Usted está aquí: lunes 11 de febrero de 2008 Opinión El convite

León Bendesky
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El convite

Todavía se practica en México una democracia selectiva, de menú. Los convidados se reúnen en su restaurante favorito, cierran las puertas y se ponen de acuerdo para escoger los platos que más les gustan. Arreglan sus preferencias digestivas para disfrutar de la fortuna que ofrece poder servir a una sociedad que, aunque no siempre es comprensiva, al final debe estar agradecida por el motivo del festejo.

En efecto, dicho motivo es que se ha “servido a la democracia”. Así se explica a los ciudadanos el sentido de los arduos trabajos que deben hacerse para disfrutar de una sociedad más abierta. Así debe explicárselo también cada uno de los comensales en una introspección superficial que siempre es recomendable para estos casos.

Servir a la democracia es una noción compleja, que dice mucho de la forma en que se configura una sociedad, en que se establecen las normas necesarias para vivir en colectividad, del modo en que se ordenan los intereses en conflicto. Dice mucho de la relación que existe entre gobernantes y gobernados, entre el Estado y la sociedad.

La democracia no debe ser servida, sino que tiene que servir a los ciudadanos que viven en un régimen político, social y cultural que dice tener el carácter de una forma de organización de esa naturaleza. Servir a la democracia implica ya una distorsión en la forma de perseguir los objetivos y que tiende a vincularse en nuestra experiencia reciente, especialmente en el campo electoral, como un fin particular y no general.

El que la democracia haya sido servida por los convidados que celebran, no significa que los arreglos que se han hecho sirvan a los que supuestamente está destinado tal esfuerzo. La democracia es, en una sociedad mercantil desarrollada, un valor de uso y, como ocurre en el mercado a pesar de los fundamentalismos de moda, debe delimitarse de modo claro, es decir, institucional, legal, vaya, en términos políticos, su valor de cambio. Ese límite es laxo y las consecuencias que acarrea la situación prevaleciente nos son triviales.

La democracia es, en todo caso, una mercancía sui géneris. No está acaso ese rasgo detrás de la noción de la mercadotecnia política. Esta actividad que se vuelve cada vez más un elemento clave para ganar los puestos de elección popular. En México, esto incluye a los legisladores plurinominales que constituyen ya una deformación democrática y que, sin dar directamente la cara al público que vota (los consumidores), son los que finalmente controlan los hilos en el Congreso.

Como valor de uso, la democracia mexicana es muy limitada; está constreñida hoy por un sistema de partidos que muestra un profundo desgaste y un orden político que parece moverse un paso adelante y dos atrás. Eso hace muy difícil llegar a cualquier meta que se proponga, ya sea en el discurso, o bien, cosa mucho más complicada, que se sustente en una teoría o hasta una visión política avanzada. Como valor de cambio es otra cosa y, sin duda, sigue siendo muy rentable para quien controla la oferta: los partidos políticos, que hoy, a diferencia de ese aceite tan útil en casa no es tres en uno, sino más bien, uno en tres que mueve las bisagras en San Lázaro y la casona de Xicontécatl. La democracia en México es aún una anomalía.

El asunto que convocó al más reciente convite es, otra vez, el Instituto Federal Electoral. Diputados y senadores recorrieron un tortuoso camino para servir una vez más a la democracia. En el trayecto violentaron las normas que se habían impuesto y hasta la misma Constitución, así lo reconoció abiertamente hace un par de meses el coordinador del PRD en la Cámara de Diputados y más recientemente el del PRI en el Senado. El PAN, gozoso, surcó los aires legislativos. Todo al servicio de la democracia.

El forcejeo para el recambio de los consejeros del IFE, su presidente incluido, duró largos meses. El hecho indica que en el sentido más básico de la democracia electoral no ha sido posible consolidar un entorno funcional y creíble e, igualmente, menos oneroso política y económicamente.

El IFE que ha quedado hoy y al que todavía le faltan ajustes en las semanas próximas según los acuerdos partidarios, no es mejor, en un sentido institucional que al que reemplaza. De su carácter ciudadano, tal y como fue originalmente planteado en las sucesivas reformas electorales no queda ya nada. Es un producto distinto y difícil de vender a una ciudadanía alejada del proceso democrático del que es sujeto y en el que, en cambio, ha sido relegada a una calidad de objeto, de cosa.

Ni de este “nuevo” IFE ni del anterior nadie rinde ni rendirá cuentas. Lo que queda claro es que la democracia sigue siendo una especie de coto, de área restringida y que a quienes son sus depositarios en este caso en el Congreso les cuesta mucho trabajo acercarla a la gente, o de plano no quieren. Se persiste en una versión moderna a la mexicana de esa antigua repulsión por la democracia, que veía en ella el riesgo de que un gobierno de la multitud lleve a la ruina un orden legítimo; aunque esa legitimidad sea tan resistente como es aquí. ¡Buen provecho!

 
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