Usted está aquí: domingo 2 de septiembre de 2007 Opinión La frase negra

Agustín Goenaga

La frase negra

Ampliar la imagen Ilustración de la portada del libro Ilustración de la portada del libro

La primera novela de Agustín Goenaga (México, 1984) se titula La frase negra, y promete convertirse en una nueva ruta de la narrativa mexicana y, al mismo tiempo, tendiendo puentes con clásicos como Bajo el volcán, de Malcom Lowry. Es la historia de un joven narrador que habita en un pueblo costero y “confunde los sueños con la escritura y la realidad con el mito mientras sufre el mar de amores a causa de la mujer de su hermano”. A ese triángulo habrá que añadir su pasión por recolectar historias. Con autorización de Ediciones Era, que coedita el libro junto con el CNCA, La Jornada ofrece a sus lectores un adelanto de esta obra que ya se encuentra en librerías

Se debe comenzar de alguna manera, no es sencillo, todas las posibilidades se despliegan ante los ojos y su fastuosidad las hace inaprensibles, el infinito se desnuda y es imposible elegir; uno queda de pie, en medio de esa visión en blanco, atontado como si acabase de contemplar a un dios a hurtadillas. Pero es necesario comenzar y al final el azar es quien dictamina el resultado. Tal vez haya sucedido lo mismo al Creador el primer día de trabajo, quizá también haya comenzado por el final. De una u otra manera se llega siempre al mismo núcleo, al mismo origen adonde las palabras nos conducen. Así que comenzar con un viejo sentado en una cantina mientras oía apenas una conversación que no le interesaba porque en su mente había una imagen que lo estremecía y lo hacía querer huir, da igual que comenzar con una mujer asesinada sin que nadie –o casi nadie– se enterase o con un muchacho que zurcía una red de pesca en el techo de un granero. No. Comencemos mejor con el mismo muchacho pero unas semanas más tarde, en la cantina, acompañado del capitán Milton que cabeceaba apaciblemente mientras él fumaba y sin mover los labios se dirigía a la mujer de su hermano, Alia, quien se había quedado en casa:

¿Y recuerdas aquella vez que nos quedamos mirando los cargueros? Caminábamos hacia el pueblo sin quitar la vista de la isla. Nunca habíamos visto tantas lanchas atravesar el canal al mismo tiempo. Ni siquiera la última llegada del barco ha sido tan numerosa como aquélla. Los motores traqueteaban y generaban un estruendo que se escuchaba por encima de los peñones. Llegaban con las caras compungidas, sacaban de sus bolsillos un puñado de monedas y billetes y extendían la mano a los lancheros y subían a los muelles. Arrumbaban las maletas sobre los tablones medio podridos y los cangrejos caminaban entre sus abrigos y se metían por los cierres descosidos de las valijas. Luego llegaron los niños desnudos pidiendo algo de comida y alguien les lanzó un mendrugo; de entre el tumulto uno lo atrapó en el aire y salió corriendo con la nube de niños como mosquitos vociferantes y llorosos detrás; mordisqueó el pan y a los pocos pasos cayó de rodillas vomitando un líquido grisáceo en el vaivén del agua.

Bajamos por las piedras, a lo largo de las playas la gente quemaba montones de algas para alumbrarse el paso. Las lanchas tenían que varar lejos del muelle, apagaban los motores y quedaban flotando en medio de la pestilencia del combustible quemado. La muchedumbre se echaba al mar con el agua hasta la cintura y cargando sus bultos sobre la cabeza se dirigía a la orilla. Miles y millones de cuerpos a medio hundirse, cada uno con una mueca distinta, cada uno con un nombre distinto que se le había impuesto para el resto de la eternidad y que entonces se nos antojaba sin sentido. Parecían las legiones de viejas guerras, hombres y mujeres, ancianos, niños, regimientos y regimientos de soldados ataviados con armaduras, con uniformes de gala, con yelmos y espadas cruzadas en el pecho mirando hacia un cielo fragmentado. Los botes esquivaban a la gente y los lancheros se veían obligados a recurrir a los largos palos que en ocasiones usaban como remos para abrirse paso entre la multitud. Caminaba delante de ti, Alia, y sentía tu respiración. Barnum no había querido acompañarnos y yo avanzaba con la vista puesta en la gente que en el puerto acosaba con preguntas a los recién llegados.

“Están en guerra”, nos contestó un hombre cuando preguntamos quiénes eran y señaló hacia la ciudad, hacia el otro lado. El aire vibraba en nuestros oídos, ¿te acuerdas? Los dos tratamos de ver las explosiones pero en el cielo todo permanecía tan tranquilo como siempre. “Están en guerra”, dijo y apretó el brazo de un niño que quería meterse al agua. “No”, repitió varias veces sin dar explicaciones y por alguna razón mi mente derrapó hacia la primera ocasión que pisé estos muelles y sentí el impulso de lanzarme al agua. Los cargadores trataban de pasar entre la muchedumbre con las maletas bajo las axilas. En la isla tronó la sirena de uno de los barcos. Nunca había sentido tanto miedo, nunca como entonces, cuando supe que ya no estabas detrás de mí. Cuando me volví y vi que tus labios temblaban. Nunca sentí tanto miedo... pero el miedo es por naturaleza algo inherente al futuro, no un sentimiento sino un presentimiento, es el preámbulo de algo insoslayable y lo que vi aquella vez no fue en absoluto el porvenir, por el contrario se trataba de nuestro pasado, de nuestras huellas, del abandono y del odio de aquél que te ha enviado aquí. Lo que vi fue el horror. Tú también lo viste o, más bien, creíste haberlo visto, fingiste que lo veías. Los niños jugaban con tu cabello que aquella noche era particularmente rojo, tiraban de él y trataban de arrancártelo de la cabeza. Te inclinaste y tomaste a uno de ellos por los hombros, lo sacudiste y lo tiraste al piso. Cuando te levantaste puse mi pulgar sobre tus labios y no sentiste nada, nada más que desprecio, y te alejaste dando empellones entre el tumulto. Traté de seguirte, pero la luz del faro me sorprendió de frente, como la de una enorme locomotora que venía a mi encuentro y no pude hacer más que extender los brazos y dejarla pasar sobre mí.

 
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