Usted está aquí: jueves 20 de septiembre de 2007 Sociedad y Justicia Navegaciones

Navegaciones

Pedro Miguel
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El mundo y El cascabel

Japoneses, mariachis y jarochos

16 versiones de un son jarocho

El otro día Marco Barrera me mandó el vínculo al video de una interpretación muy hermosa de El cascabel, tocada por un grupo de músicos japoneses entre los que destaca Agematsu Mika, quien perfeccionó sus habilidades con maestros paraguayos, recibió el título de maestra arpista en Veracruz y es ya parte del panorama musical latinoamericano con una buena media docena de discos dedicados a las melodías de por aquí. Para mi sorpresa, algún usuario de Youtube dio rienda suelta a su indignación patriótica en un comentario: “No frieguen... ya los chinos nos van a piratear hasta la música del mariachi??? Chale, no es justo... como sea, le falta demasiado a la chava de la arpa para poder tocar al nivel del Vargas de Tecalitlán...” Tal vez al autor de esas palabras le terminaría de dar el soponcio si tuviera noticia de las varias bandas de mariachi que pululan en las tierras del sol naciente, de las que la más famosa es el Mariachi Nippon, que el año pasado tocó en la explanada delegacional de la Magdalena Contreras. Y qué dirán los masiosares cuando vean a los mismísmos de Tecalitlán interpretando en Tokio la célebre Kawa no Nagare no Yoni, o cuando una señora evidentemente nipona canta en japonés (y bien) Volver, volver.

“Bola hueca de metal, ordinariamente del tamaño de una avellana o de una nuez, con asa y una abertura debajo rematada en dos agujeros. Lleva dentro un pedacito de hierro o latón para que, moviéndolo, suene”, dice del objeto Madre Academia, y cuenta que el baile del cascabel gordo era un “festejo o diversión en que la gente vulgar, o quienes querían imitarla, se regocijaban y alegraban”. Gracias al tal Mariachi Vargas la tal vulgaridad ingresó, un tanto embalsamada y disfrazada de bel canto, al Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana; luego la cantante Yuri se encargó de convertir la refinada copla popular en vulgaridad televisiva. No voy a meterme en conflictos regionales, pero es un poco raro reivindicar, en nombre del mariachi, la mexicanidad de una canción veracruzana que acabó en las trompetas y violines jaliscienses, pero sin el arpa jarocha original. Tal vez la hibridación se produjo en el Distrito Federal, en la plaza que fue bautizada en honor del revolucionario italiano José Garibaldi, nieto del célebre Giuseppe y tan alborotador como su abuelo, y quien combatió, con grado de teniente coronel, en las filas maderistas y se distinguió en el ataque a Casas Grandes, Chihuahua. En 1923 el coculense Juan Indalecio Hernández Ibarra llegó a la ciudad de México y abrió, en un local de la calle de Honduras, a un costado de la ya para entonces Plaza Garibaldi, una tienda-cantina a la que puso por nombre El Tenampa. Conforme los conjuntos de mariachi se despojaban de los calzones de manta, los huaraches y los sombreros de palma, y adoptaban atuendos que emulaban a los de los hacendados, este establecimiento se convertía en emblema universal del desmadre patriotero y charro. La actual administración del lugar no sabe a ciencia cierta de dónde viene el nombre:

“Unos dicen que era la marca de un habanero ya desaparecido; otros, que así se llama un río de España; otros más, que es el nombre de una ranchería de Veracruz; o que es una derivación del vocablo tenampal, que quiere decir ‘lugar de reunión’; hay quienes piensan que es una combinación de palabras: tenebra, tenebroso y hampa”.

Pero la referida ranchería no es tal, sino municipio veracruzano. En la Plaza Garibaldi los músicos de Cocula conviven desde hace mucho con los procedentes del Golfo, y el repertorio tradicional del mariachi, lejos de limitarse a los sones de Jalisco, suele incluir canciones rancheras, corridos, huapangos, sones jarochos, valses mexicanos, trova yucateca, baladas modernas e incluso piezas caribeñas, como el Lamento borincano, de Rafael Hernández. Hagamos rabiar al masiosare: “Yoshiro Hiroishi, cantante de fama indiscutible entre el público japonés, grabó Sabor a mí, con la que Alvaro Carrillo obtuvo el triunfo definitivo. Cuando el asiático visitó la ciudad de México, localizó al oaxaqueño, que actuaba en un centro nocturno, se vistió a la usanza tradicional japonesa, fue al antro y se presentó en el escenario con su guitarra y cantó Sabor a mí con éxito inusitado”. Por descontado, el mariachi está bien representado en la Península Ibérica por Semblanza Mexicana (Barcelona), Mariachi Azteca (Bilbao) y Grupo Mencey (Canarias), entre otros.

Madres, que ya voy a terminar y se me andaba olvidando El cascabel, que además de jarocho y jalisquillo es huasteco, como lo exhiben Los Camperos de Valles; se le escucha en Turquía con dos de sus instrumentos originales, el arpa y la quijada de burro; y si uno anda perdido en Wassenaar, en las afueras de Rotterdam, puede acudir al número 2421 de Polanenpark, tocar la puerta, preguntar por Gerrit van Ommering y por sus compañeros Mayra y Fred de Haas, y pedir que por amor de Dios interpreten un Cascabel muy aceptable y cantado casi sin acento. No son los únicos en Holanda: por allá anda también, o andaba, en el número 80 de la Granidastraat, Amsterdam, el sonero Félix Pérez. La melodía la toca asimismo un dueto formado por el californiano John Robles y el chiapaneco Jorge Mijangos.

Mono Blanco y el Grupo Siquisirí interpretan la pieza como los ángeles, pero ello no es obstáculo para que la entonen también los Niños Cantores de Morelia, que grupos menos conocidos la toquen en las calles de cualquier ciudad o en los restaurantes, o que jóvenes virtuosos o más bien chambones la ejecuten en sus habitaciones sin más público que una cámara de video.

Cuestión de gustos: a mí la que más me late es la versión de Antonio García de León que viene en el álbum Zacamandú / Antiguos sones jarochos. Espero no causar estropicios autorales terribles dejando esa rola (archivo de baja calidad, si es que eso es atenuante de algo) en ttp://casampolde.googlepages.com/El_Cascabel.mp3. Para estas notas he recurrido a Youtube en forma exhaustiva, y el resto de los links (ahora sí hay un montón, 16 sólo de otras tantas versiones de El cascabel, y ni sueños que quepan aquí) están navegaciones.blogspot.com.

No quiero irme sin agradecer, tardíamente, a Francisco Onésimo Torres, a Ana Zarina Palafox (anazarina.org) y a Lourdes Aguirre Beltrán, por el cálido y decimero recibimiento que me brindaron en el portentoso grupo de Yahoo Sonjarocho (mil 418 miembros, chútense esa), ni sin felicitar al Tlacuiloco porque se sacudió de encima al zopilote que lo andaba merodeando. Pues sí, querido Marco: no me imagino a un alemán que se espante cuando los mexicanos interpretan a Bach o a Beethoven, ni a un inglés engorilado por un palomazo de una rola de los Beatles en la colonia Narvarte. La música tiene cuna, pero no patria, o bien su patria es el mundo. Y vaya que las notas de origen mexicano lo han poblado.

 
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