Usted está aquí: viernes 1 de febrero de 2008 Capital Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Miguel Ángel Velázquez
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La Plaza Mayor, espacio de todos

Sitio obligado para las expresiones sociales

También lugar de solaz

Al pasar de la historia, la Plaza Mayor de México, el Zócalo, sólo tiene un dueño: la gente.

Y es allí donde se han dado las mayores manifestaciones de inconformidad por las desgracias encadenadas que ha sufrido el país desde siempre. Ningún lugar en toda la República establece la identidad de toda la nación como el Zócalo, ninguna otra plaza como ésta reúne y separa con tanta claridad al poder religioso y al político, pero en los momentos decisivos para México, allí se reúne la gente para señalar rumbos y esbozar horizontes.

Por eso ahora que el país necesita escuchar su propia voz para enfrentar los males que le aquejan y que se agravan, es impensable cambiar el escenario, por más que las circunstancias lo exijan.

Los campesinos que de todos los puntos del país lo han atravesado para tratar de frenar las políticas que los avasallan, quieren el Zócalo para hacer saber a todos que el campo ya no aguanta más de la política neoliberal, y que sus demandas tendrán que ser escuchadas por los que tienen el poder para que enmienden sus programas, y por la gente que requiere de saber –más allá de los comerciales, y de las voces cómplices– la situación real del campo mexicano.

Por eso, cuando la autoridad pide a los campesinos que no lleguen a la Plaza Mayor, parece broma. Ninguna circunstancia, ningún acontecimiento que no sea el que genera la propia población, puede impedir que la gente llegue al Zócalo a manifestarse. En eso no cabe la discusión.

Marcelo Ebrard, y los gobiernos de izquierda que han gobernado la capital en los diez años anteriores han, incluso, ampliado el uso de ese enorme espacio, y le han dado el carácter de lugar de esparcimiento y goce, que ha permitido que el Zócalo, en todos los sentidos, sea patrimonio de la gente de México, no nada más de los defeños.

Y no podría existir una razón más justa que la protesta en contra de un instrumento del capital, como el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), que a la vista de todos, digan lo que digan los comerciales pagados desde Los Pinos, es depauperador de millones de mexicanos que viven en y del campo.

Permitir, entonces, desde la altura de las autoridades que la gente llegue a su Zócalo, si bien es un síntoma de comprensión, no es nada del otro mundo. La Plaza Mayor de México no le pertenece a ninguna empresa, ni tiene apellido que la ate a la chequera de alguno de los prominentes hombres de negocios de este país.

Ese es el Zócalo, y así, como es, por lo que es, no deberá cambiar, a menos que la gente diga lo contrario.

De pasadita

A ver hasta cuándo el delegado de Benito Juárez se hace cargo del problema constante que plantean los camiones que descargan en la calle Pilares sus mercancías para la tienda Comercial Mexicana. Todas las tardes en esa calle se arma un caos vial que nadie soluciona. ¿Qué no se había dicho que los enormes camiones tendrían que descargar en horarios nocturnos para evitar, entre otras cosas, los atascos vehiculares?

Allí en Pilares, en la nariz de los policías que tienen su base en esa misma calle, los camiones son atravesados sobre la estrecha calle y mientras maniobran pasan 15 o 20 minutos de bloqueo. Alguien debe hacer algo, pero rápido.

 
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