizado ya como “glocalización”.

Pero en estas mismas formas y medios peligrosos y ambivalentes aparece un factor analítico limitante de gran interés para montar nuestra defensa en el mundo del Sur: este factor es la determinación contextual del eurocentrismo nodal. Tal como fue definido por el colega egipcio Samir Amin en 1986, el eurocentrismo es la expresión culturalista de las tendencias expansivas del capitalismo. Como tal, es componente articulador de la globalización reciente que llega a nuestros campos y ciudades, el que socava nuestras costumbres, idiomas y visiones cósmicas.

Para entender el impacto de este otro fenómeno, es necesario contextualizar los procesos involucrados. El hecho de que nuestro entorno sea el muy especial y maravilloso de los trópicos y subtrópicos andinos y amazónicos, condiciona y limita los efectos distorsionadores y perjudiciales de la globalización capitalista. Aprovechemos al máximo esta ventaja diferencial de origen por el saber local, la genética y la historia. Hay multinacionales farmacéuticas engolosinadas con nuestra biodiversidad por viejas razones de explotación. Hoy, por fortuna, asistimos a una rebelión muy extendida contra las influencias y efectos del eurocentrismo elitista y hegemónico en los campos cultural, económico, científico y técnico. Es una rebeldía por la justicia que se expresa en la glocalización. Ésta ofrece un interesante enfoque alternativo para el qué hacer, que también es mundial; pero desde el lado opuesto en la estructura social y territorial para buscar la emancipación de los pueblos, algo que puede equilibrar las fuerzas monopólicas y opresoras de Occidente.

Sigamos, pues, cambiando dialécticamente la feroz “b” por la esperanzadora “c” de la glocalización. Esto se hace muchas veces con prácticas sencillas pero eficaces. Por ejemplo, en el caso de la costa atlántica colombiana, ello requiere reforzar políticas culturales y económicas dirigidas a defender las clases productivas y trabajadoras, los grupos indígenas y afrocolombianos; revivir raíces étnicas, costumbres y lenguas autóctonas; apoyar a los juglares y festivales de la música popular; recuperar la historia campesina, regional y barrial; honrar a los luchadores y soldados del pueblo y no sólo a los generales de los ejércitos; estimular la investigación de los contextos propios y la creatividad científica y técnica, y sobre todo tener autoestima y actitudes de dignidad y respeto por las características esenciales de las regiones territoriales. Todo esto sumado y defendido es imbatible. Además, está pleno de vivencias y satisfacciones incomparables.

OTRAS ALTERNATIVAS DEL QUÉ HACER: SEGUNDAS REPÚBLICAS

Como lo he recordado, el conflicto que queremos estudiar y comprender está planteado y va en curso, con erupciones en diversas partes de la Tierra. Las alternativas geopolíticas sobre tácticas y estrategias son pocas: o dejamos que se estabilice el imperio neoliberal armado y unipolar, que bien estudian Toni Negri y Michael Hardt en Imperio. O toleramos que se sigan deteriorando las estructuras en crisis de las naciones-estados del modelo Westfaliano centralista, como es el caso de Colombia y de muchos otros países. O propugnamos por la lucha desde abajo, con la glocalización cultural, económica y política como punto de referencia y signo de resistencia.


En una ranchería wayúu. www.viajeros.com/albums/diarios/4509/colombia_ la-guajira_7.JP

Me parece que esta tercera opción es la que debe ser la de todos nosotros los que estamos auténticamente preocupados por la horrenda situación creada por los defensores del sistema dominante. Si esta opción se desarrolla, parece inevitable que lleve a cambios fundamentales en materias tales como la concepción de la autoridad legítima y de la política, la co-responsabilidad de gobernados y gobernantes, la veeduría socioeconómica comunal, y la economía solidaria. Abriría las compuertas para otra gran revolución, evocadora de las del pasado, aunque quizás sin los servicios de partera de la violencia armada tradicional.

Esta otra gran revolución se puede fundamentar en la acumulación organizada de experiencias, luchas y saberes que suministran los diversos frentes de la glocalización. Si el proceso local se reduce no más que a lo local y coyuntural, y no trata de coordinar sus fuerzas regional y nacionalmente, hasta llegar también a escala mundial –donde reposa el gigante global enemigo–, poco se habrá ganado. Por tanto, la consigna resultante puede ser la siguiente: organizarse políticamente y combatir por el dominio del poder estatal en todas partes, para arrancarlo de las manos de quienes hoy lo aprovechan en perjuicio de las mayorías productivas.

