Usted está aquí: jueves 6 de septiembre de 2007 Opinión Chile y el cambio de época

Angel Guerra Cabrera
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Chile y el cambio de época

Desde el golpe fascista contra Salvador Allende, al pueblo de Chile le han sido arrancados ininterrumpidamente la mayoría de los derechos económicos, políticos y sociales que conquistó en históricas luchas. Entre el gobierno de Pinochet y los de la democrática Concertación existe un hilo conductor: el mismo régimen expoliador y excluyente implantado en su momento a sangre y fuego.

Por eso no debe sorprender el despertar de la legendaria clase obrera chilena como protagonista política de primera línea, cuyo accionar podría ser decisivo en la derrota del neoliberalismo si se uniera al del pueblo mapuche, los estudiantes y mayoritarios sectores opuestos a esa política. Lo confirma la saña con que fue reprimida la reciente jornada de protesta de los trabajadores en el país austral. Prólogo de ella han sido dos grandes huelgas que reconquistaron el derecho a la negociación colectiva: la de los 5 mil operarios madereros del poderoso grupo Angellini y la de los trabajadores contratados de la estatal Corporación del Cobre.

¿Y el milagro chileno, mostrado como paradigma de éxito en foros académicos y generosos espacios mediáticos, trompeteado por Bush, Aznar, Vargas Llosa, Oppenheimer y demás heraldos del libre mercado? Le ha hecho honor a su nombre al convertir al país con uno de los mejores índices de reparto de la riqueza en América Latina –incluso desde antes de las extraordinarias realizaciones del periodo de Allende– en una las 12 naciones del mundo con mayor desigualdad. Según datos oficiales, el 10 por ciento más pobre recibe 1.1 por ciento del ingreso, mientras el 10 por ciento más rico acapara 42.3.

Pero dejemos que respondan la pregunta autorizadas e ideológicamente disímiles voces del país austral. Jorge Pávez, presidente del Colegio de Profesores: “No ha cambiado la matriz de la dictadura, que entiende la educación como un privilegio para quienes puedan pagarla”; Juan Luis Castro, presidente del Colegio Médico: “En Chile no hay acceso igualitario a la salud. Hay que esperar días, semanas o meses para una atención médica y tenemos un importante déficit de especialistas. Esos son problemas reales que no han sido abordados”; Arturo Martínez, presidente de la Central Unica de Trabajadores: “Aquí hay gente que tiene hambre, que está aburrida de esperar”; Camilo Escalona, presidente del gubernamental Partido Socialista de la presidenta Michelle Bachelet: “La propia prensa señala los abusos que se están cometiendo en las cadenas de supermercados, que se presentan ante el país como las principales empresas con rentabilidad... que se está logrando sobre la base de abusos y atropellos”.

Demos ahora la palabra al muy conservador Adolfo Zaldívar, senador y ex presidente de la Democracia Cristiana, uno de los dos partidos más importantes de la alianza de gobierno: El país “está en una situación límite, con una tecnocracia que ha avanzado sobre la base de un poder transversal dentro de la Concertación, y de alguna forma respaldado por grupos económicos, poderes fácticos que han impuesto un modelo contrario a nuestra realidad y a la gente” (las cursivas son mías). Existen declaraciones similares a las de Zaldívar de otros integrantes de la elite chilena. ¿Se habrán vuelto chavistas?

Cuando personeros de las clases dominantes tocan arrebato es porque la quiebra del régimen es mucho más honda de lo que se aprecia en la superficie. Pero con sus peculiaridades, la situación en Chile expresa el fenómeno general de la debacle del capitalismo dependiente en América Latina. Tal vez nadie lo haya expresado más contundentemente que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, cuando refiriéndose al socialismo del siglo XXI por edificar ha dicho que “no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época”.

Eso sí, no echemos campanas al vuelo esperando de las “leyes de la historia” que hagan por sí solas la tarea de los movimientos populares latinoamericanos y sus líderes. Es imperioso luchar muy duro, organizarse y unirse bolivarianamente para no desaprovechar esta coyuntura única, en que es posible propinar a escala continental la mayor derrota de su historia al imperialismo de Estados Unidos. Como vemos en estos días en Bolivia, allí donde más cerca parecen estar los de abajo en tomar por fin las riendas de su destino clava la garra el águila imperial para tratar de impedirlo. No hay revolución que sobreviva si no mide acertadamente esa gravísima amenaza y es capaz de vencerla.

 
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