Usted está aquí: miércoles 21 de noviembre de 2007 Opinión Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Miguel Ángel Velázquez
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Rijosos católicos vs. católicos rijosos

El arte de silenciar a campanazos

La irrupción en Catedral, tinglado bien montado

Nada que discutir. Que entraron para reclamar, con el dolor de la humillación y la rabia por lo mismo, sí, es verdad; que cayeron en la trampa, también es cierto, pero que quien montó la provocación desde el campanario de la Catedral sabía lo que estaba haciendo, es una verdad incontrovertible, y merece la misma condena con la que se pretende castigar a quienes irrumpieron en el recinto eclesial.

Y que quede claro, quienes reclamaron dentro de la Catedral que se tratara de silenciar a punta de campanazos a sus líderes, son militantes del catolicismo, creyentes, gente que creció y vive dentro de esa fe, pero que también sabe y está consciente de que quienes dirigen esa iglesia están alejados de la feligresía.

Por tanto, no se vale que quienes condenan a los “rijosos” se nieguen a mirar que en el hecho hubo una provocación bien montada, y que en eso hay uno o más responsables que deben admitir sus responsabilidades, para que en lo futuro no se repitan incidentes tan desagradables, de uno y otro lados.

Entonces, que quede claro, nadie atentó contra la Iglesia, hubo, eso sí, un reclamo, sonoro, en contra de quienes ordenaron que las campanas repicaran por un tiempo mayor al acostumbrado, con un tañer frenético que parecía llamar a la confrontación y con ello buscaran ahogar la voz de quien algo tenía que decir a los miles reunidos en el Zócalo, pero a la institución católica nadie quiso, seguramente, causar daño.

Lo otro son los líderes de esa iglesia, hombres que conforme a las leyes del Estado Vaticano, no las del país en el que habitan, se convierten en los impuestos guías espirituales de quienes profesan esa doctrina, y sus acciones nunca pasan por el escrutinio de la sociedad católica, que debe aceptar, sin pataleo, los vicios y los intereses alejados de las reglas de la religión, como se ha podido comprobar en múltiples ocasiones.

Es frente a ellos, contra ellos que se levanta la protesta, porque son los que antes de atender y entender lo que sus fieles exigen, sirven al poder político, seguramente con el afán de ganar las voluntades que les permitan actuar abierta, legalmente, en las contiendas por el poder que tanto les interesa.

No hace mucho, en uno de sus cónclaves, los representantes del catolicismo expresaron sin ambages su intención de insertarse en la vida política de México. La amenaza pasó casi inadvertida, pero encendió los focos rojos de los sectores que consideran inadecuada, por lo menos, la participación de esos hombres en la contienda legal por el poder, aunque está probado que intervienen, según su parecer, sin recibir las sanciones que marca la ley en esos casos.

Total, el suceso del domingo pasado deberá contener varias enseñanzas para la gente, principalmente para los seguidores de López Obrador. La primera es que se debe medir, con precisión, cada una de las provocaciones, vengan de donde vengan, para evitar la condena manipulada de quienes la montan, y después, que en esa misma medición se valore la importancia del acontecimiento al que se les convoca, para no levantar polvaredas que impidan mirar con claridad el rumbo de su esfuerzo, porque de lo contrario lo más importante, como la lucha contra la carestía y la defensa de los recursos naturales del país, se pierde entre el griterío de las chachalacas.

Y los provocadores deberán tener en cuenta que las palabras de Juárez estarán siempre vigentes como verdad incontrovertible, y el resultado de la ecuación que establece el derecho al respeto ajeno, seguirá siendo la paz.

De pasadita

Fue el mismo domingo pasado que por fin se volvieron a ver las caras de los dirigentes del PRD por esta capital. Mientras su partido se desbarata por las pugnas internas, y se crean leyes contrarias a los intereses que dicen defender, los señores se la pasan cachetona en Cuba, pero lo peor es que esos viajes no los ilustran. Si no, nada más pregúntenles al presidente de ese partido en el DF o al delegado de la Cuauhtémoc ¿qué tal les fue en la Habana?, porque aquí, en la ciudad, cada vez les va peor. ¡Felicidades!

 
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