Esta consigna, por supuesto, no es nueva: es cíclica, quizás permanente. Para estos grandes propósitos han servido siempre los movimientos sociales y políticos abiertos, pluralistas y participativos, así como los partidos de la izquierda democrática y socialista que, como los de América del Sur con el PT brasileño a la cabeza, nos han dado fructuosas lecciones. A ellos tengo el privilegio de pertenecer, en el Frente Social y Político de Colombia que he considerado sucesor de similares y valiosos esfuerzos. Son experiencias sumatorias en las que, en una u otra forma, se ha logrado fraguar el cemento programático o ideológico necesario para conformar organizaciones de masas consecuentes con nuestros ideales. Los amigos de las multinacionales y monopolios, los aperturistas que se aprovechan de las privatizaciones de empresas estatales, también se han organizado en su propia diversidad, creando una aplanadora universal que hay que detener. Nuestro cemento fundante, en mi opinión, no puede provenir de las vertientes dominantes actuales sino de la renovada ideología del socialismo humanista, libertario y ecológico que es el opositor dialéctico del capitalismo que está llevando al mundo a la destrucción.

Dentro del gran complejo represivo, destaco lo que ha venido ocurriendo con las clases trabajadoras, especialmente en América Latina. Los obreros, campesinos e indígenas están sujetos a una cruel ofensiva que mina sus sindicatos, comunidades y resguardos, recorta sus conquistas e ignora sus derechos. Las prácticas opresoras de los gobiernos en este campo quedan bien ilustradas con el caso de Colombia y lo recientemente decidido aquí, que está erosionando peligrosamente el estado social de derecho consagrado por la Constitución Nacional. Estas prácticas opresoras y persecutorias de sindicatos y derechos, deben ser corregidas. El monopolio del poder, cuando se expresa unilateral y represivamente como ha ocurrido aquí, viene a ser sinónimo de tiranía. Y la tiranía lleva a la rebelión justa de los pueblos empobrecidos y perseguidos, desempleados, desplazados y explotados.

Este no debe ser el sentido ni la justificación ni el resultado de la tan cacareada globalización. Hay que voltear la torta, y mientras más rápido, mejor. Organización y acción, tal es la necesidad que proviene de la crisis de miseria y hambre, y también de gobernabilidad, que busca paralizar por el terror. La paciencia y la pasividad deben terminarse: por fortuna todavía hay con qué hacerlo, y con quiénes hacerlo.

Estos problemas de gobernabilidad y represión a todo nivel, llevan a plantear, finalmente, una fórmula macro que podría sintetizar muchas, si no todas, las metas y aspiraciones políticas que he mencionado. Esa fórmula macro es el establecimiento de nuevas o segundas repúblicas que, inspiradas en pegantes ideológicos alternativos como el socialismo raizal, e impulsadas por éstos, subviertan y suplanten a las estructuras gubernamentales existentes que, por definición y convicción, deben ser transformadas.

Se trata de un proceso más profundo y diferente que los que han llevado a países como Francia y Venezuela a “quintas repúblicas”. En Colombia –y en otros países americanos– se empiezan a afirmar pueblos originarios, como son los indígenas, los palenqueros negros, los campesinos y artesanos antiseñoriales y los colonos-patriarcas internos, al tiempo con valores fundantes y universales como la solidaridad, la libertad, la dignidad y la autonomía. Recobrar y reformar en términos actuales estos valores y los pueblos que los han conservado a pesar de catástrofes seculares, y al repelo del neoliberalismo y la autocracia, puede resultar en la mejor respuesta, de tú a tú, a la globalización capitalista, y con el mejor afianzamiento de los procesos de glocalización.

Todo lo cual puede llevar, a su vez, a replantear alianzas multinacionales en nuestro Sur, con la paradigmática República de la Gran Colombia Bolivariana. Serían otras de las grandes respuestas a los retos eurocéntricos aquí revelados.

