Usted está aquí: domingo 17 de febrero de 2008 Sociedad y Justicia MAR DE HISTORIAS

MAR DE HISTORIAS

Cristina Pacheco

El lunar

De lejos Clarisa luce divina, siempre moderna. Aunque trabajamos en la misma empresa, hace tiempo dejé de hablarle. Nuestras compañeras se extrañan porque saben que ella y yo somos dobles primas hermanas. Su papá, Esteban, era hermano de mi madre, y mi padre era hermano de su mamá, Rebeca.

El mapa de los parentescos es complicado, pero hay hilos conductores que nos guían a través de esa complejidad: apellidos, nombres, rasgos que se heredan por generaciones. En nuestra familia, desde el bisabuelo Darío, todos los primogénitos fueron bautizados como él. Los padres quedaban en libertad de agregarle uno o dos nombres más, según el santoral o las exigencias de la familia política: Darío José, Darío Ezequiel, Darío Antonio…

La tradición familiar dispuso que las primogénitas llevaran el nombre de la bisabuela: Clarisa. Mi prima hermana tuvo ese privilegio y además heredó ciertos rasgos que la hacen –mejor dicho, la hacían– una Rodríguez Ponce inequívoca: los ojos negros de nuestra abuela, la cabellera rizada y abundante de su madre, los labios delgados de mi tío Esteban y, junto a la comisura derecha, el lunar de mi madre que yo no tuve.

Cuando era niña me sentía despojada por mi prima Clarisa. Una vez se lo confesé a mi abuela llorando. Ella se ofreció a resolver mi problema dibujándome, con un lápiz-tinta, un lunar. Temí que la marca desapareciera en cuanto me lavara. Mi abuela tenía el recurso para evitarlo: levantar, con la punta de un alfiler, un trocito de piel bajo el que marcaría el punto. Iba a repetir el procedimiento cuantas veces fuera necesario hasta que la marca se convirtiera en un tatuaje indeleble.

Nunca llegamos a poner en práctica aquel método bárbaro y los sentimientos hacia mi prima no se modificaron. Se reconcentraban cada vez que en las reuniones familiares alguien decía: “¡Qué barbaridad! Cómo se parece Clarisa a su tía Elena”.

Era cierto: el lunar junto a la comisura derecha le daba a su cara el mismo aspecto juvenil y gracioso que conservó mi madre hasta el fin de su vida.

Nunca me imaginé que, a partir de la muerte de mi madre, mi sensación de despojo frente a Clarisa iba a transformarse en motivo de un mayor apego. Muchas veces, ante el dolor de la pérdida, fui a visitarla sólo para ver aquel lunar que me permitía reconstruir la cara de mi madre, su sonrisa, su voz.

II

Conforme iban muriendo los miembros de la familia nuestras reuniones adquirían un valor agregado. Al vernos y encontrar bajo las huellas del tiempo la fisonomía de nuestros antepasados, recuperábamos la sensación de pertenencia: éramos un grupo concreto frente a las multitudes sin rostro.

Para todos era un gusto ver a Clarisa, depositaria de tantos signos de identidad: los ojos negros de nuestra abuela, la cabellera rizada y abundante de su mamá, los labios delgados de mi tío Esteban y el lunar de mi madre.

De pronto, sin que nos diéramos cuenta, todo empezó a cambiar. Tuvimos que adaptarnos y aprender los nombres complicadísimos con que eran bautizadas las nuevas generaciones: Bellalú, Terec, Anahily, Rosyder, Dultzintzé, Romairel.

Mi prima hermana no quiso quedarse al margen de la modernización. A raíz de que actuó en un video para consumo interno de la empresa en donde es contadora, decidió sustituir la inicial de su nombre y desde entonces firma como “Klarisa”.

La noche en que muy divertida nos dio la noticia todos le preguntamos la razón del cambio. Su respuesta fue contundente: la “k” le daba un sello de distinción y de originalidad a un nombre que, según el éxito del video, podría trascender al mundo de la televisión comercial, el modelaje y, ¿por qué no?, al cine.

