Usted está aquí: jueves 22 de noviembre de 2007 Opinión Muerte parcial

Olga Harmony

Muerte parcial

Resulta digno de beneplácito el que escritores importantes en otros ámbitos literarios incursionen en la dramaturgia, aunque no siempre el talento narrativo se refleje en el quehacer teatral, no sólo con el ejemplo de Henry James, también con los de escritores de nuestro tiempo y nuestro continente. No es el caso de Juan Villoro, quien llega al teatro con un certero discurso dramatúrgico, quizás por sus añejas experiencias infantiles en algún escenario y por su cercanía, como traductor, con algunos relevantes autores de dramas internacionales. La creación de Muerte parcial surge de reflexiones de Villoro tras el sismo del 85 acerca de la posibilidad de desaparecer simulando ser una víctima más del terremoto para cambiar de vida, y de una fotografía de cinco cadáveres colocados en pose ad hoc que le entregó Regina Quiñones para incitarlo a escribir un drama (y que se reproduce al inicio del montaje). El viejo propósito del escritor del hacerlo tuvo en estos dos sucesos un disparador que lo llevó a concretar lo que desde hacía años lo venía tentando.

Muerte parcial es una afortunada mezcla de thriller y de drama existencial que nos toca de cerca porque es muy común que en algún momento de la vida se desee transformarse en otro que cumplimente lo siempre anhelado. La pericia del autor se revela en su muy buena construcción dramática que sube la tensión en cada una de las 11 escenas que componen el texto, amén de que, como hubiera querido Aristóteles, al reconocimiento de la circunstancia por cada uno de los personajes sucede su cambio de fortuna, a excepción de Bruno, el “colado” que no estuvo en el accidente de la montaña pero que también desea cambiar su vida por seguir a Roy. La morosidad con que se presentan Sandra y su amante casado Samuel, para quien cambiar es tener champaña y un auto de lujo, contrasta con la escena en que presenciamos el anhelo del viejo locutor deportivo de llevar una vida plácida al lado del joven Roy y en la que aparecen los celos hacia ese misterioso licenciado Velarde, la cuarta persona ansiosa de desaparecer. La tardía presencia de Ernesto Velarde, en la reunión en su casa, dará un giro inesperado a la historia y precipitará el final.

No tengo mayores indicios de la vida profesional de la directora Regina Quiñones, excepto que formó parte de la plantilla docente del desaparecido Foro de Teatro Contemporáneo fundado por Ludwik Margules (a quien dedicó este montaje), que ha impartido talleres y que es coautora de una serie radiofónica acerca de los feminicidios de Juárez. Su desempeño es notable por inteligente, por su ritmo, por la dirección de actores y por el trazo escénico, por lo que se esperan otros montajes suyos. La escenografía es de Edyta Rzewuska –también responsable del vestuario– que muestra una estructura básica para todas las escenas en la que se intercambian o se quitan los muy escasos muebles (en oscuros un tanto largos que esperamos se aligeren en el transcurso de las representaciones), una ventana opaca en la casa de Bruno rodeada de una extraña enredadera interior; en la escena final, la casa de Velarde, los muros se han descompuesto simbólicamente y muestran un también simbólico exterior de anheladas montañas, árboles y cielo muy azul. La iluminación, diseñada por Lydia Margules, apoya y complementa la escenificación.

El elenco está encabezado por dos conocidos actores y participan otros de menor trayectoria. El excelente Fernando Becerril encarna al locutor gay Bruno con casi imperceptibles amaneramientos que se vuelven poderosa y viril actitud cuando recuerda, narrando, algunos momentos deportivos de ese pasado que lo ha convertido en una leyenda para quienes lo escucharon. El también excelente Juan Carlos Remolina, como Ernesto Velarde, es un desagradable y estentóreo político a la mexicana, ganancioso de la situación que ha creado y de la que con habilidad sabe salir. María Inés Pintado interpreta con eficacia a la enamorada Sandra con su cambio final cuando se devela todo, al igual que Raymundo Pastor, como Samuel, que de sibarita pasa a acosado, y Ricardo Palacios Reynaud es un esquivo Roy, del que adivinamos que tiene un secreto, con un cambio de actitud también al final.

Al excelente debut como dramaturgo de Juan Villoro se suma esta muy buena escenificación con la que muchos conocimos como directora a Regina Quiñones y de pilón la noticia dada por la Coordinación General de Teatro de que se rompe el límite de las únicas 30 representaciones con que se había venido trabajando.

 
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