Usted está aquí: jueves 28 de febrero de 2008 Opinión Interpretando a la víctima

Olga Harmony

Interpretando a la víctima

Plena de ludismo e irreverencia, esta comedia de los hermanos Oleg y Vladimyr Prosnyakov es en el fondo una inteligente y amarga reflexión acerca de la sociedad rusa tras la disolución de la Unión Soviética y quizás pueda tocar a un sector juvenil que piensa que no hay causas por las que hay que luchar, aunque en México las hay y muchas, pero que en cuanto a la corrupción policial se trata encuentra similitudes entre ambas sociedades. Los hermanos Prosnyakov son considerados representantes de la dramaturgia contemporánea rusa y rompen con los esquemas clásicos de construcción al presentar una serie de secuencias –las reconstrucciones de los tres asesinatos en la indagación policial– entreverados con las incidencias familiares de Valya, el joven protagonista que narra abiertamente al público, y es en este entreveramiento en donde se muestra la malicia dramatúrgica de los autores. En efecto, en lugar de causa y consecuencia de la estructura aristotélica tradicional, cada momento familiar o de recuerdo de Valya se liga inmediatamente con una reconstrucción del crimen.

A la primera discusión del padre y la madre del joven, referente al papel del baño, sigue una reconstrucción de asesinato en un baño. Al recuerdo infantil de la negativa a tirarse a la alberca con el pretexto de no tener traje de baño (que muestra la temprana pereza de Valya y su cinismo al descubrir que “si creen que estás castigado ya no te castigan más”) sucede la reconstrucción en la alberca. El regaño del padre por comer con palillos comida japonesa –porque así no tiene que lavar platos– es introducción a la reconstrucción en el restaurante japonés y lo que sigue hasta el final. Unos y otros momentos van pautando mucho de lo que ocurre en la sociedad rusa, el temor al terrorismo que el hijo usa como pretexto para no ir por el pan árabe que le pide la madre, la xenofobia del padre –“en Rusia comemos con cuchara”– y el consumismo de la madre, la presencia internacional de los japoneses, la corrupción policiaca y la enorme brecha generacional contra una juventud que ni “siquiera es capaz de protestar” ejemplificada por ese treintón graduado en filosofía que escoge el camino sin esfuerzo, aparte de vivir en la casa paterna, de representar a las víctimas de asesinatos en las reconstrucciones de los mismos. Los chispeantes diálogos y las sentencias de Valya van determinando a los personajes.

En una escenografía de Atenea Chávez y Auda Caraza –apoyada por la iluminación de Matías Gorlero– consistente en tres cajones rectangulares que al abrirse total o parcialmente se convierten en el lugar de la madre, el baño, la caja laqueada en donde aparece la mujer japonesa con un misterioso pasado, y con un gran espacio en donde se escenifican otros momentos con el aditamento de bancos y mesas plegadizas, Martín Acosta dirige una de sus escasas incursiones en comedia. El ritmo está logrado con gran precisión, sobre todo si se toma en cuenta que los actores –excepto Antonio Vega que representa a Valya– encarnan varios papeles en acciones casi de transformismo, en mucho debidas al excelente vestuario que diseñó Ana Graham. La intencionalidad y la gracia de las escenas, muy farsescas, deja traslucir, empero, la condición pobrediablesca tanto de los homicidas como de quienes los persiguen, aun en momentos de concupiscencia como el del inspector y la agente Lidya que deja entrever un sexo más bien rutinario.

Como siempre, Martín Acosta dirige con gran pericia a sus actores y esta vez cuenta con un reparto idóneo. Valya es interpretado con mucha gracia por Antonio Vega, el joven actor que cada vez muestra mayores aptitudes; si acaso, yo le recomendaría cuidar un poco más su dicción. Enrique Singer interpreta a un cansino inspector Shurov, con un divertido arranque de indignación generacional –que logra uno de los mejores momentos fársicos del montaje–, al padre y a ese segundo inspector un tanto afeminado y preocupado por su imagen en lo que es televisado. Ana Graham es la mamá, la encargada y tiene un desempeño graciosísimo como la amanerada mujer japonesa, sobre todo cuando canta. Héctor Holten encarna a los tres asesinos, cada uno diferente, cada uno con una triste historia detrás. Maricarmen Núñez es la gerente y la sexy agente Lidya, encargada de videograbar las reconstrucciones. Roldán Ramírez muy gracioso como el sargento Steva y francamente cómico como el chef borracho culpable de una muerte. La escenificación se complementa con el diseño sonoro de Joaquín López, Chas.

 
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