Usted está aquí: domingo 21 de octubre de 2007 Política Los líos de Nicolas Sarkozy

Guillermo Almeyra

Los líos de Nicolas Sarkozy

No me refiero a sus líos conyugales, ya que los mismos son estrictamente privados, aunque la izquierda “buenuda” se escandalice ante lo que otros, laicamente, definen affaires de cu. Hablo de la huelga general de los asalariados del transporte (metro, buses, trenes) contra el intento de imponer a los trabajadores de ese ramo la prolongación por cuarenta y dos meses más de su vida laboral, antes de la jubilación. Este paro, ampliamente acatado, inaugura la “estación social” de este gobierno y representa para el mismo una amenaza mucho mayor que la oposición tibia del Partido Socialista o que las vagas e interminables negociaciones para constituir un frente amplio de la izquierda política y social.

Por supuesto, todos los medios de información hablarán mucho más de los pruritos amorosos de la ex pareja presidencial que de la importancia de esta huelga nacional que precede a una ola de otros movimientos sociales en uno de los países capitalistas más importantes.

Sarkozy, además, debe lidiar con la política exterior. Por ejemplo, no puede mirar para otro lado, silbando, mientras Bush amenaza con una guerra atómica a Rusia y el mundo, sobre todo porque Rusia es una potencia europea y es proveedora de combustible a Francia y a la Unión Europea. Este hombre, que adora el american way of life y a George W. Bush, tiene que tragarse las afirmaciones de su ministro de Relaciones Exteriores, el ex socialista y siempre sionista Bernard Kouchner, sobre la inevitabilidad de un ataque atómico a Irán y, ahora, viaja a Marruecos para que Francia no sea desplazada por Estados Unidos del norte de África, lo cual le obligará a desempolvar una política “árabe” que no es funcional desde el punto de vista de Washington.

Dicho sea de paso, esta política “árabe” de segunda la inauguró su ahora ex mujer al conseguir que Muammar Ghadaffi liberase a las enfermeras búlgaras que habían sido condenadas a muerte bajo la acusación de sembrar el sida. Y a dicha política agrega otra latinoamericana (de quinta categoría) negociando con Álvaro Uribe y con las FARC, con la intermediación de Hugo Chávez, la liberación de la ex candidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt, que tiene también nacionalidad francesa. O sea, incursiona en el patio trasero de Washington reconociendo a una guerrilla y dando un espaldarazo al “promotor del mal” de Caracas…

Durante el reinado de los Reyes Cristianísimos (así se hacían llamar los monarcas franceses), Francia no dejaba en manos del Vaticano la conducción de su Iglesia ni de su política exterior. Este galicanismo no ha desaparecido sino que se expresa, ahora, en una “soberanía con servilismo limitado”, para calificarlo de algún modo, frente al boss estadunidense en desgracia. De modo que las diferenciaciones entre el gobierno de ultraderecha sarkoziano y el de Bush serán mayores, previsiblemente, que las que separan a éste del gobierno “socialista” británico.

Dada la inseguridad del gobierno alemán y la presión rusa sobre los europeos occidentales, es posible esperar igualmente que la política de la Unión Europea no esté totalmente alineada con la estadunidense, sobre todo ante la torpeza y la brutalidad de las amenazas bélicas formuladas por Bush y ante las provocaciones a China –gran mercado europeo–, como el recibimiento a ese muerto político viviente que es el Dalai Lama en el mismo momento en que la jerarquía china, en su congreso y después de él, busca definir una política de mediano plazo.

Sarkozy el Africano, Sarkozy el Caribeño, Sarkozy el Europeo, escapan de la imagen de our men in Paris (“nuestro hombre en París”), peor que Tony Blair. En la política hay una densidad histórica, sociocultural, que impregna incluso a los advenedizos, como este hijo de inmigrante burgués húngaro formado en la derecha francesa gaullista.

Por supuesto que esto no significa que haya que esperar una evolución del personaje que es y seguirá siendo reaccionario. Sí significa, en cambio, que el muro que debe enfrentar la izquierda social francesa es frágil y está resquebrajado y podría incluso caer si todos los que quieren derribarlo empujan juntos, y no en orden disperso, y son capaces de proponer, en todos los terrenos, una política alternativa para la cuestión social, para la educación y la cultura, para Europa, para la inmigración, para la paz mundial. ¿Es demasiado pedir que los socialistas sean socialistas y los izquierdistas anticapitalistas?

 
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