Después sobrevinieron otros cambios en la personalidad de Clarisa. Una noche nos invitó a su casa con motivo de su cumpleaños. A cuantos íbamos llegando nos hacía la misma pregunta: “¿Me notas algo distinto en los ojos?” En efecto, ya no eran negros, como los de nuestra abuela, sino verdes. Satisfecha, nos sorprendió con la novedad de que a partir de ese momento podría cambiarlos a su antojo. Para demostrarnos que hablaba en serio, nos enseñó el estuche Rainbow con siete pares de lentes de contacto: uno para cada día de la semana.

Reconocimos que, a pesar de la frivolidad implícita, el cambio la favorecía pero borraba algo de su parecido con nuestra abuela Clarisa, sin “k” y sin aspiraciones de modificar a su capricho el espejo de su alma.

Una cosa trae otra. Clarisa pensó que sus ojos multicolores no podían ser compatibles con la melena rizada y abundante heredada de su madre porque, según mi prima hermana, le daba un aspecto anticuado y vulgar. Al grito de “renovarse o morir” se cortó el cabello y sustituyó su color natural por otro metálico que le daba apariencia de extraterrestre.

Acepto que con su nuevo peinado mi prima hermana tenía un aire audaz, cosmopolita; en cambio ya no era tan parecida a su madre, mi tía Rebeca, de quien conservábamos las fotos que años atrás ilustraron la etiqueta de un tónico capilar.

III

Hace tiempo que mi prima hermana se resignó a que su nombre, con “k”, no haya trascendido los límites de la empresa en donde seguimos trabajando, pero no por eso ha dejado de consumir las revistas que la ponen al tanto de las novedades en el mundo de las luminarias y las damas de sociedad.

Clarisa estudia esas publicaciones con el frenesí de quien cada mañana consulta su horóscopo para actuar en consecuencia. A eso se debe que mi prima hermana siempre tenga aspecto de permanente actualidad. Si una modelo se fotografía con una camisa a cuadros, de diseñador, ella busca entre los vendedores ambulantes la copia exacta y se la pone; si una actriz aparece maquillada en verdes y amarillos, ella agrega esos tonos a su paleta.

Desde que la novedad fueron los labios carnosos de Angelina Jolie, mi prima empezó a hacer ahorros para aplicarse inyecciones de colágeno. El abultamiento, sobre todo del labio inferior, convirtió su trazo labial en una burbuja que en ocasiones parece a punto de reventar pero que, según ella, da a su expresión un atractivo especial ante los hombres. Clarisa valora más esta ganancia que la pérdida: ya no se parece tanto a su padre, mi tío Esteban; pero en cambio se iguala con las estrellas de moda y con las bellezas que inundan los suplementos de sociales.

IV

Cuando Klarisa se sometió a la primera inyección de colágeno, el lunar “de mi madre” quedó disminuido junto a las carnosidades descomunales teñidas con los colores de moda. Aun así, esa marca siguió significándome el punto de partida hacia el recuerdo, hacia la recuperación del rostro amado.

Mi prima hermana es varios años más joven que yo. Por simple lógica siempre pensé que moriría antes que ella y que por el resto de mi vida, cada vez que me viera con Clarisa podría recuperar en su cara algo de mi madre.

No será así. Hace meses mi prima hermana leyó en una revista que los lunares no están de moda, los rostros sin esas marcas resultan más delicados y distinguidos. Sin dudarlo se sometió a una operación sencilla, breve, indolora y económica. Su rostro ya no tiene la mínima, casi invisible marca, que le ponía punto final a su sonrisa en la comisura derecha y ahora su gesto parece más libre y amplio.

El cambio que favoreció la expresión de Clarisa significó para mí una pérdida terrible: es como si alguien hubiera vertido gotas de ácido en el retrato de mi madre.

 
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