Usted está aquí: jueves 27 de diciembre de 2007 Opinión John Berger, un estado de ánimo

Andrés Barreda

John Berger, un estado de ánimo

Ampliar la imagen Las miradas de John Berger y Marcos Las miradas de John Berger y Marcos Foto: Carlos Ramos Mamahua

1. Aunque definir puede ser mal usado para encasillar y detener lo que se mueve, también se puede hacer como una forma de reflejar, de manera abierta, lo recorrido y aún por recorrer, e incluso como una forma de agradecer lo que nos ha sido dado. Por ello, comienzo afirmando que John Berger es un estado de ánimo profundo, a la manera de un hogar que tal vez no existió nunca antes de él, pero que ya abierto en el mundo advierto que no se va a desaparecer fácilmente mientras vivan otros que luchan integralmente y resisten en contra del capital.

Muchos lo dicen y lo repito porque creo que hay que hacerlo, que John Berger es un pensador que a lo largo de su vida y obra transita de la creación artística a la crítica del arte y de ésta a la crítica de la vida cotidiana, a la crítica social y hasta la crítica general de la cultura, si bien madura y mantiene desde el principio una crítica integral que no deja nunca de ser una crítica de la política del mundo moderno que, por momentos, también se perfila incluso como una crítica de nuestra civilización.

Berger a lo largo de su vida profundiza su comprensión de las numerosas relaciones opresivas que sujetan a las personas y a nuestras diversas experiencias dentro del capitalismo. Por ello se ha vuelto un referente indispensable dentro de la necesaria crítica total a la sociedad burguesa.

Sin abandonar las experiencias caminadas, Berger logra encontrar la manera de ampliar y profundizar su variada obra. Por ello mantiene vivo el lenguaje específico del artista, del periodista, del crítico de arte, del narrador, del guionista de cine, del novelista, del sociólogo no académico, del poeta, del filosofo verdadero, del dichter y el activista incansable, que nunca abandona su condición de actor y testigo directo ni de teórico profundo y comprometido con la critica al progresivo deterioro del mundo actual.

En México no hemos seguido los pasos a Berger como sí lo hemos hecho con intelectuales como Noam Chomsky, pero en realidad estamos frente a un conciencia crítica enorme que desde hace seis décadas reflexiona críticamente la cultura capitalista y se moviliza permanente y globalmente contra las guerras del capitalismo destructivo y excluyente. Por desgracia, en México nunca ha sido fácil encontrar su basta y esencial obra, a la manera en que durante las décadas pasadas sí traducíamos o por lo menos leíamos a críticos como Lefebvre, Sartre, la escuela de Frankfurt, Benjamin, Bloch o Caneti.

Por desgracia, en nuestro país hemos tenido poco contacto con el rico desarrollo de los artistas y críticos radicales que con exuberancia florecen en Inglaterra desde la segunda mitad del siglo XIX (William Morris), pero muy especialmente durante la primera mitad del siglo XX: con la Artist International Association, la Left Review, el Left Book Club, Paul Hogarth, la Kitchen Sink School, Roger Fry, Wyndham Lewis, Christopher Caudwell, Francis Klingender y Frederick Antal. Con la excepción, tal vez, de Herbert Read, Arnols Hauser, la New Left Review, Monthy Pyton y la antipsiquiatría inglesa.

En México los artistas y la intelectualidad francesa y americana se comen la mayor parte de la atención de los intelectuales y críticos mexicanos, dejando libres algunos lugares de atrás para artistas e intelectuales alemanes, españoles, italianos y de Europa central. De manera que esta compleja izquierda inglesa no representa casi nada para el pensamiento crítico de la izquierda mexicana. De ahí que nos resulte casi un enigma cómo una artista y un crítico de la talla y refinamiento de Berger pudo emerger en la Inglaterra de posguerra.

Antes de 1994, a pesar de que las celebres películas de Alan Taner con guión de Berger fueron ampliamente vistas durante la década rebelde de los años 70, en realidad eran muy pocos los que sabían que este pensador, además de novelista o crítico de arte, en realidad era un compañero que tenazmente resistía al capitalismo, explorando de manera creativa la forma de revalorar y replantear la resistencia integral al capitalismo entre mujeres y hombres, incluyendo a los niños, los ancianos, a los que viven en el sur y en el norte, en el campo y la ciudad, a los que migran o entre los que vivieron el 68 y cualquiera de los movimientos de resistencia previos o posteriores que le tocan en el cuerpo y alma a él y a su generación.

2. A la manera de Vico, Marx, los fenomenólogos y los existencialistas del siglo XX, Berger es, sobre todo, un pensador del sentido. Si bien lo que le interesa es comprender cómo éste invade, desde las luchas de los más pobres hasta lo que él llama las relaciones de los vivos con los muertos, pasando por variadas formas de la comunicación humana, como el dibujo, la pintura, la fotografía, la poesía, la novela, el cine, la narrativa popular, etcétera.

