Usted está aquí: miércoles 30 de abril de 2008 Opinión Infancia: retratos sin artificios

Claudia Canales

Infancia: retratos sin artificios

Ampliar la imagen El pequeño pasajero ñañú El pequeño pasajero ñañú

Ampliar la imagen Niña asustada Niña asustada

Ampliar la imagen Niño bravo Niño bravo

Miro las fotografías de Rodrigo Moya; son de niños, de niños que crecieron en los años 50 y 60 del siglo pasado y que ahora, obligados por la inequidad y el desempleo, acaso forman parte de las filas de indocumentados que trabajan al otro lado de la frontera. Adultos a punto de ingresar a la tercera edad sin ahorros ni pensión, que tal vez acudan de la mano de sus nietos a alguno de los festejos callejeros que evocarán las glorias nacionales, si no con el boato porfiriano, sí ante la misma mirada perpleja de los marginados perpetuos.

Estas estampas infantiles captadas por Moya transforman la abstracción de las cifras estadísticas en fisonomías exactas y ponen en perspectiva esa noción de futuro a la que apelan hoy los discursos programáticos, igual que lo hicieron en su día los presidentes Ruiz Cortines, López Mateos, Díaz Ordaz… Para todos estos niños que fotografió Moya, el futuro ya fue. Sus caras y ademanes nos previenen contra la retórica del instante congelado, el tiempo suspendido o el gesto fugaz, y nos ofrecen un choque frontal con el futuro que anidaba en aquellos rasgos y que inevitablemente sale al paso después de casi medio siglo.

La infancia que a lo largo de los años Moya documentó sin proponérselo –llevado por el instinto visual que desarrolló en medio de las urgencias de la prensa periódica y consolidó con base en cavilaciones y lecturas– abarca ámbitos y estratos tan variados como las intenciones y acentos que despliega el conjunto: testimonios sociales de menores que trabajan, carecen de techo y asisten descalzos a la escuela, e imágenes que rebasan el interés estrictamente documental para convertirse en retratos sin impostaciones ni artificios; medios planos en los que el entorno natural o doméstico forma parte esencial de la representación, y acercamientos cuya recurrencia sugiere la preferencia del fotógrafo por el tú a tú con sus modelos, una toma de posición que no concierne nada más a la cámara, sino también a la propia vida latinoamericana que Moya persiguió afanoso desde México hasta Centroamérica y el Caribe.

Imposible no detenerse en los contrastes que pone de relieve esta serie y coloca a su autor en la confluencia de varias tradiciones y proyecciones fotográficas. Así, la pequeña que duerme sobre los libros y estampas de un puesto de la Lagunilla y esa otra, asustada, que emite un berrido siniestro desde una barraca guatemalteca, delimitan en cierto modo los dos extremos de la mirada de Moya frente a las criaturas; uno cruzado por una sensibilidad con ciertas resonancias de Modotti y Cartier-Bresson, capaz de descubrir la poesía silenciosa que yace al fondo de lo cotidiano, y otro, puro y duro, que cala hondo en el corazón mismo del horror y que anuncia sin saberlo los nuevos caminos del fotoperiodismo.

Las fotografías, en gran parte inéditas, que se exhibieron temporalmente en los muros del Museo de la Alhóndiga de Granaditas con motivo del 35 Festival Internacional Cervantino, remiten de diversos modos a los años de la guerra fría y la revolución cubana, a una América Latina que aunque pronto quedaría medio arrumbada en el llamado tercer mundo era todavía –pese a sus evidentes carencias– una región promisoria en vías de desarrollo, y a un México que en pleno estallido demográfico no acababa de agotar su confianza en el porvenir. En pos de todo eso viajó Rodrigo Moya a mediados del siglo pasado, y esto es parte de lo que halló: niñas y niños en los que estaba inscrito un futuro que ahora podemos leer en retrospectiva.

 
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