Usted está aquí: jueves 28 de febrero de 2008 Opinión Anécdotas presidenciales

Carlos Montemayor/ I

Anécdotas presidenciales

Difícil imaginar, o quizás sea mejor decir en muchos casos, olvidar, las ocurrencias graciosas o lamentables de algunos jefes de Estado. Hay ocasiones en que uno quisiera aplaudir y llorar de risa. Pero hay también momentos en que quisiéramos ocultar el enrojecido rostro lleno de vergüenza ajena.

Es el caso del reconocimiento de Vicente Fox al afamado escritor José Luis Borgues, que le valió el aplauso de una vasta comunidad intelectual de México y del mundo. El gazapo se prestó a numerosas interpretaciones que iban desde la ignorancia supina del orador hasta una pulsión subliminal por ejercer una repentina iconoclastia con nuestros venerables valores literarios de lengua española.

En esta misma esfera de la literatura y del lenguaje, se le deben a Vicente Fox algunas otras contribuciones de involuntario buen humor. Por ejemplo, haber convertido en premio Nobel al escritor colombiano Mario Vargas Llosa, lo que reveló la franca generosidad de Vicente Fox, primero, para otorgarle anticipadamente a Vargas Llosa el premio Nobel de Literatura; después, para haber obsequiado al pueblo colombiano tan ilustre escritor peruano.

También merece recordarse entre aplausos la cándida locución “ambos cuatro”, resultado de la influencia de un asesor que seguramente fue seleccionado por el primer y enjundioso equipo de head hunters que contrató Fox como presidente electo. En efecto, ese asesor inigualable lo convenció de que, a contracorriente de la vieja tradición griega y latina, podía aplicar la palabra ambos no sólo a dos (como corresponde etimológicamente a ella), sino, con una generosidad que no tuvo con la economía mexicana, a cuatro. Es decir, ¿por qué solamente a dos? Mejor aplicarla a manos llenas.

Fue sensacional otra aportación al anecdotario presidencial foxista: cuando Marta Sahagún quiso compartir con el país entero, a través de un selecto grupo de señoras, a su autora predilecta (y afirmó tener siempre en la cabecera un libro de ella para inspirarse en las grandes hazañas del espíritu): la célebre escritora Rabina Gran Tagora. Esta escritora, de India, y José Luis Borgues, de Argentina, fueron la contribución generosa de la pareja presidencial mexicana al mundo de las letras; dieron dos nuevos escritores al mundo contemporáneo, tan necesitado de tantas cosas (menos, posiblemente, de escritores).

Otra anécdota triste, como para llorar de vergüenza, se le ocurrió a Fox entre los escombros de un desastre natural en las costas del Pacífico: asegurarle a una anciana que ella era feliz por no saber leer.

Traigo a colación estos episodios nacionales para comentar una anécdota no menos asombrosa del todavía presidente de Estados Unidos, George W. Bush. En un artículo que publiqué a finales de febrero de 2003, comenté que la fuerza del presidente estadunidense parecía llevar a la guerra de Irak al mandatario mexicano. Se trataba de preparar el terreno para justificar el voto de México en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de la guerra. Fox quería aplaudir “multilateralmente” la guerra unilateral del presidente Bush. En ese momento me preguntaba si funcionarían de igual modo las presiones sobre el gobierno de Chile. Yo confiaba en que el voto del gobierno del presidente Lagos conservaría la dignidad que se preparaba a arrojar al cesto de la basura el presidente Fox, sobre todo porque ningún chileno debía olvidar que a causa de otro gobierno estadunidense y de su ambición imperial fue asesinado Salvador Allende, lo que sumergió al país entero en un baño de sangre y en una virtual guerra civil durante muchas décadas. Chile aún conservaba las heridas abiertas de la clase de paz por la que luchan los gobernantes estadunidenses como Bush.

El título de aquel artículo de finales de febrero de 2003 era “Fox se fue a la guerra”. Aludía, claro está, al conocido verso “Mambrú se fue a la guerra”. Mambrú, apunté, es corrupción antigua de Marlborough, voz de la que se ha derivado Marlboro, marca de los cigarrillos ampliamente promocionados con insistentes escenas de vaqueros. Entre ambos presidentes rancheros (no los ambos cuatro), toda coincidencia con la realidad, según veremos, no es culpa de las coplas populares, sino, como bien lo dice Paco Ignacio Taibo II, es culpa de la realidad misma.

Pues bien, el pasado 24 de enero, Scott Horton publicó en Harper’s Magazine un artículo titulado “The illustrated President” (“El presidente ilustrado”), no para referirse, como algunos pudieran pensarlo de primera intención, a Fox, no: el autor lo aplicó al presidente George W. Bush. Horton refiere en su artículo que Bush descubrió y compró una pintura de tema western poco después de su reconversión o “renacimiento” cristiano, y que por la admiración que le provocó esa pintura tomó el título del cuadro para su propia autobiografía: A Charge to Keep.

La expresión podría traducirse, a primera vista, como Un deber o responsabilidad a cumplir. Podría pensarse también, como parece que es la idea personal del presidente Bush, en Una carga que llevar o que se debe llevar, teniendo como eje central la de un deber, responsabilidad o misión que debe mantenerse o cumplirse. Sin embargo, es posible que la traducción sea más sencilla y que la idea de “misión” o “deber” sea un agregado moral de una interpretación asombrosa de la pintura misma.

Este cuadro de vaqueros (porque se trata de un magnífico cuadro de vaqueros) es una sorpresa, como veremos en la siguiente entrega.

 
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