Usted está aquí: lunes 10 de marzo de 2008 Opinión Acotar el camino

Gustavo Esteva
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Acotar el camino

La lucha contra el capitalismo está creciendo. Además de las bolsas de resistencia que han existido siempre y se multiplican, proliferan iniciativas para trascender el marco impuesto por el capital y gestar nuevas relaciones sociales.

En este impulso se inscribe la necesidad de debatir la opción socialista. Fue por mucho tiempo el principal camino a seguir para cuantos se oponían al capitalismo. El aliento contra el capitalismo definía casi siempre el impulso por el socialismo. El colapso de la Unión Soviética y los demás países del “socialismo real” no enterró esa opción. Tras algunos años de silencio y desencanto, ante la constatación de que en esos países el camino que se llamó socialismo resultaba haber sido la ruta más larga, cruel e ineficiente para llegar al capitalismo, la opción socialista regresó con nuevos bríos. No sólo volvió a usarse una palabra que salió por un tiempo de la circulación pública. Apareció como una propuesta explícita de jefes de Estado, dirigentes sociales, partidos políticos y académicos, particularmente en América Latina, donde sus partidarios eran claramente marginales hasta hace poco tiempo.

Cuando expuse en este espacio que la lucha actual contra el capitalismo exigía enterrar el socialismo, en vez de tratar de remozarlo, me llegaron muchos mensajes que revelaban una resistencia dogmática, casi religiosa, a considerar seriamente mi argumento. Pero también llegaron razones que reivindicaban con firmeza y serenidad la opción socialista. Tanto estos mensajes como las propuestas públicas pintan una nítida raya para distinguirse de las experiencias del “socialismo real” y aludir al “nuevo socialismo”, al “socialismo para el siglo XXI”, etcétera.

Esto es lo que estamos discutiendo y lo que ahora me impulsa, a riesgo de ser repetitivo, a repasar algunos argumentos que he presentado desde el pasado mes de diciembre.

Ante todo, señalo que no podemos desechar las experiencias socialistas, negando ese carácter a las que recibieron ese nombre. No sólo sería tirar el niño junto con el agua sucia de la bañera, pues a pesar de todos sus horrores se trató de experimentos valiosos. Implicaría también asumir una posición doctrinaria, al margen y por encima de la realidad. ¿Desde dónde condenar las experiencias mismas y a los pueblos que se rebelaron contra ellas? ¿Desde los “doce intelectuales” de Lenin? ¿En nombre de alguna definición teórica e ideológica que habría sido traicionada por una “burocracia corrupta? ¿Quién, en nombre de qué, proclama que millones de personas se equivocaron al creer que sus regímenes eran socialistas y luego al desmantelarlos? Hay razones de peso para considerar el socialismo como un fenómeno histórico, que tuvo un inicio y podría encontrarse en el principio de su fin. Ha habido un amplísimo espectro de experimentos socialistas. Ha llegado el tiempo de examinarlos con rigor, en perspectiva histórica, y aquilatar serenamente lo que significaron y las lecciones que pueden aportar a las luchas de hoy, sin condenarlas de antemano por sus “desviaciones”.

Un debate distinto es el que se refiere a las ideas, teorías e ideologías socialistas. Poseen enorme riqueza. Sus críticas del capitalismo son penetrantes y duraderas, por más que resulten incompletas o históricamente rezagadas. Constituyen aún una fuente de inspiración. Quienes luchamos hoy contra el capitalismo podemos reclamar legítimamente esa herencia.

Al mismo tiempo, necesitamos reconocer que esa corriente de pensamiento y acción contiene enfoques y orientaciones, comunes a todas sus variantes, que la propia experiencia histórica y sólidos argumentos teóricos exigen rechazar. Acaso el principal problema radique en el diseño de ingeniería social que le es inherente, el cual conduce inevitablemente al líder supremo, al partido único, a los “doce intelectuales”, a la vanguardia del proletariado… Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Aunque hoy vistamos al socialismo de modos democráticos y participativos, queda sin remedio su componente de ingeniería social: es un proyecto dado y hecho, en el que las masas han de ser educadas.

Existe otra posición. En vez de la ingeniería social, se busca la movilización y organización de la gente, confiando en su sabiduría y capacidad para conducir la transformación. Merece análisis el papel que sus intelectuales pueden jugar en ese proceso, pero necesitamos descartar que sean sus conductores y menos aún que asuman el papel de líder supremo, en nombre de la ciencia o con cualquier otro pretexto teórico o político.

Hace falta, sin duda, acotar los caminos de la transformación. Ése es el meollo de la discusión. En eso debemos poner el acento. Los diseños de conjunto que anticipan para todos alguna tierra prometida no son una referencia útil y pueden erigirse en un obstáculo formidable que debe ser removido. Parece ser el caso del socialismo.

 
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