Usted está aquí: domingo 18 de mayo de 2008 Opinión Bajo la Lupa

Bajo la Lupa

Alfredo Jalife-Rahme

■ Fútiles súplicas petroleras de Baby Bush en Arabia Saudita

Ampliar la imagen El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, con el rey Abdullah, durante su visita del pasado 16 de mayo a Arabia Saudita, donde "suplicó" que se aumente la producción de crudo Ap El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, con el rey Abdullah, durante su visita del pasado 16 de mayo a Arabia Saudita, donde “suplicó” que se aumente la producción de crudo Ap

Uno de los principales barómetros de la decadencia multivectorial de Estados Unidos –que condensa la puerilidad legendaria de Baby Bush, el peor presidente de su corta historia– lo constituye el desplome de su política petrolera en Medio-Oriente, que se subsume tanto en su alza meteórica como en las lastimosas súplicas presidenciales para que Arabia Saudita incremente su producción con el fin de abatir los precios en vísperas de la elección de noviembre.

La posesión de hidrocarburos confiere poder geopolítico, como se aprecia en dos narrativas diametralmente opuestas: la derrota humillante de EU en Irak le impide controlar el oro negro regional, lo cual precipita su decadencia, mientras Irán, sin disparar una sola bala, juega estupendamente la carta petrolera-gasera que la ha proyectado como la potencia regional emergente en el “Gran Medio Oriente”.

Mientras EU pierde su influencia en Medio Oriente, Irán seduce a grandes actores del planeta, desde China, pasando por Suiza, hasta India, como reseña el diplomático indio M K. Bhadrakumar (Asia Times, 6-5-08).

La política de sanciones de la Unión Europea (UE), azuzada por los superhalcones de Estados Unidos, quedó en ridículo con el reciente acuerdo gasero de un cuarto de siglo por 42 mil millones de dólares entre Irán y Suiza, aunque ésta no forma parte de la UE, pero cuyo estatuto de neutralidad le concede un peso simbólico frente a las huecas bravatas bélicas de Baby Bush.

Bhadrakumar comenta que dicho acuerdo “reducirá la dependencia del abasto energético europeo con Rusia”. Agrega que “Washington se encuentra probablemente molesto”, y “amagó con cerrar sus secciones de negocios en Teherán y La Habana”.

El mismo gasoducto que abastecerá a Suiza en los próximos dos años puede muy bien alimentar las necesidades energéticas de Austria, Alemania e Italia y romper la cohesión de la UE y hasta del G-7.

En el neonato orden multipolar, la diversificación es tanto de los consumidores como de los productores, y se detecta que Irán juega hábilmente la carta gasera no solamente al este (ver Bajo la Lupa, 4-5-08), sino también al oeste.

En este marco de referencia, cabe destacar la enésima visita desangelada de Baby Bush a Medio Oriente, quien desesperado visitó Arabia Saudita por segunda ocasión en el lapso de cuatro meses, con el intermezzo de otro periplo de Dick Cheney al reino wahabita, con el fin de incitar, entre otros temas, al incremento de la producción petrolera.

Stratfor (16-5-08), centro de pensamiento texano-israelí, rememora que los “opositores políticos” en EU han criticado a Baby Bush, a quien acusan de “suplicante”.

En esta ocasión, el ministro de petróleo saudí, Ali Naimi, anunció el incremento de 300 mil barriles a partir de junio, lo que es calificado por Stratfor de insignificante, pero muy significativo desde el punto de vista simbólico: “los sauditas le han concedido a Bush algunos puntos políticos. Esto lleva a preguntarnos qué ofreció a cambio Washington a Riad”.

Javier Blas y Andrew England, de The Financial Times (“Los sauditas ceden a la presión de EU”, 16 y 17-5-08), festejan el “triunfo” de Bush cuando el barril de oro negro había alcanzado casi 128 dólares. Exultan que el anuncio saudita abatió el precio “casi 4 dólares” y pronostican que la medida será imitada por Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.

The Financial Times, portavoz del neoliberalismo global, no oculta su pérfido deseo de balcanizar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), y pone en relieve las primeras fracturas en su seno con el rompimiento de filas por Ecuador, quien elevó unilateralmente su producción por encima de su cuota. Financial Times también se da el lujo de amarrar navajas entre los dos polos de la OPEP: a los sumisos a las políticas anglosajonas los encomia de “moderados”, mientras fustiga a Irán y Venezuela de “halcones”. ¿Quién lo dice? Nada menos que el periódico vocero del capitalismo más radical: el fracasado neoliberalismo.

Considera también que la medida saudita se debió a las “súplicas” (sic) de Bush para “obtener más petróleo y a las amenazas (sic) de senadores influyentes de EU de detener la venta de armas por mil 400 millones de dólares a Arabia Saudita”. Por fin, ¿”suplicaron” o “amenazaron”?

Los deseos de balcanización del Financial Times no se limitan al petróleo e incitan al fratricidio teológico entre chiítas y sunnitas, que se acaba de escenificar en Líbano, a lo cual atribuye la suavización petrolera del rey Abdalá de Arabia Saudita. Cita a Adam Robinson, analista de energéticos del banco de inversiones Lehman Brothers de Nueva York, quien sentencia que el “incremento de la producción saudita seguramente no hará feliz a nadie en Teherán y Caracas”.

A juicio del periódico neoliberal británico, “Irán ha llegado a sugerir que la OPEP necesitaría recortar su producción, alegando que está almacenando hasta 20 millones de barriles de petróleo pesado de baja calidad –equivalentes a una semana de importaciones de China– en depósitos flotantes en el Golfo Pérsico, por falta de demanda de los consumidores”.

Es evidente que el Financial Times busca trasladar la batalla teológica de Beirut –donde la milicia chiíta Hezbolá propinó una humillante derrota a los sunnitas partidarios de Arabia Saudita– al campo petrolero, al poner en relieve que el “poderoso ministro de petróleo saudita” adujo que el incremento se debía a la “menor producción de otros países”, llegando a tranquilizar que en el futuro, en caso de necesidad, su país no tiene objeción en producir más.

Javier Blas y Andrew England no leen a los grandes analistas de su propio periódico, como Martin Wolf, editor en jefe de la sección económica (13-5-08), independientemente de su repelente fundamentalismo neoliberal, quien admite la dimensión estructural de la grave crisis del petróleo, un “recurso limitado” en acelerado declive.

A Estados Unidos le es muy dado buscar la paja ajena en los globos oculares de sus competidores geoeconómicos, como China, cuando exhibe tremendas vigas en sus dos córneas. La viciosa inculpación exorcista de sus adversarios no puede ocultar el veredicto científico ni el de la opinión pública internacional: con una población cinco veces menor y una posesión siete veces mayor de carros que China, el gran culpable global de la crisis energética y alimentaria, y su corolario de la devastación ambiental, es el vehículo (en el doble sentido de la palabra, físico y figurativo) estadunidense.

 
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