Usted está aquí: lunes 9 de junio de 2008 Opinión Lenta instantánea de Egon Schiele

Hermann Bellinghausen

Lenta instantánea de Egon Schiele

Como siempre fue joven, resulta fácil afirmar que esa tarde lo era, cuando caminando unos campos por donde de momento tenía techo vio de improviso, en un sitio cualquiera del paisaje, un cuadro suyo. Uno que él, Egon Schiele, pudo haber pintado. La simple estampa de una pila de cajas de madera teñidas por la humedad contra una extensión de hortalizas y un bosque, todo un catálogo de verdes que le recordó los alrededores de Tulln, junto al Danubio, donde nació. No hubiera sido una de sus piezas más exigentes, ni estaría al nivel de los retratos de mujeres que lo acompañan en la posteridad, siempre asociado con su maestro, rival y reverso, Gustav Klimt.

Para empezar, el refinado Klimt no andaría enfriándose el trasero en ese prado sino en algún salón entre porcelanas y tules con alguna baronesa o prostituta, en bata de seda tanto él como ella.

No. Sería uno de esos pequeños ejercicios de colorido y angustiada exaltación de las formas. En un lugar secundario del lienzo, una campesina inclinada sobre la tierra cosechaba remolacha.

Egon, recordado un siglo después por su pasión incestuosa y sus artes masturbatorias, había descubierto una nueva forma de expresión del cuerpo humano, como se dice de Giacometti o Caravaggio. Fue un expresionista, como se dice de la poesía de su paisano el farmacéutico Georg Trakl: los dos pelearon la misma guerra, y la perdieron.

Se sentó en la maleza. La humedad invadió sus ropas. Apoyó su cuaderno de bocetos sobre una rodilla y no tomó apunte, ni borrador, ni nada. Contra su hábito, escribió las visiones que le venían:

“Escuché tiernos vientos ensanchándose en las líneas del aire. Y una muchacha que leía en voz alta y lamentosa, y los niños que me contemplaban con grandes ojos y bien acurrucados, y las distantes nubes que miraban por encima de mí y entornaban sus párpados virtuosos.

“La pálida muchacha me mostró su espalda, piernas y jarreteras y habló con dedos negros. Yo, como fuera, meditaba sobre los mundos remotos de los dedos en flor. Aunque allí estaba yo, apenas me di cuenta.”

Egon había ingresado a una cúpula de ensueños que lo aislaba, bajo un embudo de concentración. Ya en un “autorretrato” de una sola línea, el pintor había escrito años atrás: “Soy todo a la vez, pero nunca haré todo a la vez”.

Seguía atrapado en la nostalgia del amor imposible por la bella Gertrud, su hermana menor, su modelo predilecta y novia ideal, piedra de escándalo (hasta “luna de miel” tuvieron en Trieste; y él, un paso por los tribunales). La chica hubo de esperar la mayoría de edad para casarse y liberarse del arrebato y de Egon.

Casi toda la gente se acostumbra a vivir con el corazón roto. Sigue adelante. Se enamora, matrimonia y multiplica con un corazón incompleto. Ya lo intentaba él con la dulce Edith.

Esa tarde lo cubría el ensueño. Su inspiración se resolvió en un probable recuerdo que ni pintado: “Vi el prado verdeamarillo, verdeazul, verdirrojo, verde violeta, verde sol y verde estremecimiento. Escuché la explosión naranja de las flores, me até a la cerca oval del prado y oteé los pasos indecisos de los niños tocados por el azul y el rayado y el gris de los arcos color de rosa. La columna de árboles dirigió sus líneas a donde ellos se sentaron en rueda. Me concentré en el retrato colorido de mis visiones y me sobresaltó percatarme de que sólo una vez hablé con todos ellos”.

Días después de esa tarde, Egon es llamado a filas, a poco de haberse casado con Edith. Vive la guerra atroz los siguientes dos años. Regresa a Viena en 1917. Al otro año, en octubre, la influenza española se lleva a Edith, embarazada de seis meses. Contagiado, Egon la sigue días después.

No fue ni hubiera sido dadá, simbolista, cubista, abstracto, futurista ni precursor surrealista (todo lo que ocurría en ese momento irrepetible de la cultura europea). Ese mismo 1918 murieron su maestro Klimt y su distante par Guillaume Apollinaire.

Egon alcanzó apenas un sólido realismo, una intensa sensualidad y un genio absoluto para el retrato. Aunque sus visiones se cumplían en ocasiones, no vivió más de 28 años. Aquella tarde de 1915, ante la pila de cajas vacías en el prado, empapado hasta los huesos supo, vio, escuchó, adivinó quién sabe qué, para siempre.

 
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