Usted está aquí: sábado 12 de abril de 2008 Cultura Belleza genera belleza

Disquero

Belleza genera belleza

Pablo Espinosa

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Ampliar la imagen Simone Dinnerstein, en fotografía tomada del cuadernillo del disco Simone Dinnerstein, en fotografía tomada del cuadernillo del disco

Ampliar la imagen Wanda Landowska Wanda Landowska

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Hay música cuyo poder de bondad abraza y abrasa. Hay partituras sin las cuales uno no podría vivir después de conocerlas, amarlas, vivir con ellas día con día. Hay una música para cada quien que es al mismo tiempo para todos. Como el cosmos.

Es posible, incluso, ponerle nombre y apellido: Variaciones Goldberg.

Suena al despertar. Vibra a la hora del angelus. Parece apagarse al conciliar el sueño pero en realidad continúa viajando por los meandros del cerebro y los confines del espíritu.

No es posible aquí la frase hecha: “no se cansa uno de escucharla” porque de escuchar nadie se cansa. Suena y suena y suena y suena y suena y suena y vuelve a sonar.

El efecto es semejante a un mantra budista (om mani padme om mani padme om mani padme om mani padme om mani padme om).

Se emparenta a la experiencia de volver a un libro. Uno lee La Odisea a los siete años y es más rica la relectura a los 14, más intensa a los 21, más sabia a los 28, más y más y más y más.

Las Variaciones Goldberg son una de las muchas maravillas del mundo (absurdo numerarlas, eso de las “siete maravillas” suena a patraña, a esnobismo: Bach suena a Bach y punto: . ).

Es una música que enamora, lo cual suena a Bach y a redundancia (Platero y yo diríamos: a rebuznancia) porque decir música es lo mismo que decir amor. Uno queda prendado y prendido al oírla.

Y todo este entusiasmo tiene su razón: en los anaqueles de novedades discográficas esplende una nueva versión de las Variaciones Goldberg de Bach, partitura que ya el Disquero ha releído varias veces y de la cual (para cual) propone más relecturas.

Por supuesto que nuestra favorita, la más querida, la mera mera será por siempre la versión de Glenn Gould. No es la única.

Uno puede estar casado con aquella y querer a otras: la de Rosalyn Tureck es tan bella como una orquídea, además de que permite afirmar un enunciado temerario pero comprobable: si uno escucha esta versión cuando alguien la ponga en el tornamesa sin decir agua va (o bien: va la solfa, que es mejor decir que golpe avisa), uno sabe que es ella quien está sentada al piano. El enunciado temerario: es un sonar femenino. (Asu!).

Y así hay versiones maravillosas y cada quien tiene la suya (sin albur). La de Tatiana Nicolayeva es un géiser de bendiciones. Y así cada una es bella, única e irrepetible. Belleza genera belleza: la misma partitura suena diferente en cada intérprete, empezando por el pianista Perogrullo.

La nueva lectura, la más fresca en varios sentidos, pertenece a la hermosa de cuerpo y de mente y de espíritu Simone Dinnerstein. Es una lectura llena de matices, ternura, gracia, mohines insospechados, cuasi maullidos de terciopelo y caireles enternecidos. Es como abrir una caja llena de sorpresas. No se agota el juicio si se dice que la mirada melancólica de Simone suena entre solfas en el disco, sin que se reduzca a una “versión melancólica”. Para nada. Tratándose de una partitura portentosa, contiene miríadas de emociones valederas.

Escuchar hoy que es un nuevo día las Variaciones Goldberg con Simone Dinnerstein es un renacimiento.

Para celebrarlo, recomendamos que cuando termine el disco ponga la versión en clavecín de otra gran maestra, Wanda Landowska, que viene en una potente caja de siete discos con puro Bach puro y que se consigue, bajo el sello RCA, en la tienda de discos de la Sala Nezahualcóyotl y en la de Bellas Artes.

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