CONCLUSIÓN

Redondeando, pues, la argumentación, vemos que para hacer frente con la globalización a los embates de la globalización desaforada, y para defender los espacios populares que dramatizan la historia y cultura de nuestras regiones, naciones y repúblicas, debemos comprometernos activamente con los esfuerzos por reivindicar los valores fundantes que provienen de nuestra diversidad étnica, cultural y natural, en especial los atributos biodiversos de nuestros trópicos. Este es un gran reto. Aunque pueda haber modernización congruente o armónica con estas políticas, es necesario seguir defendiendo concepciones tradicionales inspiradas en el socialismo humanista y ecológico que ha caracterizado, desde tiempos precolombinos, a nuestra vida campesina, indígena, silvícola, pesquera y minera. Son otras formas, más humanas, de ser, pensar, crear y producir que los capitalistas no pudieron apreciar, pero que siguen vivas a pesar de todas las hecatombes sufridas desde 1492.

Los elementos afectivos y emotivos de la globalización –los de la vivencia popular y cotidiana y su movilización, que apenas he esbozado aquí– representan una fuerza antihegemónica que neutraliza la razón instrumental de los procesos de globalización, ese complejo frío y letal que transmiten los expertos eurocéntricos y sus colonos intelectuales, los medios de comunicación y las agencias internacionales. El corazón, tanto o más que la razón, ha sido hasta hoy un eficaz defensor de los espacios de los pueblos que aún quedan en actividad raizal. Tal puede ser nuestra fuerza secreta, aún latente, porque otro mundo es posible. Vale la pena ir desplegándola y movilizándola con toda justicia, contra los poderosos de la tierra que no parecen tener alma.

Hacia la Gran Colombia bolivariana:
Bases para enfrentar peligros internacionales

ALGUNAS ESTRATEGIAS DE DEFENSA

El asunto que aquí nos congrega está claro, por lo menos para mí: como nuestros países de la tradición bolivariana –Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá– están sujetos a presiones exógenas inconvenientes que provienen de la actual globalización comandada desde el Norte, tenemos que organizar más y mejor nuestras defensas.

De diversas fuentes nos llegan advertencias sobre el cuidado que hemos de tener en nuestras relaciones con los norteños y sus agentes o representantes en cada país. Los recientes desarrollos tienen que ver con propuestas interesadas que nuestros gobiernos han recibido: tratados de libre comercio, modernización de ejércitos, cielos abiertos, guerra al panterrorismo, etcétera, que llevan al neoliberalismo, el belicismo y de pronto al neofascismo. En general, estas propuestas ponen en aprietos nuestra viabilidad e independencia como naciones y nuestras identidades como pueblos. No podemos, pues, quedarnos quietos.

Una obvia reacción vital de defensa ha sido la de unir fuerzas, recursos y conocimientos. Por ejemplo, en nuestro caso, hay iniciativas de agrupación regional de índole económica y comercial, como en el Mercosur y otras en la Comunidad Andina de Naciones. Entre los países bolivarianos mencionados se han venido activando programas de integración en campos culturales, universitarios, comerciales, agrícolas, etcétera y algunos tratados y acuerdos binacionales, como los realizados entre Venezuela y Colombia desde 1941, han tenido efectos positivos. El caso más reciente lo constituye la reunión presidencial de El Tablazo (Zulia) hace pocos días, donde con una cordialidad misteriosa y bienvenida que no se veía desde algunos años, se aprobaron grandes proyectos energéticos comunes, aunque éstos invitan al cuidado de las comunidades afectadas, en especial las del litoral del Pacífico. Gracias a estos pasos importantes, pero sectoriales y a veces declamatorios, no nos sentimos aún totalmente inermes. Hemos adelantado en la mecánica del quehacer conjunto, con alianzas tácticas y una integración que algunos han llamado “con hechos”. La hermandad patriótica y las muchas décadas de intercambio familiar, personal, educativo y político entre nuestros pueblos, también han dado frutos. Pero nos falta mucho más en el campo geopolítico y en lo valorativo y cultural para la construcción de un solo y grande ethos vinculante para los cuatro países bolivarianos. Son los retos que en términos generales se pueden designar como los de una antiglobalización endógena y antihegemónica de supervivencia –los procesos de “glocalización” postulados en otras partes– que luchan ante todo por el bienestar, la vida y las expresiones altruistas y democráticas de nuestras gente del común.

