Usted está aquí: domingo 2 de septiembre de 2007 Política Cuba y los compadres

Guillermo Almeyra /I

Cuba y los compadres

En Cuba y en torno a la situación cubana y al qué hacer hoy y allí ha nacido un interesantísimo debate. Los ar-tículos de la revista cubana Temas o la discusión sobre el llamado periodo gris (de imposición burocrática del pensamiento estalinista) son la parte mejor del aporte cubano a la salida de la crisis por la izquierda, pero no faltan ni en la intelectualidad ni en la burocracia los que miran con envidia el desarrollo del mercado y de los nuevos capitalistas en China o, incluso, la transformación de millares de burócratas ex dirigentes “comunistas” en los “nuevos rusos” ligados a la mafia o en los capitalistas de los ex países “socialistas” de Europa oriental. Fuera de Cuba también hay críticos de izquierda, interesados en la sobrevivencia y la regeneración de la revolución cubana y otros que, con supuestos argumentos “de izquierda”, proponen reformar burocráticamente a la burocracia sin recurrir a los trabajadores cubanos porque creen que la mayoría de éstos son pro capitalistas y prefieren la suerte de Puerto Rico a la orgullosa independencia de la isla.

No tengo espacio para un análisis exhaustivo ni del muy interesante artículo de Javier Mestre en Rebelión del 27 de agosto ni de lo que escribieron James Petras y Robin Eastman-Abaya en la misma página el 24 del mismo mes, cosa que espero alguien haga desde Cuba. Se imponen sin embargo algunas observaciones al respecto.

Como expuso Fidel Castro en su famoso discurso en la Universidad, la revolución cubana podría morir desde adentro debido al desarrollo de una burocracia que tiene valores y mentalidad capitalistas así como por las desigualdades sociales que zapan la base política de la resistencia al imperialismo, y por el crecimiento de la apatía, el apoliticismo, la corrupción, el robo generalizado de todo lo que es público y la crisis moral en ascenso. Hay que considerar además que todos los problemas que enfrenta Cuba se podrían multiplicar ante un agravamiento de la situación económica mundial y del terrorismo de Estado bushista provocado por la necesidad del imperialismo de correr hacia adelante, hacia la aventura en Irán y en el mundo, para tratar de evitar así una peligrosa radicalización político-social en Estados Unidos, todo lo cual tendría enormes repercusiones en Cuba. De modo que quienes desean corregir las deformaciones político-sociales en Cuba y dar una base firme a la conciencia de la necesidad de defender la independencia y la revolución, libran hoy un verdadero combate contra el tiempo. En ese sentido, es cierto que los datos económicos y la vida cotidiana están mejorando “poco a poco”, como destaca Mestre. Pero nadie puede esperar de nuevas promesas para el futuro cuando urge un cambio porque las cosas en el país, tras un cuarto de siglo de crisis terrible, siguen siendo difíciles –Raúl Castro anunció incluso que no había acabado el “periodo especial”– y se hacen intolerables. De ahí que no baste el llamado a la conciencia revolucionaria de los jóvenes, buena parte de los cuales, sobre todo en La Habana, carecen de ella y creen que en el capitalismo todo es armonía y belleza ya que ven turistas de muchos países con alto poder de compra mientras ellos, en cambio, no pueden visitar ni las mejores playas cubanas. Menos aun cuando, oficialmente y no sólo en alguna revista especializada, no se ha hecho un balance crítico de lo que fue el “socialismo” estalinista ni de por qué el gobierno cubano intentó imitar muchas de sus políticas y métodos y lo elogió durante mucho tiempo.

En la ex URSS uno escuchaba a menudo “a salario de mierda, trabajo de mierda” o “ellos fingen que nos pagan y nosotros fingimos trabajar”. El robo de materiales y recursos estatales era allí –y es hoy en Cuba– una forma salvaje e individual de “redondear” los salarios. Esta actitud tan generalizada indica que lo público aparece ante la población como cosa “del Estado”, “de ellos”, externa y abierta al saqueo de los trabajadores que no sienten que el Estado son ellos mismos y no el aparato burocrático, tal como sucedió también en la Argentina con la estatización de los ferrocarriles durante el primer gobierno de Perón pues los mismos siguieron funcionando como antes, sin control alguno de trabajadores y usuarios.

Si los medios de comunicación no dan ejemplos claros de qué era Cuba antes de la revolución (hay que saludar a este respecto las reflexiones históricas de Fidel Castro) ni de qué sucede en la vida cotidiana en los países capitalistas, ni dan estadísticas sobre la mortalidad infantil, sobre las muertes por hambre, sobre la situación sanitaria o el índice de desocupación de los países mismos de donde vienen los turistas y no explican el origen social de éstos, la propaganda imperialista y el turismo tendrán un efecto político desmoralizador, absolutamente nefasto. Es necesario, pues, un cambio radical en la orientación cultural y en los medios de comunicación cubanos, como pide Mestre. Pero aún más importante es que la gente pueda contar con una libre información y realizar una libre discusión sobre lo que pasa y so- bre cómo remediar las injusticias, las desigualdades, las carencias, algunas de las cuales Fidel Castro ha denunciado. Mestre dice, justamente, que las asambleas de las cooperativas campesinas no son realmente libres, porque se hacen para ratificar lo resuelto previamente por el partido y la gente teme formular críticas porque podría ser tildada de “contrarrevolucionaria”. También critica, como lo hizo igualmente Granma, que muchos autobuses de empresas no carguen a quienes esperan en la calle o les cobren 10 veces lo que establece la ley para transportarlos. Pero no se pregunta por qué la gente tolera ese abuso, no impone que la lleven, no paga lo justo, no denuncia al conductor: es que todos estiman lógico que éste utilice como si fuera suyo un medio estatal para aumentar su salario privado y están acostumbrados a que otros, desde arriba, enderecen las cosas y a ser objeto y no sujeto del cambio. En lo esencial, eso es lo que hay que eliminar.

 
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