Usted está aquí: lunes 9 de junio de 2008 Espectáculos Jaime López presentó Por los arrabales en fiesta de rencuentro en el salón Los Ángeles

■ El nuevo álbum del cantautor contiene temas de amor y un homenaje a Francisco Villa

Jaime López presentó Por los arrabales en fiesta de rencuentro en el salón Los Ángeles

■ Los acordes de Sácalo fueron los momentos culminantes de la reunión, plena de nostalgia

Tania Molina Ramírez

Ampliar la imagen Jaime López y Óscar Fuentes Jaime López y Óscar Fuentes Foto: Francisco Olvera

Jaime López eligió presentar su nuevo disco, Por los arrabales, en el salón Los Ángeles. El sitio se antojaba adecuado para un álbum con tal nombre. Sin embargo, resultó grande para las cerca de 500 personas que llegaron, por lo que daba la sensación de tener demasiado espacio vacío alrededor, como cuando ya sólo quedan los borrachos en una boda. O quizá más bien, como en fiesta de rencuentro de “la vieja pandilla”, 20 años después.

En esta fiesta no abundaban los jóvenes, sino más bien los fieles seguidores, una buena parte cuarentones que mostraron su enorme cariño al gran poeta urbano que ha acompañado desde hace décadas, con su blues-cumbia-norteño-rock, a la chilanga banda, a quienes sienten que el destino les jugó una mala pasada, a quienes recorren en el taxi medio sueldo, a “las almas perdidas”, a quienes piden que no les sirvan al tiempo su cerveza.

López arrancó el concierto con enorme potencia roquera, cortesía de los excelentes músicos que lo acompañaban, la Nordaka Banda: Nacho González (batería), Carlos Avilez (bajo), Óscar Fuentes (saxofón) y Caeto Quintana (guitarra). Los tres primeros son integrantes del grupo Las Horas Muertas, de Guadalajara.

Luego se incorporaría el también excelente acordeonista Mario Garibay.

Mirada hacia atrás

En su nueva producción hay una buena medida de canciones de amor a su modo: “Hola flaca, ya volvía a caer/ a tus faldas, en tu propia red” (Lobo Loco), aullidos de resistencia: “Desde la camisa de fuerza y la corbata que estrangula/ más allá de la cordura de quien va perdiendo la figura/ aleteo” (Castillos en el viento) y hasta una especie de homenaje a Francisco Villa que culmina en: “La Revolución se fue…/ se fue quedando atrás” (Doroteo).

Si habla de los arrabales, es más bien con la mirada vuelta hacia atrás: “¿Dónde están/ las que amé por los arrabales?”

Quizá para algunos la nostalgia fue la sensación que imperó en la noche.

Conocidos son, también, sus bravucones desplantes sobre el escenario: “¿Qué quieres, cabrón? Estoy hablando, cabrón”, le espetó a un hombre parado justo bajo el escenario, cuando lo interrumpió mientras presentaba Tan lejos del Niágara: “Dedicada a una casa de cultura al lado de una carretera en Durango, una casa de cultura de paso”.

En otra ocasión, lanzó: “Gracias por venir y por traer a sus viejas”. A lo cual respondió una voz femenina: “Pinche machín”.

Pero no hay duda de que es querido. El público coreó, entregado, los grandes himnos, como Me siento bien, pero me siento mal, del tamaulipeco nacido en 1954 y radicado en la ciudad de México desde los 16 años. Varios se levantaron de sus mesas para bailar frente al escenario.

El cineasta Pancho Rodríguez subió al escenario a cantar con Jaime López la norteña La dosis de tu amor, de la ruta sonora de su cinta Llamando a un ángel.

Si bien a momentos la energía se desbordaba, no se sostenía. El concierto fue desigual: subía y bajaba de nivel.

Una parte del largo concierto (cerca de dos horas y media) la interpretó el cantante en su fase de trovador, con su característica voz ronca, solo, acompañándose con guitarra o armónica, como en Nocaut, acerca de los deslumbrones de la fama (¿autobiográfico?): “Y es que, la neta, fue pa’ pasear mi orgullo/ y le debo a mi manáger el embrujo”.

Aullidos y grititos

Uno de los momentos culminantes, de esos que el público crea para sí mismo, fue cuando Jaime López tocó los primeros acordes de guitarra de Sácalo, aquella desgarrada canción que suplica sacar cualquier vestigio del amado, “antes que nos lleve el diablo”. Fue recibido con aullidos y grititos.

Sácalo, al igual que muchas otras composiciones suyas, son más conocidas en voz de otros intérpretes, sobre todo Cecilia Toussaint. De ahí la broma que López lanzó: “Me voy a cantar otra de Ceci”, antes de entonar Ay, Inés.

Luego comenzó con La primera calle de la soledad, transitó a La chilanga banda (popularizada por Café Tacuba) y culminó con la que inició, a pleno.

En Corazón de cacto, otra de sus clásicas, se hizo acompañar del acordeonista: “El amor como un nubarrón/ llueve recio y tupido y luego se va./ Y si llega a quedarse/ se va evaporando, se va”. En plena catársis, todos corearon: “Sigue guardando beso tras beso/ que ya lloverá, ¡ya lloverá!”

 
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