Usted está aquí: domingo 8 de junio de 2008 Opinión Berlin Alexanderplatz

Carlos Bonfil
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Berlin Alexanderplatz

Hasta el domingo 15 de junio la Cineteca Nacional exhibe la versión íntegra del filme de poco más de 15 horas de duración, Berlin Alexanderplatz (1980), de Rainer Werner Fassbinder. Presentado el año pasado en la Berlinale en su versión germana remasterizada para devedé, recuperado luego para la colección Criterion con subtítulos en inglés y material adicional que incluye la primera versión fílmica (Piel Jutzi, 1931), de la novela homónima de Alfred Döblin (1929), a lo que se añade la edición reciente en devedé con subtítulos en español, que hoy presenta la Cineteca. Antes de este trabajo de restauración realizado por la fundación R.W. Fassbinder, y promovido por Juliane Lorenz, editora del realizador y última compañera sentimental, lo que se conocía era sólo una versión para la televisión que al ser proyectada en pantalla grande disminuía muchas de sus cualidades originales, particularmente la nitidez y la resolución cromática.

La oportunidad es única para apreciar este trabajo dividido en seis proyecciones, de martes a domingo, que reúnen 13 capítulos y un epílogo. Sería un acierto completar esta oferta con la proyección ulterior del documental consagrado a la realización del filme Fassbinder’s Berlin Alexanderplatz: a mega movie and its story, de Juliane Lorenz, así como la mencionada primera versión de Piel Jutzi.

En la adolescencia Fassbinder lee la novela de Döblin, misma que le obsesiona y aprende de memoria. A lo largo de su carrera artística las referencias en su cine al personaje central de la misma, Franz Biberkopf, ex presidiario y asesino, proxeneta y ladrón de poca monta, hombre a la vez brutal y vulnerable, serán numerosas, desde El amor es más frío que la muerte (1969) hasta La ley del más fuerte (1975), donde se asume como alter ego de Franz Biberkopf e incluso toma su nombre para el personaje que él mismo interpreta.

A los 34 años decide filmar la novela, consciente de la imposibilidad de recrear los escenarios originales, situados entonces en la parte comunista de Berlín, pero también muy transformados por la devastación de la guerra. Su opción artística consiste en concentrar en unos cuantos lugares cerrados una estación del Metro, una pensión, un par de tabernas y algunas calles, algo de la atmósfera del Berlín de 1928. Algo más: esta atmósfera el director la desea evocadora del cine de Josef von Sternberg (El ángel azul), y para acentuarla recurre a artificios artesanales muy sencillos: una media frente a la lente ofrece diversas tonalidades ocres, naranjas y amarillas, la luz se difumina y los ventiladores hacen flotar partículas de polvo; los personajes son capturados a través de ventanas, por su reflejo en los espejos, o arrinconados en un desorden mobiliario que acentúa la sensación de claustrofobia. Se privilegia el escrutinio de los rostros, la mueca expresionista que acusa dolor o sacrificio, y se magnifica el júbilo. Döblin declaraba que su novela era el registro sonoro del estrépito proveniente del Metro aéreo cercano a su domicilio; para Fassbinder los personajes y sus gestos resumen el ritmo frenético de la ciudad y de la plaza que dan el título a la novela, y que a pesar de estar ausentes adquieren una formidable presencia simbólica. Günter Lamprecht (Franz), Gottfried John (Reinhold) y Barbara Sukowa (Mietze) ofrecen actuaciones soberbias.

Como recurso narrativo el director opta por la teatralidad y la progresiva familiaridad del espectador con los espacios domésticos, también por el naturalismo en la descripción de los lugares públicos y por un collage de voces narrativas que incluye citas bíblicas, apuntes sobre la ascensión del nacional-socialismo y el comentario en off de un narrador omnisciente (Fassbinder).

En el epílogo hay una radical ruptura estilística y el tono se vuelve abiertamente alegórico, con el mal febrilmente contemplado desde un manicomio (Franz) y desde la cárcel (Reinhold), y una insistencia en los temas de la redención, la traición, la mediocridad moral y el castigo; hay anacronismos en la música (Janis Joplin, Leonard Cohen, Kraftwerk) y en el vestuario, y alusiones muy paródicas a la crucifixión cristiana y al delirio fascista.

Fassbinder subraya también algo que Döblin apenas insinuaba en la novela: la relación sentimental de Franz y el bandido Reinhold –nunca aceptada, siempre intensa–, y la estela de mujeres sacrificadas que a su paso habría dejado su sexualidad reprimida. La libertad del cineasta es absoluta. El acierto mayor de un infatigable narrador cinematográfico.

Nuevo inicio de Berlin Alexanderplatz, próximo martes en la Cineteca Nacional.

 
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