Usted está aquí: domingo 16 de diciembre de 2007 Opinión La vera crisis

Rolando Cordera Campos

La vera crisis

La decisión de los diputados de posponer a febrero su determinación sobre el consejo del IFE puede recibirse con un “menos mal” o un “no hay mal que por bien no venga”. La situación que los vetos y tornavetos habían creado hasta el jueves pasado, anunciaba la peor de las elecciones, mientras algunas y algunos legisladores se daban a un carnaval del absurdo descalificando a diestra y siniestra sin considerar méritos o deméritos.

El procedimiento adoptado no tenía como fin el consenso sino la eliminación, lo que llevaba fatalmente a una decisión por mayoría, precisamente lo que debía evitarse. Dadas las circunstancias, y con el perdón de los prefectos y los nuevos politólogos, digamos que el paréntesis abierto puede aprovecharse para reconsiderar a fondo sobre los funcionarios que el IFE y el sistema político requieren para recuperar la confianza perdida, sin la cual la democracia mexicana está condenada, aquí sí, a vivir de crisis en crisis, hasta que el golpe de mano o de Estado vuelvan a ser bien vistos por los poderes de hecho de fuera y de dentro.

La calidad moral, política e intelectual, y no el origen o el parentesco, real o supuesto, de su postulación, debe ser el punto de partida para seleccionar a los futuros consejeros. Y luego, su capacidad de generar el acuerdo de todos los partidos y sus dirigencias. No es mucho, si se piensa bien y los grupos parlamentarios se hacen cargo de que lo que está en cuestión no es el árbitro sino la legitimidad del Congreso y del conjunto del sistema plural que emanó de las crisis y las emergencias de fin de siglo, más que como el resultado de un diseño adecuado que viera al largo plazo.

Lo que queda claro hoy es que la simple competencia aceitada con recursos públicos en abundancia no configura el mercado perfecto con el que soñaba el presidente Zedillo al presumir de su reforma definitiva; que para contar con una democracia productiva, que arroje un buen gobierno de la sociedad y del Estado, se necesita ir más allá de la visión pueril de la política como casino o caja de compensación de intereses. La separación de la política y la economía ha resultado aquí en una escisión entre el Estado y las bases de la sociedad, que ahonda la desigualdad económica de origen y deja al Estado en un aislamiento que sólo puede servir a las peores causas de los poderes de hecho y los cazadores de oportunidades.

Las andanadas de ayer y mañana contra el Congreso, auspiciadas o inspiradas por los grupos afectados por la reforma constitucional, o que buscan nuevos y pingües acomodos con un gobierno débil y sin brújula, debían mostrar la profundidad del empeño clasista en que se han embarcado esos grupos y, sobre todo, llevar a los demócratas de todos los colores a aquilatar juicios y modular sentencias.

La crisis no está en la posposición de los diputados. Como la deficiente calidad del Congreso no radica en las evaluaciones pueriles que algunos hicieron de varios de los candidatos a presidir el IFE. Lo que habría que reclamar es que los partidos en efecto reconsideren y examinen por sus méritos a todos los aspirantes que quedaron, como una condición para que su labor sea justipreciada por el resto de la sociedad. Quedaría atrás el bochorno producido por la descalificación del doctor Merino, por haber participado en proyectos de investigación del CIDE financiados por el gobierno federal, lo que lo volvía automáticamente ¡candidato del PAN! Con esa lógica, no hay institución académica que se salve de la sospecha o la condena: para bien y para mal, la mayoría de ellas contrata con los gobiernos y el propio Congreso.

Dejar atrás esta y otras supercherías no requiere de ciencia y permitiría retomar un camino de renovación del IFE, que se volvió más tortuoso a medida que afloró la herida social que sacó a flote la imposición de 2006, y que hace evidente la necesidad vital de un acuerdo político que no se construye cosméticamente, requiere tiempo y esfuerzo y sobre todo claridad y arrojo de los actores políticos principales. Sin reforma del Estado como mirador rector no habrá arreglo que dure.

Insistamos, la crisis no está en el IFE. Lo que nos ahoga es una necia indisposición al riesgo de admitir que quedamos suspendidos en nuestras transiciones, perdidos en ellas por falta de traductores eficaces, y que la cercanía de la “tormenta perfecta” sobre el mundo de que habla Julio Millán no puede sino agravar. Autocomplacencia en medio del desamparo.

Los contrastes pedagógicos están a la mano. En Argentina una presidenta se compromete a buscar un nuevo modelo centrado en la equidad, una autonomía del esfuerzo de acumulación; es decir, asume que el mundo cambia y que nada o poco está escrito para la democracia, el desarrollo, el bienestar. Aquí, el Presidente cambia de atuendo según el sector, y los subsecretarios de Hacienda son ascendidos a directores de empresas privadas. La crisis está en otra parte y más vale reconocerlo pronto. Aunque sea al calor del puente guadalupano.

 
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