Usted está aquí: sábado 12 de enero de 2008 Opinión Dueños de la noche

Carlos Bonfil
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Dueños de la noche

Ampliar la imagen Fotograma de la cinta Dueños de la noche, del estadunidense James Gray Fotograma de la cinta Dueños de la noche, del estadunidense James Gray

A los 25 años, el estadunidense James Gray realiza su primera película, Furia de perros (Little Odessa, 1994), formidable thriller ambientado en Nueva York, con las actuaciones de Tim Roth, Edward Furlong y Vanessa Redgrave, sobre la educación sentimental de un adolescente a cargo de su hermano mayor, un matón a sueldo desventajosamente involucrado con la mafia rusa. Más adelante, Gray insiste en el género policiaco con una cinta menor, La traición (The Yards, 2000), pero conserva la marca de un estilo personal y vigoroso. Con un ritmo regular de seis años de silencio y preparación entre una película y otra, el director ofrece ahora su tercer largometraje, Dueños de la noche (We own the night), sobre la relación conflictiva entre dos hermanos, Joseph Grusinsky (Mark Wahlberg), policía neoyorkino, y Robert Green (Joaquin Phoenix), cínico vividor, oveja negra de la familia, gerente de un centro nocturno en Brooklyn, El Caribe, dominado por la misma mafia rusa que su hermano y su padre (Robert Duvall, también oficial policiaco) combaten sin cuartel en su propósito de desmantelar sus operaciones de narcotráfico.

Una vez más, el director se muestra fiel a sus obsesiones temáticas y a su voluntad de trascender el género policiaco con una parábola casi bíblica sobre la lealtad, la corrupción moral y el arrepentimiento. De modo transparente, Dueños de la noche ilustra la confrontación de dos hermanos, uno, preferido del padre, el otro un paria incomprendido y rechazado, a la manera de Al este del paraíso, de Elia Kazan. Esta vez, los nuevos Caín y Abel se enfrentan en una jungla urbana donde los dueños de la noche han dejado de ser las fuerzas del orden para dejar el campo libre a las mafias que se disputan los privilegios territoriales. El hijo pródigo rechaza utilizar su apellido paterno y elige el de la madre con el fin de preservar el anonimato y evitar ser relacionado con sus parientes policiacos. Su propósito de rebeldía o revancha, o su mero deseo de ser independiente, lo lleva a asociarse con criminales que le ofrecen un porvenir brillante como posible promotor de nuevos centros nocturnos y de tráfico de drogas en Brooklyn, Queens o Manhattan. Robert se deja, inclusive, adoptar por Marat Bujayev, anciano gángster de origen ruso que se conduce con él como un padre sustituto. El conflicto moral estalla cuando, después de una redada policiaca en El Caribe, dirigida por su hermano Joseph, éste recibe de un gángster un tiro en la quijada que casi le quita la vida. A partir de este hecho sangriento Robert Green deberá tomar partido.

Dueños de la noche es un thriller notable en su factura artística, aunque cargado de inconsistencias en su argumento. No es posible creer un instante en la capacidad de Joseph Green de guardar el secreto de su parentesco con la policía en un medio donde la delación y el espionaje son esenciales para la supervivencia. De igual modo, la libertad de maniobra de un peligroso criminal encarcelado, Vadim Bujayev, sobrino de don Marat, desafía toda credibilidad. Estas incoherencias no impiden que a lo largo de una secuencia memorable se produzca una de las mejores cacerías automovilísticas que pueda uno recordar desde Contacto en Francia, de William Friedkin. James Gray maneja con enorme solvencia el conflicto moral que plantea la historia y también la recreación de atmósferas crepusculares en una ciudad desanimada ante la impunidad creciente de las mafias. La cinta remite directamente al clima negro de la primera película del cineasta y a un pesimismo radical que apenas consigue disimular su convencional desenlace heroico. Con una trama similar a la de Los infiltrados (The departed), de Martin Scorsese, el joven realizador ofrece un buen conjunto de actuaciones y una estupenda tensión dramática.

 
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