Usted está aquí: miércoles 21 de noviembre de 2007 Sociedad y Justicia “Que les diga que se vayan, pero no tienen adónde”

Para Alberto Rosada, todas las maldiciones de su vida llegaron en unas cuantas semanas

“Que les diga que se vayan, pero no tienen adónde”

Alonso Urrutia y René Alberto López (Enviado y corresponsl)

Villahermosa, Tab., 20 de noviembre. Su hija nació en medio de la contingencia, cuando los niveles del agua asfixiaban la ciudad y se llevaron consigo su casa y todo lo que había en ella. Los médicos del Hospital de la Mujer apenas le dieron un respiro de tres días en el nosocomio, en lo que el niño superaba los vómitos, para devolverla, sin más, al albergue.

Rosa María Hernández, 27 años, cinco hijos y esposa de un albañil, permanece en el albergue de la primaria Carlos Rovirosa, porque del kínder donde estaba, después del parto la conminaron a dirigirse a otro lugar porque la escuela estaba por empezar las clases. No son pocos los planteles que aún siguen como albergues, por lo que han interrumpido indefinidamente las clases, hasta que las decenas de familias que aún permanecen en ellos puedan regresar a sus casas.

–¿Cómo se llama?

–Aún no tiene nombre –responde Rosa María, mientras mira a su nuevo hijo, con una evidente baja de peso. Considera que el susto por las inundaciones le aceleraron el parto, originalmente planteado para finales del mes, pero nació el 13 de noviembre. Su esposo anda en la colonia Miguel Hidalgo, tratando de rescatar algo en la casa de lámina que se engulló la corriente, antes de que salieran sin poder rescatar ropa.

Las anécdotas en los albergues cruzan las tragedias personales con el desastre en la entidad. La historia reciente de Jorge Alberto Rosada es un rosario de desgracias, como si le hubiesen reservado todas las maldiciones de su vida para unas cuantas semanas: su mujer lo abandonó dejándole los tres hijos, la mayor de ellas, de 16 años, lo acaba de convertir en abuelo; su casa se fue completamente al agua y su taquería se fue a pique también.

Su hija Alin no termina de ser niña y ya está criando a Rubí, quien por añadidura nació de ocho meses, apenas cinco días antes del inicio de la creciente.

–¿La dejaron en incubadora?

–No. Le dieron baños con trapos calientes, la pusieron con una lámpara media hora y me la dieron, afirma.

Su papá asegura que en el hospital no han tenido piedad con su nieta las veces que han tenido que llevarla porque se ha enfermado en el albergue. “Ni siquiera me dejan entrar a acompañar a mi hija, que no tiene experiencia…”.

A la escuela Carlos Rovirosa llegó hoy una brigada de médicos cubanos, quienes le han diagnósticado a Rubí un “cuadro viral importante” que requeriría de una atención más especializada.

El albergue es atendido por Yara del Carmen Izquierdo, una profesora que ha estado a la cabeza del mismo desde el día 29. En su momento más crítico llegó a haber 500 personas, de las cuales aún quedan 250.

-¿Le han dicho hasta cuándo funcionará?

–Sólo me dijeron que intentará convencer a la gente que ya puede, de alguna manera, regresar a sus casas, pero se quedaron sin nada. Llegaron, casi todos, con lo que agarraron, mojados y sin casi nada.

 
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