Número 139 | Jueves 7 de febrero de 2008
Director fundador: CARLOS PAYAN VELVER
Directora general: CARMEN LIRA SAADE
Director: Alejandro Brito Lemus



La tierra prometida

Por Joaquín Hurtado

La Habana. Madrugada. Luna en cuarto menguante, como el ojo entrecerrado de una madre displicente. Alucinados, trémulos, recorremos las calles de la ciudad desolada, en ruinas, después de despedir a X; obrero, poeta y cantante de sensual voz. Belleza bisexual de veintiséis.

Rosalinda y yo teníamos que ir al malecón a encontrarnos con amigos. Llegamos de Monterrey huyendo de su esquizofrenia navideña y de una ley panista que pretende aniquilar cualquier esperanza de convivencia en la diversidad sexual; salimos apurados como quien escapa de una destructiva enfermedad, a conocer el gay sobrevivir cubano. Aldus y sus amigos, aún en su economía de miseria, nos abrieron su casa y su corazón en la calle Lealtad.

Por encargo de Aldus, nos guiaban dos prostitutos travestis, casi niños. Los llamaré Paola y Lucy. Fue bastante fastidioso tomar un taxi, los pocos disponibles nos negaban el servicio a causa de nuestros acompañantes. Farfullaban cualquier pretexto y arrancaban la máquina a toda velocidad cuando la mulatita y la rubia con minifalda intentaban abrir las portezuelas y subir al coche. Aceleraban como huyendo de una maldición.

Al fin nos dio servicio un chofer pirata, pero nos dejó bastante lejos de nuestro destino. Teníamos que caminarle un buen trecho a esa cinta mágica que contiene al Golfo y sirve de paseo y vitrina a la fauna desvelada. Había que cruzar territorio “cheo”. Esa parte del malecón habanero vedado a los maricas, los “pájaros”.

Paola y Lucy apuraron el paso, nerviosas. Mi esposa les dijo calma, no tengan miedo.“¿Estás asustado?” Me preguntó ella con la cabeza erguida, orgullosa de sus pajaritos. Yo no respondí y mejor miré hacia el horizonte oceánico; oscuro, más amenazante que los cheos, pero mi único escape al pavor, a la vergüenza.

El trayecto por el territorio infame me pareció infinito. Como inacabables las burlas y las caras de asco de esa gente. Las mujeres se aferraban a sus hombres y ellos escupían y se tocaban la entrepierna. La policía observaba de lejos. Y yo, empequeñecido, sólo pensaba en el mar. Porque el oleaje le daba seguridad a mis pasos.

Los cheos exageraron sus dengues, muecas y ruidos bestiales. Era evidente que si osábamos confrontarlos sería nuestro fin. Estaba claro que ellos tenían más miedo que nosotros, ¿los pondría al borde del delirio mi imagen devastada por el sida?

Cruzamos unos cien metros de malecón que es tierra de nadie, suelo neutral. Ya a salvo, entre la manada de más de cien locas y pingueros, Paola y Lucy contaron la odisea. Los pájaros gritaron festivos, admirados por la valentía de mi mujer. ¿Ya les habrían dado cuenta también de mi cobardía? Los pájaros la besaron, le acariciaron el pelo, la adoraron, le dieron dulces. Mi mujer fue dueña de la noche.Yo me aparté y fijé mis ojos en la lontananza del mar. Me fui lejos, muy lejos y me extravié en cualquier otra tierra prometida.