Usted está aquí: jueves 20 de marzo de 2008 Opinión La letra M

Olga Harmony

La letra M

Resulta natural que a una dramaturga como Berta Hiriart, una de las más sólidas creadoras de teatro para niños, le preocupara la educación que reciben los nuestros y recurriera a un personaje como María Montessori para escenificar sus inquietudes sin caer en lo panfletario, simplemente mostrando que existen otros métodos y otras posibilidades para la escuela pública, si no necesariamente el método Montessori, sí una mayor eficacia de planes y programas y un mayor interés de los maestros por sus educandos en lo individual, aunque podamos entender que esto último es casi una proeza ante lo limitado de los horarios y la carga de trabajo que suponen, para los muy mal pagados profesores, salones de clase abarrotados por infantes en ocasiones mal nutridos. Pero como el método de la revolucionaria educadora fue elaborado primero para los niños con alguna discapacidad y después para lo que sería entre nosotros el prescolar quizás no sería tan utópico (aunque todos sabemos que en la vasta geografía de nuestro maltratado país hay muchos lugares en donde se carece de estas instancias) que se intentara utilizarlo en las preprimarias.

La dramaturga y directora, junto con su equipo, realizó una minuciosa investigación acerca del personaje y su método y lo presenta con todas sus contradicciones, como es negar casi hasta el final a su hijo Mario, primero abandonado en manos de rústicos campesinos y luego, cuando lo recoge por fin para llevarlo en su periplo mundial, presentarlo como su sobrino. Eso, ella que tiene como puntales de su método el amor y el ambiente propicio para el desarrollo del niño. O que estuvo tan inmersa en las posibilidades de llevar a todas las escuelas italianas su método, que hizo caso omiso de la contradicción que suponía la libertad que preconizaba con el Estado fascista, incluso cuando su socialista ayudante Selma Watss tuvo que abandonar Italia por las amenazas recibidas, hasta que Mussolini trató de intervenir en sus Casas del Niño, a lo que se opuso y fueron cerradas, emigrando a otros países en donde continuó su labor hasta morir en Holanda. Estas ambivalencias, algunas creadas por la dramaturga como es el caso de su asistente, perfilan a una mujer de carne y hueso y alejan al texto de la insipidez de una biografía meramente laudatoria.

Vida y método de María Montessori se van relatando por los recuerdos del hijo tras la muerte de la educadora, aunque se empieza por una supuesta conferencia que da Montessori y en la que expresa un fragmento de sus teorías. La autora presenta dos personajes de su invención, pero muy verosímiles, como la Selma Watts –que resume a muchas posibles “guías”, palabra que remplaza a las de maestra o profesora– y el funcionario fascista Italo Gentile, en un escenario –debido al talento de Edyta Rzewska, también iluminadora y diseñadora del vestuario– que reproduce un salón de una Casa del Niño, clara y alegre, tan alejada de los oscuros salones de la época y equipada con todos los juguetes y adminículos para la enseñanza. Berta Hiriart utiliza el inteligente recurso de que Mario escuche en la radio las noticias de las diferentes épocas en que se van presentando los sucesos, lo que ubica al espectador al mismo tiempo que sirven de ruptura entre una y otra escena, mientras por las dos ventanas de la pared de persiana se dejan ver videos, algunos de niños haciendo el saludo fascista, otros cataratas de color o vidrieras art decó.

La dirección de Berta es muy limpia en su trazo, que no tiene mayor problema. Los actores son muy cumplidos, aunque formales, excepto Aracelia Guerrero como Selma Watts, que se muestra más interiorizada de su personaje, podríamos decir que su técnica es más vivencial, aunque no choca con las de sus compañeros de reparto, que de todas formas es bastante homogéneo. Norma del Rivero encarna con gran dignidad a la protagonista. Jacobo Lieberman es un Mario Montessori que jala con eficacia la acción y Emilio Echeverría convierte a Italo Gentile en un prototipo más que en personaje.

 
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