Usted está aquí: viernes 16 de noviembre de 2007 Opinión La Muestra

La Muestra

Carlos Bonfil
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Los falsificadores

La cinta parte de una revisión autocrítica que el cine alemán y austriaco elaboran sobre su pasado histórico

Salomón “Sally” Sorowitsch (Karl Markovics) es el inescrupsuloso judío ruso que durante la Segunda Guerra mundial acepta colaborar con los nazis falsificando billetes estadunidenses y británicos, en un esfuerzo por reactivar la economía alemana y desestabilizar los mercados occidentales. La anécdota es real y la consigna un compañero suyo, Adolf Burger, en su libro de memorias El taller del diablo. El realizador austriaco Stefan Rusowitzky (Los herederos, Anatomía) retoma esta historia para elaborar una reflexión sobre el dilema moral al que eventualmente se enfrenta Sorowitsch.

La acción transcurre en gran parte en los campos de concentración de Mathausen y Sachsenhausen, a donde ha ido a parar el conocido falsificador Sally, y refiere el pacto fáustico que le propone el oficial nazi Friedrich Herzog (Devid Striesaw): colocar al servicio del Reich sus habilidades de fabricante de moneda falsa, a cambio de ciertos privilegios y mejores condiciones de vida. En realidad, lo que está en juego es su propia supervivencia y la de sus compañeros cercanos, a quienes en lo sucesivo adiestra en el oficio de la falsificación hasta crear el taller al que alude el título de Burger.

Los falsificadores se presentó este año exitosamente en el Festival de Berlín y forma parte de una revisión autocrítica que el cine alemán y austriaco han venido elaborando del pasado nazi de ambas naciones. Entre los títulos más exitosos figuran La caída (Der Untergang), de Oliver Hirschbiegel, y La rosa blanca (Sophie Scholl), de Marc Rothemund, aunque ninguna de estas producciones explora los predicamentos morales de las víctimas del nazismo como lo hace Rusowitzky. No se trata sólo de una crónica de la supervivencia física, tema ampliamente tratado, sino de modo más sugerente, de la preservación de la dignidad moral de prisioneros que saben o intuyen que lo que está en juego no es únicamente la muerte propia o el colapso del régimen nazi (posibilidades ambas muy concretas e inminentes), sino la responsabilidad ética que supone colaborar o sucumbir heroicamente con el enemigo.

El director concentra esta reflexión en el continuo contraste de las personalidades del cínico y encantador Sorowitsch y de su compañero, el idealista Burger. Una de las frases favoritas de Sorowitsch había sido antes de la guerra: “¿Para qué hacer dinero traficando con el arte, cuando se puede hacer dinero con el mismo dinero?”

La cinta remite a un hecho histórico, el funcionamiento de la llamada Operación Bernhard como un intento desesperado por inundar a Estados Unidos e Inglaterra con dólares y libras falsos para sacar a flote las finanzas del Reich seriamente afectadas por el desgaste bélico, y a partir de esta anécdota pone de relieve el comportamiento ambiguo, moralmente cuestionable, de uno de los especuladores del conflicto, el judío Sorowitsch. Lo interesante es la manera en que el realizador difumina las fronteras entre el bien y el mal, señalando –al margen de comportamientos irreprochables como el de Burger, adepto de la resistencia—, el potencial de corrupción y mezquindad en los seres humanos, una cuestión que se abordaba ya en Los herederos, cinta anterior del cineasta. Cabe destacar la notable actuación de Karl Markovics, quien jamás inclina la balanza del lado de la villanía fácil, y dosifica muy bien en cambio la vanidad, el desenfado, y un asomo de generosidad, como rasgos distintivos del judío Sally, un hombre que como tantos otros en una época sombría, supo diversificar las estrategias de supervivencia.

 
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