Usted está aquí: sábado 1 de marzo de 2008 Política Anécdotas presidenciales

Carlos Montemayor /II y última

Anécdotas presidenciales

En la entrega anterior mencioné que el 24 de enero de este año Scott Horton publicó en Harper’s Magazine un artículo titulado “The illustrated president”, en el que refiere la identificación profunda que siente el presidente Bush con una pintura de tema “western” que adquirió poco después de su reconversión o “renacimiento” cristiano. Del nombre del cuadro, A charge to keep, tomó el título nada menos que para su autobiografía.

La pintura describe un paisaje montañoso y agreste y la figura central es la de un “vaquero” que va a todo galope, que “carga” a galope precisamente en un estrecho peligroso, resbaladizo, pedregoso. El jinete va sin sombrero y se parece (de aquí posiblemente el apego que siente por esa pintura) al presidente Bush. Detrás de él, ascendiendo por la montaña, aparecen dos jinetes disponiéndose también a “cargar” a todo galope por el mismo paso estrecho de la montaña.

El presidente Bush describe así esta pintura: “Cuando entren en mi oficina, por favor echen un ojo a la bella pintura de un jinete que con determinación carga a todo galope en lo que parece un estrecho escabroso y peligroso. Esto somos. Pero lo que la llena de vida, siento, es el mensaje de Charles Wesley de que nosotros servimos a Alguien más grande que nosotros mismos.”

En inglés utiliza el presidente Bush la expresión a horseman determinedly charging up, esto es: “un jinete cargando (o acometiendo) con determinación”, lo que nos indica que el presidente Bush pone su atención en la decidida “embestida” o “acometida” del jinete. A charge to keep es la embestida o acometida a caballo, la “carga” a galope. Sin embargo, esa acometida a caballo se transforma en una misión por “el mensaje de Charles Wesley”, que fue, al lado de su hermano John, el fundador de la Iglesia metodista, denominación a la que pertenece el mismo Bush. Para él, dice Scott Horton, el hombre que monta el caballo y que se exige con determinación ir a todo galope es “un misionero que esparce la palabra del cristianismo metodista en el Oeste americano a finales del siglo XIX”.

El pintor de este cuadro, figura clave entre los ilustradores de la “edad de oro” de los temas del Oeste estadunidense, es Wilhelm Heinrich Dithlef Körner, que cambió al inglés su nombre como William Henry Dethlef Koerner y que firmó durante la mayor parte de su larga carrera como W.H.D. Koerner. Nació en Alemania y muy joven emigró a Estados Unidos. Llegó primero a un pequeño poblado de Idaho, luego se trasladó a Chicago, después a Battle Creek, Michigan, y finalmente a Nueva York. Trabajó como ilustrador en diversos diarios, revistas y casas de publicaciones, pero desarrolló la parte principal de su carrera en Harper’s Magazine.

Ahora bien, como Scott Horton refiere, antes de él ya Sidney Blumental y Jacobo Weisberg habían destacado que el cuadro tiene otro sentido. Ilustró un cuento de William Neidig publicado el 3 de junio de 1916 en The Saturday Evening Post. La cita que Horton presenta de Jacobo Weisberg es impecable; afirma que la pintura no describe un círculo de jinetes que esparcen el metodismo en el siglo XIX, pues ese no es el título, mensaje ni sentido de la pintura. “El artista W.H.D. Koerner la ejecutó para ilustrar un cuento con tema del Oeste titulado The slipper tongue y publicado en The Saturday Evening Post en 1916. La historia se ocupa de un robacaballos con mucha labia que fue sorprendido y escapa de ser linchado en las montañas de Nebraska. La ilustración describe al ladrón volando de sus captores.” El título del cuento, The slipper tongue, es una forma arcaica de aludir a un smooth-talking, un tipo “de mucha labia”. Por tanto, podríamos traducir la caprichosa construcción The slipper tongue como El embaucador.

Pues bien, el cierre del artículo de Scott Horton es avasallador: “Así que el predicador metodista que inspiró a Bush es en realidad un cuatrero huyendo de los que quieren lincharlo… Este es la marca distintiva de un infortunadamente mal ejecutivo. Pero se trata de un aspecto que no podía ser más ilustrativo. El presidente de Estados Unidos se ha identificado muy cercanamente con un hombre que él ve como una figura heroica y mística. En realidad ese hombre es un zorruno criminal escapando de la justicia. Esto refleja perfectamente a Bush el hombre… y a Bush presidente.”

En efecto, impresiona conocer la diferencia real entre el cuadro que imagina Bush y la realidad que el pintor representó: el contraste entre el predicador y el cuatrero, entre el cristiano y el embaucador, papel este último que a menudo jugó Bush con el mundo y con el propio Vicente Fox. Al ex presidente mexicano le hizo creer, por ejemplo, que la visita al rancho de San Cristóbal era el inicio de una larga amistad y que los reflectores del mundo se concentrarían en los presidentes amigos. Pero los reflectores no se concentraron en el rancho de Fox, sino en la invasión a Afganistán, medida que no tuvo la cortesía de comunicar a su vaquero anfitrión. Es decir, lo embaucó.

Lo mismo hay que recordar de las justificaciones que esgrimió para invadir Irak: no existían las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein. O mejor, las armas de destrucción masiva que el gobierno de Estados Unidos le había obsequiado para combatir a Irán ya no existían. Es decir, embaucó al mundo, o para retomar la pintura de Koerner, no se trataba de un deber o misión a cumplir, de A charge to keep, sino del embaucador, The slipper tongue.

Comparadas las anécdotas de los dos presidentes vaqueros, podríamos calcular que los riesgos se acrecientan por el poder de uno y la endeblez del otro. Pero a fin de no dejar suelto el tema de los vaqueros y cuatreros en las anécdotas de presidentes, concluiré agregando otra más. Esta vez me referiré no a un presidente de la República, sino a un conocido presidente municipal de Parral (que para muchos paisanos míos es casi lo mismo), cuyas anécdotas “ilustradas” ya nos hacían reír a mis amigos y a mí cuando éramos niños. Cierta vez le preguntaron, muchos años antes de que Bush comprara el cuadro del cuatrero que pintó Koerner, cuál era la forma correcta de pronunciar la palabra abigeo, que a menudo se traslapa en nuestras tierras chihuahuenses. Así pues, le preguntaron lo siguiente: “Díganos, don Raúl, ¿cómo se dice: abígeo o abigeo?” “No sé –contestó con naturalidad el presidente–, pero a mí me dicen de las dos maneras”.

 
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