Usted está aquí: martes 30 de octubre de 2007 Cultura Demoledor unísono orquestal juvenil

El debut de la sinfónica que dirige Dudamel, entre lo más notable del Fórum Monterrey

Demoledor unísono orquestal juvenil

Pablo Espinosa (Enviado)

Ampliar la imagen Jóvenes músicos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, con el director Gustavo Dudamel (tercero de izquierda a derecha), al término del concierto que ofrecieron anteanoche en Monterrey, después de despojarse del saco formal, negro, para lucir chamarras con los colores de la bandera de ese país y ofrecer sus encores Jóvenes músicos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, con el director Gustavo Dudamel (tercero de izquierda a derecha), al término del concierto que ofrecieron anteanoche en Monterrey, después de despojarse del saco formal, negro, para lucir chamarras con los colores de la bandera de ese país y ofrecer sus encores Foto: Pablo Espinosa

Monterrey, NL, 29 de octubre. Presenciar un concierto con Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela es una de las experiencias máximas que por igual un experto que un escucha circunstancial disfrutan como una de las más intensas, electrizantes, conmovedoras, alegres, sublimes, inolvidables de toda una vida. Marcan impronta estos jóvenes en la flor de la vida, convertidos en un referente: la perfección técnica de esta orquesta, que comparte con las mejores del planeta, es el punto de partida para una explosión de energía, jolgorio, belleza y un rendimiento artístico fuera de serie.

Esta formación inusual de 220 músicos en escena hizo su debut en la capital nuevolonesa, como el capítulo más trascendental de una serie de actos de calidad enorme como parte del Fórum Monterrey. Ofrecieron un par de programas en el inicio de una gira que los llevará a Estados Unidos, pero antes a Guadalajara y estarán en la ciudad de México para un concierto único en Bellas Artes, el 15 de noviembre.

Según comentó Gustavo Dudamel a La Jornada, todo apunta hasta el momento a que tendremos el privilegio de escuchar en vivo en esa fecha próxima la Quinta Sinfonía de Mahler con estos jóvenes, que constituye el más reciente referente que tiene puesta de cabeza a toda Europa, pues se trata de una grabación, realizada bajo el sello Deustche Grammophon, reseñada en estas páginas hace unas semanas, que consagra a esta orquesta y a Dudamel en los primeros lugares de calidad, trascendencia y gozo musical en el mundo.

En Monterrey interpretaron en vivo, en tanto, el material de su primer disco bajo el sello alemán, que contiene las sinfonías 5 y 7 de Beethoven, versiones dotadas de una potencia que alcanza los niveles más brutales, enardecedores, dinamogénicos inimaginables.

El primer detonador de asombro es el número poco usual de ejecutantes, 220, lo cual implica, por ejemplo, una sección de 52 (¡!) violines, 20 violonchelos, seis trombones, 19 violas, una cantidad alucinante de metales y una sección crecida de alientos-maderas preñada de encanto con un sonido en plena ebullición.

Abreu, impulsor del proyecto musical

El factor Dudamel es definitivo: formado por su maestro, José Antonio Abreu, el gran ideador y artífice del proyecto musical que tiene a Venezuela sembrada de orquestas de niños y jóvenes, el estilo de Gustavo sobre el podio es devastador: dominio absoluto de la orquesta, precisión y equilibrio tanto en la mano de la batuta, la derecha, como la izquierda, la de los matices.

Vaya, es tan absoluto el control que tiene Dudamel sobre el sonido, que si bien sabemos que un buen director se reconoce porque el gesto que haga se escucha, se transforma en sonido, esto es que Dudamel cimbre su cuerpo y su larga melena afro estalla como un remolino de burbujas oscuras que retiemblan al igual que el piso tremola bajo el efecto de un unísono orquestal demoledor.

Y he aquí la magia de la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar: sus jóvenes integrantes poseen tal dominio técnico sobre sus instrumentos que les permite reflejar su personalidad entera: tocan con ímpetu salvaje, sacan sonidos de sus instrumentos de manera casi épica, con un volumen asombroso, arremeten cada compás con una enjundia endiablecida pero, gran detalle, con una sensibilidad arrobadora, es decir: se trata de un alto contraste que desarma: el sonido es brutal, pero el efecto es dulce y delicado.

Por ejemplo, la sección de 20 violonchelos 20 suena como si fuera uno solo pero con un volumen impresionante, afinación perfecta y un embrujo fulminante. Las muchachas y los chavos parecen golpear con un hacha el puente de sus violonchelos, con mayor elegancia y fuerza aún que los finlandeses de la banda de violonchelo-rock Apocalyptica, que hacen versiones cuasi-sinfónicas de las rolas de Metallica.

Resultan una pálida sombra esos güeros finlandeses frente a las hermosas morenas y los apuestos morenazos venezolanos de la Orquesta Simón Bolívar, quienes le tunden durísimo a sus violonchelos pero, hay que insistir, lo que suena es de una exquisitez y una delicadeza que desmadejan al escucha.

Al final de sus conciertos, Dudamel y sus compañeros suelen quitarse el saco oscuro formal de concierto y se portan una chamarra con los colores de la bandera de Venezuela y empieza una segunda fiesta, la de las piezas de regalo, que aquí incluyeron una versión caribeña del Huapango, de Moncayo, un popurrí de temas populares venezolanos (Alma llanera, et al) y la repetición del Mambo que incluyó Leonard Bernstein en sus Danzas Sinfónicas de West Side Story: los muchachos venezolanos echando desmadre como en la secundaria, bailando en sus asientos, gritando ¡mambo! Llenando el mundo de alegría.

América Latina y el mundo están iluminados por un rayo de esperanza: Dudamel, la Orquesta Simón Bolívar y el sistema musical que ha puesto a Venezuela a la par civilizatoria que Europa. Un milagro cultural.

 
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