Estas situaciones de estrés y angustias vivenciales me llevaron, desde el año pasado, a revivir públicamente el viejo y clásico tema de la Gran Colombia, como asunto altamente pertinente, por virtud del legado de los libertadores venezolanos, neogranadinos y quiteños que lucharon juntos por la independencia de nuestros cuatro países […]

LAS PERIFERIAS SE CENTRALIZAN

Las innovaciones de la globalización han llevado no sólo a la descomposición social en todas partes, incluso en el propio Norte del mundo, sino también a ciertos resultados inesperados. Uno de ellos es el surgimiento de las periferias, en reacción por el tradicional tratamiento que han recibido de los centros dominantes. Los oprimidos y otras víctimas de la historia occidental tienden hoy a sacudirse, dejarse sentir y hacerse oír, lo que es inusitado. En este contexto, las fronteras olvidadas y las zonas marginales en las que se han localizado, están adquiriendo un buen peso específico.

Ello ocurre por la drástica y reciente reducción de la dimensión espacio/tiempo y por el aumento en la velocidad de la comunicación. Ahora las fronteras territoriales y sus zonas tienden a extinguirse y están causando efectos lejanos, como el de la mariposa de los teóricos del caos, para desempeñar funciones paralelas a las centrales y/o tareas que antes eran monopolizadas por los centros o adscritas sólo a éstos. Reflejan así con dramatismo y claridad problemas estructurales de las sociedades respectivas, en especial las del Estado-nación, convirtiéndose en fraguas de crítica y cambio como laboratorios sociales espontáneos que reflejan las contradicciones de la gran sociedad. Pues bien, este efecto de eco reflector desde lo marginal que llega al Estado-nación, puede servir también para defender ciertas tradiciones e identidades sustanciales, hoy amenazadas por el desequilibrado desarrollo globalizador.

En este sentido, la aceleración cibernética de la ecuación espacio/tiempo, lleva a mirar los conocidos contenedores territoriales de los estados bajo otra luz y más allá. Invito a prestar atención a dimensiones que desbordan a la región administrativa para llegar a las implicaciones de lo suprarregional y lo supranacional: es decir, a la integración funcional entre naciones existentes. Esta tarea debe ayudar a llevarnos a la aurora de la nueva Gran Colombia, la del siglo XXI.

Para alimentar estas posibilidades sumatorias, conviene examinar apoyos valorativos, como son las raíces ancestrales y actitudes que conforman e impulsan el progreso. Son valores definitorios de las gentes de los trópicos y subtrópicos que nos han pertenecido desde que el mundo es mundo. Vale la pena cuidar, regar, abonar y multiplicar esas raíces sobre este mundo espantoso que otros crearon en contextos norteños y mediterráneos, que hemos heredado más como imposición y no como un acto creador propio. En las fronteras, periferias y otros lugares relegados de nuestros países, pueden estar los ejércitos de reserva humana y cultural de nuestras naciones en peligro. Por eso siento que ha llegado el momento de la articulación activa de las márgenes nacionales como parte incitante de la gran ola de vida poscapitalista, posdesarrollista y posmoderna que nos ahorren las catástrofes anunciadas.

MORFOLOGÍA DE LAS FRONTERAS

[…] Para realizar este gran objetivo de integración entre naciones vecinas y llegar a la meta de una segunda Gran Colombia (no importa el nombre) entre nosotros, es necesario localizar el asunto técnica y conceptualmente en por lo menos dos modalidades de trabajo: una proviene de la geografía humana, y la otra de las ciencias etnoculturales. Vamos a examinar esta morfología según hechos y condiciones palpables de las actuales zonas fronterizas.

El proyecto geográfico es aquel que enfoca cuencas fluviales como ecosistemas que ocupan porciones de países vecinos –Colombia, Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador y Panamá– hoy amenazadas por catástrofes ambientales, guerras intestinas e inseguridades limítrofes (Mendoza 1992).


Imagen satelital de la región colombiana-venezolana.

Por el lado colombo-venezolano, hay tres cuencas que son total o parcialmente aptas para las políticas de integración a que he aludido: las de Carraipía-Paraguachón, Catatumbo-Zulia y Arauca-Orinoco (Area y Márquez 1994). Con excepción de la de Carraipía, en la Guajira, que ha mejorado gracias a un acuerdo binacional de 1989, las otras cuencas compartidas con Venezuela son problemáticas por la contaminación de las aguas, la guerra y la ocupación desordenada y explotación ilegal de la tierra. Colombia carga con buena parte de la culpa porque todas esas aguas se originan en los Andes colombianos.

