Usted está aquí: martes 4 de marzo de 2008 Opinión Cuba en transición

José Blanco/ II

Cuba en transición

El 4 de diciembre de 2007 escribí en este espacio “Cuba en transición” (I); después de los cambios políticos ocurridos en la isla, nada hay que rectificar de aquella entrega. Me referiré a algunas aristas del poder y sus cambios.

Los grandes estados que en su momento se definieron socialistas fueron resultado de movimientos que, desde siempre, se definieron asimismo como socialistas. Me refiero, desde luego, a la URSS y a China. Lenin pensó un socialismo (los soviets y el Soviet Supremo) como un régimen en transición hacia la sociedad comunista. Mao, menos teorizante, buscaba también un régimen socialista. No hay duda de que, en ambos casos, se trataba de acabar con el capitalismo.

El régimen cubano es producto de un asalto al poder por unos guerrilleros que, a posteriori, definirían el poder conquistado como socialista, una vez que el gobierno estadunidense los trató como insectos tropicales. En un marco de seculares y brutales injusticias sociales, mantenido por el régimen colonialista ejercido por Estados Unidos a través de gobiernos títeres, Cuba cambió su destino. Un largo trabajo político previo desarrollado por el Partido Comunista Cubano, especialmente entre la vasta franja de los trabajadores cañeros, contribuyó a crear las condiciones en las que la guerrilla logró derrocar el gobierno de Batista.

Como aquellos dos grandes estados “socialistas”, los cubanos crearon también un régimen totalitario; pero a diferencia de aquéllos, que conformaron regímenes civiles, el cubano ha sido un régimen militarista. La cumbre del poder es y ha sido siempre el comandante en jefe de la Revolución.

La historia, por supuesto, no comete errores; tampoco aciertos. Los hechos que ocurren deben ser explicados por sus determinantes fundamentales, dentro de los cuales el espacio abierto a las voluntades personales es estrecho; lo sabe bien el conocidísimo voluntarismo cubano que ha enfrentado muros insalvables que el propio Fidel ve hoy, equivocadamente, como “errores de juventud”.

Como ocurre en todas las ideologías y aun en el lenguaje cotidiano, usamos un concepto y operamos como con el dogma religioso de la transustanciación: lo convertimos en un sujeto vivo y actuante. Lo que hicimos nosotros con la Revolución Mexicana, que terminó adquiriendo vida propia (hay que oír los discursos de muchas décadas de los políticos del momento), ocurrió también con la revolución cubana: es un ente con vida propia que hace buenas cosas por la sociedad, aunque a veces se equivoca. “Con la revolución todo, contra la revolución, nada”, dijeron miles de veces los jefes de un movimiento revolucionario que cesó oficialmente el 1º de enero de 1959. Después los vencedores organizaron un gobierno, pero este gobierno y todo lo que hiciera continuó llamándose “la revolución”, hasta el día de hoy.

Ese gobierno tiene diversas instancias con poder diferenciado. Es un edificio que en la cumbre tiene al ejército. La instancia de mayor poder. El comandante en jefe es el jefe de todo. Acaso debamos ubicar después al Partido Comunista. Le sigue el Consejo de Estado y luego el Consejo de Ministros. Desde luego, Fidel ha tenido en sus manos las riendas de todas esas instancias, simultáneamente. Estaría después la llamada Asamblea Nacional del Poder Popular, que es definida, sin serlo realmente, como el órgano supremo del poder del Estado. De los más de 600 miembros, la mitad es propuesta (y desde ya aceptada) por el conjunto de diputados y delegados, y la otra mitad por una inexistente sociedad civil: todo bajo control.

El artículo 62 de la Constitución cubana dice: “Ninguna de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida contra lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo. La infracción de este principio es punible”. Definición totalitaria: todo dentro del Estado, nada fuera de él. Nadie, para siempre, puede pretender cambiar un régimen definido como perpetuo. Una definición fuertemente debilitada: la construcción del comunismo no ocurrirá. Puede ocurrir una transición hacia una socialdemocracia peculiar.

Hoy en cualquier parte los cubanos hablan y se quejan en voz no tan baja de “la situación”. La mayoría nació después de la gesta revolucionaria. Y “la situación” referida es la economía; parecen ser muy pocos los impugnadores del sistema político. Esto confirmaría lo que hace poco reveló una encuesta latinoamericana. La mayoría se pronunció a favor de la “justicia social”, muy por encima de la democracia: salir de la precariedad económica y luego lo que venga. Lo saben bien los chinos, que han trabajado denodadamente por el desarrollo económico bajo férreo control político. Ése parece ser el modelo que seguirán los cubanos con toda la cautela del mundo.

Al ritmo de modernización que llevan los chinos, puede preverse una cercana crisis social típica de la modernidad: el reclamo democrático. Es también el futuro cubano, pero por hoy se ven tan lejos, que más bien debiera decirse que no se alcanza a ver. A menos que intervenciones externas modificaran el curso de los acontecimientos. Pero esto último es algo impensable: los cubanos han mostrado una maestría inigualable para defenderse del monstruo que ha estado acosándolos desde que nacieron como régimen “socialista”.

Es explicable la cautela extrema de los cubanos en la apertura económica. China tiene mucho por hacer en materia de educación y salud. Los cubanos ya lo hicieron en admirable medida y, por supuesto, no aceptarán cambios que atenten contra esos logros notables.

 
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