Usted está aquí: domingo 4 de noviembre de 2007 Opinión Desde Otras Capitales

Desde Otras Capitales

Rosa Rojas, corresponsal

La hoyada

Ampliar la imagen Laderas de la hoyada, en La Paz  Ximena Bedregal Laderas de la hoyada, en La Paz Ximena Bedregal Foto: Ximena Bedregal

La Paz. Bajo un cielo azul intenso de luminosidad cegadora y rompiendo la infinitud del altiplano andino, se encuentra el gran hueco, la hoyada, de Chuquiagu, nombre aymara de La Paz, de cuyos cerros cuelga la ciudad formando una intrincada y vistosa textura de ladrillo, adobe y brillante calamina.

Abrazada por nevados eternos y a los pies del imponente Illimani, esta telúrica ciudad de altura y profundidad se despliega entre los 4 mil y los 3 mil 200 metros de altura en forma de lagartija.

A diferencia de casi todas las ciudades, las clases pudientes se ubican en los barrios más bajos, donde hay más calor y oxígeno.

La falta de espacio ha hecho que su parte central sea un conjunto de altos edificios de clase media, que asemeja un pequeño Nueva York, y los nuevos barrios ricos de las partes bajas se construyan en mesetas logradas a base de despuntar los cerros.

Los barrios pobres en cambio cuelgan de las laderas en pequeñas terrazas donde, vía autoconstrucción, se levantan viviendas que parecen romper todo equilibrio y que en cada época de lluvia lamentan derrumbes y víctimas.

Las principales coordenadas para orientarse y recorrer la ciudad son las palabras “arriba o abajo”. Diariamente los habitantes de las laderas este y oeste de los cerros bajan y suben hasta 965 escalones para recorrer 200 metros en callejuelas de escaleras que, llenas de puestos de ventas, atraviesan toda la ciudad y exigen a sus habitantes no sólo buenas piernas sino mejores pulmones.

 
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