Usted está aquí: viernes 23 de noviembre de 2007 Opinión La muestra

La muestra

Carlos Bonfil
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Tú, que estás vivo

Roy Andersson filma la vida de gente común

Navíos fellianianos

Semejanzas con Kaurismaki y Seidl

Ampliar la imagen Fotograma de la cinta del sueco Roy Andersson Fotograma de la cinta del sueco Roy Andersson

“Regocíjate en tu cálido lecho, tú, que estás vivo, antes de que la ola helada del Leteo acaricie tu pie desnudo”. Esta frase de Goethe sirve de epígrafe a Tú, que estás vivo (Du levende), una serie más de viñetas satíricas y grises del realizador sueco Roy Andersson (Canciones desde el segundo piso). Si en aquella estupenda cinta del año 2000, premio del jurado en Cannes, el director ofrecía episodios muy agrios sobre el comportamiento de burócratas y hombres de negocios, el propósito ahora es describir del mismo modo la conducta de un grupo de personajes ordinarios —un vendedor de alfombras, una maestra de escuela, una joven enamorada, un hombre alcohólico, una mujer deprimida— que afanosamente tratan de sobrellevar su existencia y optan por la evasión onírica o de plano naufragan en situaciones absurdas. Estocolmo a vuelo de pájaro. Una y otra vez captura el director la imagen de la ciudad como si en picada fuera a adentrarse en la vida rutinaria de sus habitantes. Captura a una pareja fornicando morosamente, mientras el hombre calcula el porcentaje de salario que recibirá en su jubilación; registra el pleito conyugal en el que un marido llama arpía a su mujer, y la depresión de su esposa, quien al día siguiente rompe en llanto frente a sus alumnos recordando el insulto, refiriendo la infamia a los infantes solícitos y perplejos. En otra parte de la ciudad, el marido no puede concentrarse en su trabajo porque recuerda el calificativo injurioso con que le respondió su esposa, mientras una clienta, compradora de alfombras, tercia juiciosamente: “La palabra ‘arpía’ es todavía más fuerte”. El vínculo entre las viñetas es casi artificial, fortuito: apunta hacia un relato que no se completará nunca. Podría la cámara tomar nuevamente el vuelo y capturar una escena más de la vida urbana, como sucede en la cinta estadunidense Shortbus, de John Cameron Mitchell, donde penetra en los departamentos y registra la miseria sexual de alguna pareja insatisfecha. En lugar de ello, la lente de Andersson se planta en medio de un embotellamiento y asiste al monólogo de un hombre que desde su auto se dirige a los espectadores para referir el sueño de la víspera que derivó en pesadilla. En una reunión familiar él quiso sorprender a los asistentes con un número de magia: retiraría un largo mantel sin romper una vajilla de 200 años. El destrozo inevitable le vale un proceso donde los jueces, ingiriendo grandes tarros de cerveza, deciden condenarlo a la silla eléctrica.

A diferencia de Canciones del segundo piso, relato fragmentado con blancos de sátira muy precisos y un humor muy cáustico, la nueva cinta del director nórdico adopta un tono melancólico y frío que guarda parentesco con el cine del finlandés Aki Kaurismaki y las estructuras narrativas del austriaco Ulrich Seidl (Días perros). Hay también aquí situaciones límite, como el peluquero musulmán que se desquita implacablemente de su cliente sueco, luego de que éste ironiza sobre los contrastes culturales entre ambos. Un lirismo gélido acompaña al recuento de estados de ánimo casi colapsados: la fantasía se insinúa en las atmósferas irreales del camarógrafo Gustav Danielsson y en la pista musical de Benny Andersson, mientras un edificio desde el cual saluda una pareja de recién casados se desplaza lentamente como un navío felliniano. Si toda la cinta de Andersson se construye a partir de la evocación onírica, tal vez procede dejar de lado las consideraciones sociológicas inoportunas y disfrutarla como una prolongación plástica de su obra anterior, con variaciones ligeras y un acento particular en la melancolía de existencias apagadas que, según señala un tabernero harto de su clientela, bien podrían esperar algo mejor en un nuevo día.

 
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