No sería difícil pensar en corporaciones ambientales binacionales Autónomas en esos sitios. Aunque parezca mentira, esta buena idea tiene 183 años y se debe a Simón Bolívar. El Libertador demostró tener una correcta visión sociogeográfica de las cuencas por encima de las formalidades fronterizas derivadas del uti possidetis juris de 1810, cuando en el Araure (Barinas) opinó, en carta del 18 de mayo de 1821, que debía conformarse un cuarto departamento (además de Venezuela, Cundinamaraca y Quito) en la nueva república: el de Pamplona-Mérida-Maracaibo. Se trataba quizás de la región más rica del norte de Sudamérica, gracias a una combinación regional entre la temprana promoción local del cafeto, con la facilidad de exportación por los ríos Catatumbo y Zulia hasta el lago de Maracaibo. La misma idea de esta cuenca compartida fue recogida por Agustín Codazzi en sus estudios zonales de 1842, y por el presidente del Estado Soberano de Santander, el general Vicente Herrera, en 1858 (Pérez López 2003, 14, 19-20).

Para los otros grandes ríos que he mencionado: el Arauca, el Orinoco, el Amazonas, el Negro y, el Putumayo, existen tratados de libre navegación casi olvidados, y poco más, con Venezuela, Brasil y Perú. Y con Panamá existe la zona común con Colombia del Tapón del Darién y ríos y caños de parques compartidos, que pueden continuar y mejorar, a los que hay que defender de megaproyectos peligrosamente concebidos, como el de la carretera Panamá-Puebla, que quiere extenderse a Colombia por motivos exógenos.

Entre Ecuador y Colombia corresponde mirar la situación de las cuencas hermanas de los ríos Patía y Mira-Mataje, que tocan con Nariño hasta el océano Pacífico. Actividades pesqueras, madereras y mineras con comunidades negras, sin mucho estímulo ni guía, nos recuerdan que los nariñenses, junto con los ecuatorianos, son responsables de la defensa de esta parte de la mayor riqueza biológica y ambiental del planeta, que allí se encuentra.

En cuanto al proyecto etnocultural de las fronteras, encontramos una ocupación continua, desde tiempos precolombinos, de naciones indígenas engarzadas unas con otras a todo lo largo de los límites formales, sin respetar a éstos, es decir, con libre desplazamiento a uno y otro lado (Cunill Grau, 1992). Estas comunidades aborígenes pre-estatales brindaron una matriz social original en la que se fueron acomodando y aculturándose otros pueblos inmigrantes, así del uno como del otro lado de las actuales fronteras. Allí ha venido funcionando a todo vapor el crisol racial y cultural “cósmico” (como lo definió José Vasconcelos), y la ocupación y transformación de territorios, a veces en paz, otras con mutua destrucción y conflicto, como ha ocurrido con grupos de mineros, ganaderos, guerrilleros, paramilitares, policías, soldados y hasta misioneros. En todo caso, el proceso ha dado como resultado la formación de una sociedad híbrida, semiautonómica y muy rica, que llevó al escritor venezolano Arturo Uslar Pietri a definirla como “un tercer país”.

En este “tercer país”, como viene dicho, los indígenas constituyeron un grupo originario receptor de los demás. Son todavía los guardianes y mejores conocedores de la biodiversidad tropical, y se les puede reconocer como ETI (entidades territoriales indígenas) según leyes orgánicas, y como zonas de paz. Empiezan con la nación wayúu, en la Guajira colombiana, la mayor de todas, que se extiende hasta el norte del estado Zulia. Luego vienen la nación motilona, en el Perijá, por ambas vertientes, y los u´wa, en el Sarare; al sureste están los guajibos, curripacos y tukanos, todos binacionales, y por Leticia los tikunas trinacionales (Colombia, Brasil y Perú). Los huitotos e ingas ocupan el sur de Colombia con el Perú. Por el norte, existen las fuertes relaciones ancestrales entre los cunas de islas y costas panameñas y el Darién colombiano: no olvidemos que la nación cuna se extendió durante el siglo XVII hasta las riberas del río Sinú.

En lo que corresponde a la frontera colombo-ecuatoriana, acabo de señalar la cuenca del Mira con el papel de las comunidades afrodescendientes costaneras que se extienden desde Esmeraldas hasta Tumaco en la costa del Pacífico, y más al norte. Al suroriente reside la nación awa-cuaiquer, desde Ricaurte, por las colinas bajas, hasta más allá de la frontera ecuatoriana, y en la microrregión del Gran Cumbal que bordea la misma frontera, se halla la comunidad de Cabildos y grupos de pastos y quillacingas. Estas naciones constituyen entes binacionales de características similares a las ya descritas para las fronteras con los otros países.

