Usted está aquí: lunes 11 de febrero de 2008 Política Maciel para principiantes

Carlos Fazio

Maciel para principiantes

Uno. Alejandro Espinosa entró a la Legión de Cristo en 1950, a los 12 años. Marcial Maciel lo había reclutado para su “servicio secreto privado” en Chavinda, Michoacán. Después se lo llevó a Santander, al otro lado del Atlántico, y lo fue modelando poco a poco. Cuando se dio cuenta, Alejandro ya formaba parte del “harén de efebos” del fundador de la orden religiosa. Espinosa afirma haber sido testigo directo de varias “bacanales hedonistas” y de las “borracheras de morfina” que dejaban tirado a Maciel en “un charco de baba”. Sostiene también que Maciel utilizaba jóvenes seminaristas para “contrabandear cocaína” y “lavar” dinero de país en país. “Narcotráfico de sotana” en los años 50. Espinosa conoció las frecuentes giras del jefe legionario por Solares, la Costa Azul, Génova, Ceuta, Tánger, Marruecos, Melilla, escenarios todos de la famosa conexión francesa en la ruta mediterránea de la droga hacia mediados del siglo pasado.

Asimismo, estuvo al tanto de las idas de Maciel a La Habana en la época de la dictadura de Fulgencio Batista, cuando la isla caribeña era un gran casino prostibulario al servicio de los capos de la mafia ítalo-estadunidense, antes de que Fidel Castro y los barbudos bajaran de la Sierra Maestra. La Cuba de Batista era una gran “lavandería” al servicio de los gángsteres del crimen organizado, que habían invertido millones en la “industria recreativa” de la isla, lo que generaba enormes ganancias en hoteles, casinos, agiotismo y prostitución. Asegura Espinosa que de allí trajo Maciel cuantiosas sumas de dinero para la “obra” y que, curiosamente, los “benefactores” se terminaron, igual que los viajes de Maciel a Cuba, cuando cayó la dictadura batistiana, en enero de 1959. Según su versión, “los posibles tratos” de Maciel con Lucky Luciano, “rey del narco en el hotel Habana Club”, aseguraron a la Legión de Cristo “filones de oro” a cambio “de conexiones, servicios informativos, transferencias y acarreos”.

Le consta, también, que cuando viajaba a Nueva York el joven sacerdote Maciel solía alojarse en el Waldorf Astoria, donde se le conocía con familiaridad bajo el seudónimo de Mario. Eran los días en que Luciano reinaba en la ciudad de los rascacielos y en ese mismo hotel sobre la Quinta Avenida el capo di tutti capi celebraba los concilios de la Cosa Nostra antes de ser detenido y desterrado a Italia. Intuye por eso Espinosa que el gran poder financiero que ostenta hoy la Legión de Cristo tiene pies de barro: ¡un origen mafioso! Que la gran multinacional religiosa-educativa fue levantada con las limosnas y donativos del crimen organizado y con base en operaciones de lavado de dinero a cambio de servicios ilícitos, para lo cual utilizaba a los jóvenes legionarios como “mulas”.

Dos. Otro aspecto muy comentado en los círculos de ex legionarios que cuestionan la “aureola de santidad” que rodea a Marcial Maciel es su germanofilia. José Barba, Alexandre Pomposo y Espinosa destacan su “vocación nazi”. Tanto fue así, afirman, que el saludo de los jóvenes seminaristas, hasta hace relativamente poco tiempo, era “¡Heil Christus!” Como Hitler y Mussolini –dice Pomposo–, Maciel hacía uso de la hipnosis y trataba a la masa como “rebaño”; utilizaba una mecánica que en siquiatría se conoce como “histeria conversiva”. A su vez, Espinosa hace referencia a los “métodos nazis” practicados por este “führer clerical” con el objetivo de “alucinar mentes infantiles, predisponiéndolas a la obediencia ciega y al fanatismo ofuscado”.

Según Barba, durante su adolescencia Maciel se nutrió del espíritu bélico y del conservadurismo estructuralmente católico como ideología dominante clasista de la época. En su familia había calado fuerte el sentimiento cristero de la derrotada guerrilla popular católica de Cristo Rey, que enfrentó por la vía armada a los primeros gobiernos de la Revolución Mexicana y al Estado secular en el Bajío, a finales de los años 20. En forma paralela irrumpían en España el nacionalcatolicismo y el falangismo con su espíritu de cruzada y sus gritos frenéticos de “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” El duce Benito Mussolini ya había consolidado el fascismo en Italia y en Alemania, con el apoyo de la gran industria, se producía el irresistible ascenso de Adolfo Hitler, con sus camisas pardas y la pesadilla nacionalsocialista. Esas ideologías cruzaron el Atlántico y en México surgirían movimientos de masas de tipo totalitario como el sinarquismo, un “fascismo musoliniano o falangista español a la mexicana”, según ha denominado Jean Meyer.

Barba sostiene que durante su estancia en el seminario Maciel tuvo acceso a algunas lecturas y películas que lo marcarían para siempre. Por ejemplo, El triunfo de la voluntad (1934), el famoso filme documental de Leni Riefenstahl, la “cineasta maldita” que ingresó a la historia como la directora favorita del Tercer Reich. La cinta sobre las concentraciones hitlerianas exhibe la perfecta sincronía de las masas nazis saludando a su paso al “salvador”, el “amado führer”; es una glorificación del hombre-héroe, en un ambiente marcial imponente creado por Albert Speer, el arquitecto de Hitler. Pero en particular, un librito parece haber influido en Maciel: Mi lucha, la obra del agitador Hitler, el gran simplificador que le decía exactamente a la “masa” lo que ésta quería oír. En el plano simbólico, Espinosa recuerda que la fecha de fundación de la orden, el 3 de enero de 1941, guarda simetría con el holocausto judío y es una prueba de la ascendencia que tenía el fundador del Tercer Reich sobre el jefe legionario. “Dos años antes, el 3 de enero de 1939, Hitler firmó el documento que condenaba al pueblo judío al holocausto. ¿Mero azar o analogía de antisemitismo con el admirado führer?”, cuestiona Espinosa.

 
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