Un tema crucial en Berger es la coherencia que los sujetos tienen con su propia creatividad y, por ello, con el sentido que deriva de sus actos. Sea este sujeto un creador o un espectador, el emisor de un mensaje, su receptor o un tercero. Por lo mismo, su tema es la coherencia de los individuos y el nosotros con el carácter comunitario que tienen nuestros actos y sentidos. La coherencia que podemos mantener con el carácter simple y elemental de nuestra creatividad como sujetos, así como la coherencia que podemos lograr con el carácter sagrado que alcanza la comunicación de sentidos humanos entre los vivos y los que ya se fueron, o también el intercambio de sentidos humanos y vitales entre la sociedad y la naturaleza.

Como parte central de lo anterior, Berger se ocupa de registrar y comprender la manera en que los más pobres de los siglos XX y XXI, los más marginados de todo el mundo, los migrantes, los desplazados por las guerras, algunos artistas, los campesinos, los indígenas, los niños y los ancianos, etcétera, por medio de algunas de sus formas de sentir, de ver, de representar, de socializar y narrar, de pensar y soñar, se las arreglan para en ocasiones escapar con fuerza al control del sistema e inesperadamente reabrir tiempos y lugares de una subjetividad colectiva que es auténtica y nutre a la resistencia.

Por ello Berger rastrea constantemente si los artistas (no importa su talla), como cualquier otro que resiste, saben mantener su soberanía como sujetos creadores de sentidos colectivos frente a ese mundo capitalista que sólo se interesa en reconocer económica, política y culturalmente a quienes están dispuestos a reducir y cosificar sus experiencias. De ahí la manera en que esta crítica de arte se transforma directamente en crítica de la vida cotidiana y en la formulación de una nueva ética de la resistencia colectiva.

3. Con la esperanza entre los dientes, como el resto de la obra de Berger, nos propone, tal vez sin saberlo, no sólo un modo de ver las cosas sino un modo de ser coherente que se expresa como un estado de ánimo indispensable para la supervivencia de la actuación y la reflexión críticas. Por ello no se trata de un estado emocional externo, cósico, que como algo ajeno nos toma por sorpresa, sino como algo que se puede elegir y cultivar cuidadosamente. Algo a lo cual Berger ha arribado fomentando, puliendo y perfeccionando su propia subjetividad comunitaria.

Por ello, no se trata sólo de un estado íntimo sino de una experiencia colectiva que surge de manera inevitable cuando necesitamos hablar y defender el sentido auténtico del mundo. Estado de ánimo que no es lo que los religiosos llaman la iluminación, pero sí un estado energético de la conciencia que resulta único, y que también exige del lector un estado de alta atención y desprendimiento real. Un estado de ánimo de lucha y resistencia, de rabia y dignidad, pero que al mismo tiempo es un estado de ánimo comunitario de tranquilidad y reconciliación entre la sociedad y la naturaleza, al mismo tiempo que un estado de ánimo narrativo, en el cual la transmisión de los sentidos es cuidada como esa preciada agua de los tambos del desierto en Palestina.

Con la esperanza entre los dientes es una obra que respira entre la narración y la poesía, entre la fotografía y el cine, entre la filosofía y la crítica de la sociedad, entre la denuncia y el rencuentro con nosotros mismos, así como entre la crítica sociológica y la crítica de la economía política. Llevándonos a la toma de conciencia de que el lenguaje es nuestro primordial y último bien común, hasta la teoría de la narración como una forma sutil pero básica de la resistencia, pasando por el examen de los procesos mundiales de despojo de las tierras, aguas, ciudades y campos, recursos y palabras.

Por ello, el estado de ánimo poético en que nos sumerge, trasciende la experiencia abstracta de la belleza y la verdad, y las vuelve siempre experiencias concretas, aquí y ahora, en esta comunidad y con éstos o aquéllos que resisten.

Sin abandonar nunca el estado de ánimo que el surrealismo inventó y que el mayo francés masificó, la obra de John se convierte en una suerte de teoría crítica de la producción colectiva de emociones rebeldes. Sin convertirse en una ética abstracta, pero también sin naufragar en el cinismo posmoderno, Berger encontró una manera propia y poderosa de mantener en pie lo que Roul Vanaigem, Guy Debord, Ronald Laing y David Cooper intentaron en su momento. No es por eso una casualidad que Berger nos hable con su persona misma, con sus dibujos y narraciones, y con su compromiso militante inquebrantable de una gramática de la vida y de un tratado del saber vivir basado en el reconocimiento del miedo y la vergüenza, pero también en la esperanza y la solidaridad de los que resisten colectivamente.

 
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