Todos estos grupos nativos (junto a los otros llamados “originarios”, son pueblos respetables que nos han enseñado a resistir con dignidad los furiosos embates de la llamada “civilización occidental” que hoy debemos por lo menos cuestionar parcialmente. Entre estos logros, nos han mostrado una alternativa propia de concebir nación con la fuerza de la cultura y el poder de la solidaridad humana, en contraste con el modelo de nación-Estado planteado como máquina de guerra, según el Tratado de Westfalia (1618), modelo potencialmente fatal (lo demostró la historia europea posterior) que nos trajeron los españoles.

Entonces, ya sabemos mejor cómo y por qué podemos rechazar, con argumentos justos, la presencia de las fronteras binacionales existentes a partir de aquel descontextualizado modelo norteño, confirmado entre nosotros por el uti possidetis. Y también cómo proceder a transformar las incoherencias estructurales de nuestros falibles estados-nacionales.

SOBRE EL QUÉ HACER: CONSIDERACIONES POLÍTICAS

Esta extraordinaria tarea de reconstrucción sociopolítica implica el reclutamiento y preparación idónea en técnicas de investigación-acción participativa de científicos sociales de alta motivación ética y política –en especial geógrafos humanos, economistas con corazón, antropólogos sociales, politólogos, sociólogos de la participación activa (IAP)– capaces de entender y trascender las nacionalidades y los contextos y realidades en que vivimos (De Sousa Santos, 2003). Además, necesitaremos elaborar más las propuestas de integración económica que viabilicen el proyecto general.

Implica igualmente laborar en los frentes de la protesta y de la propuesta en los cuatro países para crear, hasta con la música, la literatura y otras artes, los movimientos sociales y políticos desde abajo y desde las periferias, las redes de trabajo y las comunicaciones necesarias, con el fin de seguir desplazando a los obsoletos partidos tradicionales y a los gobernantes centralistas, verticales o mesiánicos donde todavía quedan o aspiren a quedarse. Y sigamos afirmando el avance socialista por la vida, la justicia y el progreso humanista que viene desde el sur con movimientos y gobiernos de nueva estampa en Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Bolivia y Ecuador.

Entre Venezuela, Ecuador, Panamá y Colombia sería relativamente fácil volver a concebir y construir conjuntamente la Gran Colombia de nuestros libertadores. Lo de los límites entre nosotros me parece secundario, si examinamos los vaivenes de la historia. Hubo momentos en que las fronteras no existían sino por cortos periodos nunca peleados. Por ejemplo, por convenio con generales caucanos, el Ecuador se extendió hasta Pasto y Buenaventura, en 1830; Colombia aceptó en 1848, sin resultados prácticos, que todos los Llanos hasta Villavicencio fueran venezolanos; con una simple carta, el barón de Riobranco quitó a Colombia la entrada hasta el gran puerto de Manaos, en el Amazonas, y por otra nota, Colombia cedió en 1952 a Venezuela los islotes de Los Monjes. Arauca se proclamó independiente por unas semanas en 1917; también Tumaco quiso añadirse al Ecuador en 1988. Perú era dueño del Putumayo en los duros años 20 de la Casa Arana. De modo que, con excepción del absurdo miniconflicto por Leticia en el Amazonas, entre nosotros las fronteras no han sido cicatrices de la historia, como en otros continentes. Nuestros mohanes vigilantes en ríos y montes no lo han permitido.

Esa fluidez juguetona y pacífica de fronteras puede retomarse hoy, sin pruritos y de manera general, dejando atrás el modelo Westfaliano del Estado-nación belicista y otras definiciones foráneas de soberanía e identidad nacional ya superadas. El eterno y enredado “diferendo” entre Colombia y Venezuela no debe existir más. Ante todo hay que pensar en el bienestar de los pueblos en sus regiones, así en la tierra como en el mar. Debemos juntarnos en estas formas nuevas de convivencia y resistir las tentaciones guerreristas que a veces se asoman. Por ejemplo, Colombia no puede prestarse a jugar, por determinaciones extrañas sobre panterrorismo, el papel de esquirol de Sudamérica, como pasó una vez en la guerra de las Malvinas. Lo he venido proclamando en todas mis presentaciones de este tema a partir de 2003 en Lima: que seguramente ningún colombiano con dignidad o cordura querrá levantar las armas ni dirigir tanques de guerra contra nuestros vecinos, y menos contra Venezuela. Aplaudo que este principio de armonía internacional, tan antiguo y respetado hasta ahora, haya tenido que ser reconocido públicamente por el presidente Álvaro Uribe en El Tablazo.

