Usted está aquí: domingo 23 de diciembre de 2007 Estados Sobrevivientes a la caída del cerro en Grijalva retan de nuevo a la naturaleza

Saben que el lugar no es seguro, pero rechazan salir pese a la incesante crecida del río

Sobrevivientes a la caída del cerro en Grijalva retan de nuevo a la naturaleza

“No hay de otra, hay que luchar por seguir aquí; somos 19 familias y creo que estamos bien”, dicen

Ángeles Mariscal (Corresponsal)

Ampliar la imagen Lugareños de Grijalva intentan poner a salvo a sus animales de carga y los trasladan a ranchos en la zona de Ostuacán y Peñitas Lugareños de Grijalva intentan poner a salvo a sus animales de carga y los trasladan a ranchos en la zona de Ostuacán y Peñitas Foto: Ángeles Mariscal

Rómulo Calzada, Chis., 22 de diciembre. Pueblos fantasmas, decenas de viviendas, calles y pastizales anegados, animales que deambulan desesperados por la ausencia de alimento. El aumento gradual e incesante del agua del río Grijalva lo va cubriendo todo.

Por toda la ribera, desde la presa Malpaso hasta la de Peñitas, unas regletas clavadas marcan con grandes números rojos las extensiones que van desapareciendo bajo el agua. Hasta hoy el caudal seguía subiendo a un ritmo de 1.5 metros diarios.

Los lugareños que logran pasar el cerco de vigilancia, los patrulleros acuáticos, los de a pie, los empleados de gobierno; todos se acercan cada tanto a estos medidores elementales.

El agua ejerce fascinación. “Estamos asustados realmente, no queremos salir pero sabemos que tampoco estamos en lugar seguro. Mi familia sigue viviendo en un rancho una hora arriba de Juan de Grijalva.

“No queda de otra, hay que luchar por seguir aquí, sabemos que si nos vamos perdemos todo, animales y la casa. Somos como 19 familias que no quisimos salir y estamos bien alto, creo que en un lugar seguro”, explica Paulino García Cruz, cabeza de una de las familias que se negaron a evacuar la zona.

Paulino y su familia sobrevivieron a la caída del cerro de Juan de Grijalva, a la ola gigante que se levantó en el río y cobró la vida de muchas personas el 4 de noviembre; ahora reta de nuevo a la naturaleza.

Cuando Paulino vislumbra el paso de la patrulla acuática, corre ladera abajo y pide que lo trasladen. Antes él utilizaba su propia lancha, pero ahora está restringido el uso de este medio de transporte. La región del Grijalva es una zona de riesgo.

Río abajo, otros policías, a quienes se les encomendó vigilar los bienes de las 5 mil familias que salieron de la zona, hacen señas para que se acerque la patrulla.

De inmediato, una jauría de famélicos perros se acercan ladrando desesperadamente. Llevan más de 10 días sin comer. Igual suerte corren otros animales de traspatio.

Los policías se dirigen a los corrales y abren las puertas para que el ganado y el resto de los animales salga y busque por sí mismo su alimento, o escape ladera arriba cuando el agua llegue a sus refugios.

Sabedores de que la pérdida de una vaca, una gallina o un perro representa una merma a su patrimonio, los lugareños hacen fila a las entradas de las comunidades para que, vía acuática, sean llevados a sus ranchos y puedan llevarles alimento a sus animales.

“Mire oficial, yo entiendo que estamos en peligro, pero si no saco mi caballo se me va a ahogar y ¿quién me lo va a reponer?”, responde molesto un lugareño que a bordo de su cayuco intenta sacar de la ribera al animal. El policía le explica que está muy cerca de la boca del canal y cualquier corriente imprevista lo puede arrastrar.

A simple vista las aguas parecen mansas, pero la magnitud de las pérdidas por la inundación que está provocando la subida del nivel del río Grijalva se nota cuando uno percibe que se navega por encima de lo que fue un poste de luz, o el techo de una vivienda de dos pisos.

“Aquí era la casa de doña Mary. Es de dos pisos, de material (concreto), para llegar había que subir unas graditas”, señala un lugareño el sitio donde ahora sólo se ve la parte superior de un tanque de agua.

El grado real de afectaciones se verá cuando baje el nivel del agua; sin embargo, este proceso podría tardar semanas e incluso meses, una vez que el canal abierto del poblado Juan de Grijalva se ensanche y la misma cantidad que es vertida por Malpaso salga por el estrecho.

 
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