Entonces, me parece necesario y urgente luchar otra vez por la meta común de la Gran Colombia, o como quiera llamarse ahora, para contraponerla a las inconveniencias políticas hegemónicas y violentas de la globalización neoliberal militarista. Por fortuna, como lo reconocieron los presidentes Chávez y Uribe en El Tablazo, las fronteras formales entre nosotros son indefinibles y porosas. Siempre lo han sido así, y me temo que así lo seguirán siendo. No necesitamos ni formalizarlas, ni mojonearlas ni derramar sangre por ellas, porque es la misma geografía la que las deniega y borra en nombre de los pueblos habitantes. Respetemos, pues, la autoridad tropical de las selvas pluviales y de las cuencas hidrográficas, así como la voluntad autonómica y libre de nuestros ríos salvajes que se burlan cuando quieren de las dragas oficiales, como ocurre en el Arauca vibrador.

Finalmente, como pasos de transición hacia el nuevo Estado grancolombiano y bolivariano, pueden concretarse a escala macro dos propuestas geopolíticas existentes, que son antihegemónicas: una es la República Regional de Colombia, propuesta desde hace un lustro a raíz de la Constitución de 1991 […]

La otra propuesta geopolítica corriente, junto a la colombiana, es la consagrada por la República Bolivariana de Venezuela, en su actual Constitución, que tiene fines convergentes con la colombiana […]

Si a lo anterior sobre Colombia y Venezuela añadimos la fuerza del movimiento indígena ecuatoriano, varias veces cerca del poder y llegado recientemente al gobierno, y además la de los movimientos panameños derivados del Torrijismo reconstructor, más los movimientos de patriotas colombianos desde las regiones, podemos apreciar la potencialidad de la idea bolivariana grancolombiana y libertaria. Estas metas se conseguirían fácilmente si logramos hermanar todas estas fuerzas, movimientos y partidos de los cuatro países, con el mismo pegante ideológico del socialismo ecológico, raizal, humanista y democrático, por las razones históricas, sociales y culturales comunes a todos que he tratado de exponer.

Comprendo también las dificultades de estas posibles transiciones. Han comenzado a verse como peligrosas, de allí la represión que ejercen los reaccionarios de siempre con apoyo de globalizadores, grandes empresarios monopólicos, financieros usureros y otros traidores de ideales. Nuestros esfuerzos son atacados por el imperio del Norte, el del Gran Explotador que es cada vez más el Gran Hermano de la profética novela de Orwell, cuya estrella por fortuna parece ir cayendo. Creo que no merecemos la triste suerte de colonos y robots desmentizados que nos tienen reservada.

Para evitar todo ello, entre otras fórmulas, proclamemos con orgullo que aquí todos somos tropicales y aceptemos con alegría, como vivencia lógica y espiritual, este reto crucial. Si también somos cuidadosos, como he sugerido, con las formas altruistas del conocimiento popular, la vida alterna y el trabajo productivo para todos, podremos equilibrar las crisis entrópicas del capitalismo global que nos empiezan a afectar. Todavía hay que aprovechar más de aquel singular tesoro vernáculo propio –el del sol radiante–, para que sigamos construyendo, aquí y ahora, un mundo mejor.


* La versión completa del texto publicado en este Cuaderno corresponde a Orlando Fals Borda Hacia el socialismo raizal y otros escritos, Ediciones desde abajo, Capítulo III, pp.71-96, Bogotá, 2007.

** Sociólogo colombiano. Ph. D. en Sociología por la Universidad de la Florida (1955). Cofundador de la primera Facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional de Colombia (1959) y uno de los fundadores de CLACSO. Reconocido por su compromiso político en beneficio de los sectores populares, por su método de “investigación-acción participativa” y por su vasta obra sociológica y teórico-política. En la actualidad es presidente honorario del Polo Democrático Alternativo, principal partido de oposición en Colombia.

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